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	<title>Revista Marcapasos - Historias que laten</title>
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	<description>Marcapasos es una publicación venezolana de crónicas y reportajes</description>
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		<title>La careta de Hannibal Lecter</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 12:47:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ALBERTO SALCEDO RAMOS</dc:creator>
				<category><![CDATA[Carrusel arriba]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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		<description><![CDATA[No hay caso: el béisbol es para la gente del interior de Colombia un deporte que incita al bostezo. El expresidente Alberto Lleras lo definió con el adjetivo “letárgico”. El poeta Juan Manuel Roca me dijo una vez que lo más aburrido que se le ha ocurrido al ser humano desde los tiempos de Adán [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>No hay caso: el béisbol es para la gente del interior de Colombia un deporte que incita al bostezo.</p>
<p>El expresidente Alberto Lleras lo definió con el adjetivo “letárgico”.</p>
<p>El poeta Juan Manuel Roca me dijo una vez que lo más aburrido que se le ha ocurrido al ser humano desde los tiempos de Adán y Eva es ponerse a jugar béisbol.</p>
<p>&#8211; En la pausa entre un <em>inning</em> y otro – exageró – habría tiempo para leer <i>El Quijote</i>.</p>
<p>Andrés Osorio, periodista de la agencia <i>EFE </i>y exalumno mío, ni siquiera sabe cuáles son las posiciones de los jugadores. Un día, frente al televisor, Osorio cometió el sacrilegio de hablarme mientras yo festejaba un jonrón de Rentería. ¡Y hay que ver las preguntas con las cuales interrumpió mi gozo!</p>
<p>&#8211; Oye, ¿cómo se llama el tipo ese que está acurrucado?</p>
<p>&#8211; ¿De quién me hablas?</p>
<p>&#8211; Del tipo ese que se parece a Hannibal Lecter. ¿Le ponen esa careta para que no muerda al bateador o qué?</p>
<p>Aquella vez no le respondí, pero hoy lo haré en esta columna: ¡Ese es el <em>catcher</em>, Andresito, el <em>catcher</em>! Lleva la máscara para protegerse en caso de que la bola que lanza el <em>pitcher</em> a noventa millas por hora le dé en el rostro, o en caso de que el bateador lo golpee al mover el bate hacia atrás.</p>
<p>Siempre he creído que el béisbol no gusta en el país andino porque fue un deporte que originalmente entró a Colombia por el país caribe. Como los nativos del país andino no lo aprenden desde la infancia, no lo juegan; como no lo juegan, no lo entienden, y como no lo entienden, no lo disfrutan.</p>
<p>No digo que nosotros, los nacidos en el Caribe, seamos genios porque entendamos y disfrutemos el béisbol, y los del interior sean brutos porque lo desprecien. Digo que uno solo puede deleitarse con ciertos deportes cuando estuvo cerca de ellos, culturalmente, desde el principio.</p>
<p>Ese es el motivo por el cual yo me aburría cuando transmitían una carrera del automovilista Juan Pablo Montoya. Le deseaba toda la suerte del mundo, pero me mantenía lejos del televisor porque la imagen de unos tipos corriendo a toda velocidad en sus bólidos nunca me ha parecido ni estética ni emocionante.</p>
<p>Nadie me enseñó temprano qué diablos son los “pits”, y tampoco entiendo cuál es el tal “algoritmo del aceite”. Además, entre una vuelta y otra no hay tiempo para leer siquiera una página de <i>El Quijote</i>.</p>
<p>En cambio el béisbol se juega al mismo ritmo en el que vivimos los nativos del Caribe. En este deporte nadie sataniza los tiempos muertos, porque se entiende que, como en las buenas novelas, son el preludio de un clímax maravilloso.</p>
<p>Me gusta el béisbol, además, por la misma razón que alguna vez esgrimió Bill Veeck, ex propietario de los Indios de Cleveland: “Es la única cosa ordenada en este mundo tan desordenado. Cuando te pasan el tercer <i>strike</i>, ni siquiera el mejor abogado logra sacarte del apuro”.</p>
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		<title>No nombrarás en vano</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Apr 2013 07:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>BRIAMEL GONZÁLEZ ZAMBRANO</dc:creator>
				<category><![CDATA[Carrusel arriba]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[caracas]]></category>
		<category><![CDATA[maternidad]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8211;¡Yorgis, Yorgiiss! ¡Yooorgiiissssss! Se activa el paso lento de una madre adolescente con su lactante en brazos, que responde con un ¡ya va! al llamado con volumen ascendente que emite la funcionaria del registro, en la Maternidad Concepción Palacios, la más grande de Caracas. Desde las sillas anaranjadas del estrecho pasillo, que también conduce al [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211;¡Yorgis, Yorgiiss! ¡Yooorgiiissssss!</p>
<p>Se activa el paso lento de una madre adolescente con su lactante en brazos, que responde con un ¡ya va! al llamado con volumen ascendente que emite la funcionaria del registro, en la Maternidad Concepción Palacios, la más grande de Caracas.</p>
<p>Desde las sillas anaranjadas del estrecho pasillo, que también conduce al cafetín, se desplazan a diario las recién paridas para darle a sus bebés un pedacito de lo que será el resto de sus vidas: su nombre. Su identidad.</p>
<p>Cuatro computadoras, papel y poca paciencia. Así es el sitio de trabajo de las encargadas del registro. “La partida de nacimiento deberá decir Yorgis Alejandro Contreras Morillo. ¿Es correcto?”, pregunta la chica de la camisa rojísima y los botones a punto de salir disparados. Un sí entre dientes de la madre es suficiente para que ella pase al siguiente y vuelva a gritar:</p>
<p>&#8211;¡Leomaris, Leomaris, Leo-maaaaaa-ris!</p>
<p>Las madres conversan entre sí. Como si se intercambiaran barajitas de un álbum de “Amor es…”, se cuentan su elección para hacer menos tediosa la espera.</p>
<p>–Le voy a poner Heidy, pero no por la comiquita. Me llamo Diana y mi esposo Héctor, queda chévere.</p>
<p>–A lo mejor les da risa pero le quiero poner Sortario, porque mi esposo quiere Lucky y me parece horrible, como de perro. Con Sortario siento que le irá bien, ¿verdad?</p>
<p>Caras de duda de sus interlocutoras, pero al cabo de diez minutos se oye el alarido de la funcionaria: ¡Sortario Pérez Tabares!</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Es divertido hablar con Shakespeare. Su número me lo dio Maidolis (como se diría en inglés, my dollies, mis muñecas). Sus respuestas directas, simpáticas y en perfecto acento maracucho lo dibujan como un personaje de los que cuentan chistes en las fiestas, todo un contraste con el retrato serio y distante que de su tocayo William se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres. Este Shakespeare zuliano tiene treinta años, éste del siglo veintiuno y no del dieciséis. Sí escribe, pero de crímenes no palaciegos y sórdidas historias nada isabelinas: es periodista de sucesos y se apellida Cubillán. Shakespeare Cubillán. Y tiene dos hermanos, Indira Ghandi y Shlauderman Cubillán, que, como él, también libran la batalla cotidiana de explicar las razones que tuvo su padre Edison para mentarlos así.</p>
<p>“Papá leía mucho. No inventó nombres, se los robó a personajes. Quiso que todos marcáramos una diferencia respecto al resto de la gente”, resume Shakespeare.</p>
<p>Sus días más difíciles eran siempre los de inicio de la clase. A cuarto grado llegó dos semanas después del comienzo del año escolar y todos sus compañeros, al igual que la maestra, lo recibieron con la alegría de quien descifra un acertijo. Todos querían conocer al del nombre particular.</p>
<p>Nadie escribe su nombre correctamente, dice. De ahí los apodos, tan criollos: Chepe, Chipe, Chape. “Hay quien piensa que me lo inventé, que es mi seudónimo para el periódico. También trae ventajas: un amigo escribió un libro y quiere que le haga el prólogo. Imagináte la portada: con prólogo de Shakespeare”.  Suelta una carcajada.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Otra reportera porta una firma que resulta casi una postal mental de la India. Taj Mahal Genavi Sánchez, de veintidós años, se siente orgullosa de la elección de su progenitor. De ojos felices y hablar pausado, Taj, como le dicen por cariño, cuenta de memoria la historia del monumento levantado en la ciudad de Agra, a donde sueña ir. Por ahora sólo conserva un platico de pared que le trajo una tía de allí.</p>
<p>En su cédula aparece Dunia como segundo nombre, pero eso no le gusta mucho. “Así se llama mi abuela y significa mundo. Entonces, soy la elegida del mundo. Tiene un peso grande todo”, explica</p>
<p>Lo exótico de su nombre también le ha dado beneficios. Su nombre es inolvidable. Fanática de Desorden Público, le pidió un autógrafo a Horacio Blanco cuando era apenas una niña de doce. Diez años después, llamó por teléfono al cantante por una asignación profesional y el cantante la reconoció: “¡Taj Mahal, vale! ¿Yo no te firmé algo en un centro comercial?”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Me encuentro con Luben Manzo, un experto en onomástica. Sólo con entregarle mi tarjeta de presentación, empieza algo parecido a un encuentro con un tarotista de los que te relatan tu propia vida tras sólo mirar un cartón.</p>
<p>“Umm… ¡Briamel!”, dice.  Y yo respondo con mi cantaleta de siempre, que digo con el tono de una ecuación: rápido y con la mirada hacia arriba, como niña malcriada: “Sí. Bri de Brígido, por mi papá. A de Ada, que es mi mamá. Mel de Melvin y de Melba, que son mis hermanos. Briamel. El árbol genealógico entero”.</p>
<p>Ahí se explaya: que Brígido tiene origen eslavo y significa fuerza o el que otorga fortaleza. Ada viene del árabe Hadal, que traduce algo como “quien sueña”. Y el remate: mel es un vocablo griego que se vincula con la dulzura (el mismo de meloso, pues). Como una receta de gastronomía oriental, vine a este mundo a componer un amalgama de azúcar morena, con aspiraciones y algo de rudeza, según su análisis.</p>
<p>Manzo ha ejercitado su memoria y puede repetir ese ejercicio de exégesis nominal con casi cualquier cristiano que quiera darle un significado al conjunto de sílabas que lo identifican.</p>
<p>Tendré que volver a pensar en esa interpretación cada vez que alguien me interrogue sobre el origen de mi nombre, cuando un desconocido me escriba correos electrónicos que empiezan con un “estimado señor González”, o cuando un chistoso me diga Bechamel, como la salsa. Tal vez se la cuente a Brame, como sí se llama una casi tocaya que además tiene mi apellido y que conocí por casualidad. Ella me confesó entre risas que lo suyo tiene origen botánico, la rama del saber a la que se dedican sus padres.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Basta tomar el listado de un aula. O deslizar el dedo por la guía telefónica. Allí están los nombres, toda clase de ellos: los mezcladitos (que pueden llevarse el premio de los más numerosos), los que son al revés, los geográficos, de personajes de cine o de cualquier etapa histórica mundial, y los que caben entre los créditos de protagonistas de una teleculebra a lo Luisa Fernanda. La diversidad reina: Yuleisis, Laidys, Andreas Marianas, Carlotas Alejandras, Dioskervys y Aminadac.</p>
<p>Para todos ha habido espacio, y resulta imposible que alguien no haya tropezado alguna vez con un experimento nominal. ¿De dónde nos viene eso? ¿Qué dice de Venezuela como pueblo? No hay tantas respuestas como Stalin, Jairam, Jackbauer, Wilkenson, Nickcarter Backstreetboy y Eduardo Ignacio andan por la calle. Pero explicaciones hay.</p>
<p>La de Alberto Barrera Tyszka está en clave de narración. En su novela <em>La enfermedad</em> (2006) escribe que la costumbre de poner nombres mezclados, “o castigar a sus hijos con palabras impronunciables”, es para algunos un primer comienzo, una primera desventaja. Un ejercicio de poder en el bautismo. “Quizá lo único, personal o privado, que pueden ofrecerle (&#8230;) Un nombre especial, uno como Willmer, que suena a futuro, a norte, a otra cosa. O uno distinto, como Yurber, tan distinto que sólo a ella se le pudo ocurrir. Es quizá lo único que puede controlar, lo más seguro que puede darles. Una ilusión que suena”.</p>
<p>En el año 2000, otro escritor, Roberto Echeto, en su compilación de ensayos Las Caracas verdaderas, clasificó los nombres mezclados como una característica nacional. “Continuarán perpetuándose los nombres horribles de la gente hasta que pase un fenómeno parecido al que le pasa a la mula&#8230; Ustedes saben que la naturaleza no permite que las especies se mezclen y se diluyan. Por eso la mula, que es hija de la unión ‘ilícita’ de un caballo y una burra, es infértil. Un fenómeno parecido le pasará a los nombres del venezolano. Cuando Willfer se encuentre con Yiksia, y vea que el nombre de su retoño será tan extraño que ninguna secretaria de ninguna oficina pública podrá transcribirlo, entonces volveremos a los nombres cristianos. Volveremos a María, a Miguel, a Jaime, a José&#8230;”.</p>
<p>No tiene la misma seguridad sobre el fin de los injertos anglos. “Tanto exotismo creativo sólo nos ha legado gente a la que se llama por los apelativos más horribles, repletos de íes griegas y de manierismos que simulan nombres en inglés (&#8230;) ¿qué hace que un padre o una madre quiera nombrar a su hijo con una palabra que remede en su sonido y en su grafía un nombre en inglés? Nada, el afán de parejería. Yo no sé, pero me temo que es porque la gente cree que la felicidad viene empacada en un nombre anglosajón(&#8230;)”.</p>
<p>Luben Manzo –cuyo nombre también se usa como apellido en otros puntos del planeta y significa perdido, escondido– maneja acerca del tema nominal teorías que aportan quizá un tono más afable, científico en su justa medida, y coherente. Ha estudiado la onomástica y la usa como herramienta en sus sesiones como terapeuta y consultor industrial. Para él, los inventos, entuertos, mezclas e importaciones idiomáticas no hablan sino de pluralidad y del sentido del humor de sus autores. “A todo le queremos dar un significado, con un tono desafiante a veces”.</p>
<p>Aunque no se atreve a aseverar que el caso venezolano sea único, sí piensa que destaca entre los países caribeños por la variedad. “La manera de llamarnos constituye un tesoro y es, casi siempre, un acto supremo y consciente de los padres, que quieren darle una virtud a sus hijos, que destaquen en algo, que evoquen a una persona o un hecho. En el país conservamos mucho los vocablos indígenas, también nos gusta buscar entre los líderes rusos. Muestra la diversidad, las ganas de dejar un legado, de otorgar una virtud, y eso tiene por lo menos dos generaciones”, argumenta.</p>
<p>De acuerdo con sus estudios, las mezclas y anglicismos no viajan de forma exclusiva en el vagón de las clases bajas o con menor cultura. “Los estereotipos se pueden aplicar a este tema, pero las tablas te pueden caer sobre la cabeza. No siempre un Níkelson saldrá en las páginas de sucesos y mucho menos Ana Sofía tiene que aparecer en cambio en las de sociales. El primero puede ser un médico prominente y heredero de un patronímico ancestral. Mientras que la segunda se llama así porque la madre lo copió de una revista del corazón. Claro, en las zonas populares tienen como primera referencia el cine y la televisión, de allí que tengamos Britnis, Madonas, Jefris, Alpachinos, pero no se puede encasillar en un estrato”, resume.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>No poco ruido hubo con el proyecto de ley de Registro Civil propuesto por el Consejo Nacional Electoral y presentado a mediados de agosto pasado. En particular con su artículo 106, según el cual el Estado, a través de los funcionarios registradores, podría negarse a asentar las partidas de nacimiento cuando se pretendiera poner al niño algún nombre que lo expusiera al ridículo o fuese extravagante o de difícil pronunciación. En tal caso, se decía allí, se sugeriría a los padres escoger de entre una lista de cien o más apelativos.</p>
<p>No habría sido la primera vez que en alguna parte se someten a regulación estatal asuntos tan definitivamente familiares y domésticos. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, las dictaduras del Cono Sur dejaron su estela represiva hasta en las pilas bautismales. Intente conocer a un argentino, chileno o paraguayo con un mix tropical en su pasaporte. Es probable que no pase de encontrar a unos cuantos Marcelos, Javieres, Claudios, Patricios, Salvadores, Augustos, Estelas, Franciscas y Carlas.</p>
<p>La legislación española prohíbe nombres que perjudiquen a sus dueños, así como los diminutivos coloquiales y apelativos que induzcan a un error sobre el género; un argumento parecido al que usaban las autoridades venezolanas para el proyecto de ley. A principios de 2007, a Darling, una colombiana, le negaron la nacionalidad por su nombre, tras seis meses de gestiones. Ella, que no se siente afectada por la palabra que la nombra, apeló la decisión.</p>
<p>En el caso venezolano, fuertes críticas públicas dieron al traste con el referido artículo 106. Los titulares de las agencias informativas extranjeras relucían en la red: “Se salvan Maiquel, Usnavi y Milaidi. No va la ley”, publicó BBC Mundo. Altos funcionarios del Estado como Diosdado, Jesse, Iroshima Jennifer y Cilia nunca dieron declaraciones sobre el tema.</p>
<p>La propuesta abortada deja a su paso un debate entre los críticos conservadores y quienes llevan de nacimiento un patronímico que obliga a preguntarlo por segunda vez, para saber cómo se dice o cómo se escribe y, en el peor de los casos, para mofarse con ironías.</p>
<p>Bien lo ha sufrido Dairilí Atagua, fotógrafa en el oriente venezolano, que a sus veintidós años no recuerda la cadencia de las notas ni las camisas estrafalarias del grupo ochentoso Daikirí, pero cuando le toman confianza le cantan “chamito candela/ si es valiente de verdad”. Y ella empieza su retahíla, que no es Daikirí, que es Dairilí y punto. Cuando pierde la paciencia, dice “Dime Dairi y ya”. Su madre, Norma, quiso que ella defendiera la carga indígena de sus ancestros y entre sus opciones también barajó Yaobana y Taití. Su hermano se llama Roger Derwis, porque a la mamá le gustaba Darwin, el que estudió en biología, pero quiso darle un toque personal.</p>
<p>Los creadores de nombres siempre esgrimen esos argumentos: originalidad, herencia, grandeza, recuerdos, estética. Y la forma singular de llamar a los hijos (también a las casas, lanchas y propiedades) ha permeado todas las esferas.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Los deportistas venezolanos que alcanzan fama mundial con sus hazañas quieren hacer otras marcas poniendo nombres. El pelotero falconiano Magglio Ordoñez, rey de los imparables en Los Tigres de Detroit, llamó Maggliana a su hija. ¿Quién dudará de su origen? Al sobrino del futbolista Juan Arango le entregaron la tarea vitalicia de explicar por qué lo bautizaron Ivanistelroy. ¿Por qué iba a ser?, por Ruud Van Nistelroy, el delantero del equipo Manchester United.</p>
<p>Un pellizco en los tímpanos de sus fanáticos, una lección de fonética cuando son emplazados por los altavoces en estadios de la gran carpa: “Maicer Istúriz, Dioner Navarro, Yorman Bazardo, Endy Chávez, Yorvit Torrealba, Yusmeiro Petit, Renyel Pinto”.</p>
<p>También están quienes nombran a sus hijos para honrar a los deportistas que admiran. Cassius Cley Rodríguez: ese caso lo re­cuer­da muy bien María Eugenia Ovalles, ex funcionaria de la antigua DIEX, ahora Oficina Nacional de Identificación y Extranjería<a href="file:///C:/Users/Coroto/Documents/Marcapasos/En%20la%20web/N%C3%BAmero%205/No%20nombrara%CC%81s%20en%20vano.doc#_edn1">[i]</a>. Ese niño que ahora debe tener treinta y cuatro años y a quien nombraron en honor al boxeador que luego se cambió a Muhammad Ali. En su oficina, Ovalles tenía como corista principal a las viejas máquinas de escribir, y los tipex no faltaban por si se requería alguna enmienda. Era la DIEX de finales de los setenta, donde recibía a los niños que ya estudiaban primaria y acudían a obtener la cédula de identidad. “Siempre hacía un ejercicio, le decía a los padres que el muchacho era un ser humano y que iba a crecer. Nunca me hacían caso”. No los convencía. Igual, ya estaban grandes y nada se podía hacer.</p>
<p>Alguien que sí ganó pequeñas batallas contra la manía combinatoria fue una doctora del hospital Eugenio D’Bellard, de Guatire, en el este de la Gran Caracas. Mientras hacía su residencia como ginecóloga, ella aplicaba un filtro cuando las parturientas le anunciaban sus creaciones nominalísticas. ¿Era pitonisa? “Si los nombres no eran conocidos, o si confundían el sexo del niño o no parecían cristianos, ella les decía que estaba prohibido, que una ley no permitía colocar esos inventos. Y así nacieron Sofías, Andreas y Carlos Eduardos cuyo destino seguro hubiera sido Yoraidis, Leideli o Jancló. Decía que ese era su aporte a la patria, labor nacional”, relata una compañera de guardias que no quiere decir públicamente el nombre (seguramente cristiano) de la justiciera de las salas de partos, hoy perdida en algún consultorio, lejos de la capital.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La farándula nacional graba a diario episodios nominativos imborrables. Las telenovelas, inyectadas desde el tetero, sirven de fuente prodigiosa para que las madres proyecten sus íntimas aspiraciones a través de los nombres de sus retoños.</p>
<p>No fue la canción de Rubén Blades, sino la novela de César Miguel Rondón, lo que hace un cuarto de siglo pobló los registros civiles y prefecturas de recién nacidas cuyas madres las hacían llamar Ligia Elena. Habían sudado y llorado para que el personaje que encarnaba Alba Roversi pudiera vivir su idilio con Nacho, el “musiquito” que interpretaba Guillermo Dávila.</p>
<p>Las Alejandras proliferaron a finales de los noventa, cuando María Conchita Alonso protagonizó la historia de una médica de origen humilde. “Hubo un día que anoté como doce Alejandras. Hasta una Usurpadora se coló por ahí, se apellidaba Carrasco. Estefanía, Rudy, Roberta, Luisana, todos esas con nombres sacados de las telenovelas de las nueve pasaron a buscar su documento”, dice Hermelinda Santana, compañera de María Eugenia Ovalles en la Diex.</p>
<p>La sonoridad de Graciela Andreína, Luis Alejandro o Javier Andrés sigue inundando los horarios estelares y replicándose en los preescolares. Sin embargo, los libretistas y escritores hace rato decidieron copiar la realidad del directorio telefónico.</p>
<p>Eudomar Santos, esculpido por Ibsen Martínez para la telenovela <em>Por estas calles</em>, fue de los primeros en romper el esquema.</p>
<p>Mónica Montañez, en su reciente <em>Voltea pa’ que te enamores</em>, bautizó a la protagonista como Dileidi (Lady Di), y salía el personaje sonriente, vendiendo periódicos con su nombre que también hablaba de dinastía. Aparecieron además Yurber, Yerson y Yuraima.</p>
<p>“Esa experiencia se parece más a lo que somos”, dice Montañez. “Estamos más llenos de Wílkeres, Yubiríes y Miglaisas que de Eduardos Ignacios o Julianas. A mí eso me divierte un montón y no tengo una teoría al respecto. Sólo sé que delata a los venezolanos como unos grandes echadores de broma”.</p>
<p>La misses también coparon las partidas de nacimiento, no con sus discursos lacrimógenos, sino con sus firmas, en los años ochenta. Las Maritza, Pilín e Irene se incrementaron y hoy en día deben rondar los veinticinco años, igual que las Carolinas (¿quién no estudió con una?), las Gracekely, las Sofía, los Juan Carlos. La realeza llega a la casa aunque sólo sea en un papelito.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En la antigüedad la gente ponía nombres para rendir tributo a dioses o a cualidades. Los nombres que se estudiaban en el libro de Historial Universal que firma Áureo (de oro) Yépez Castillo traducían augurios: César, Octavio, Julio, Augusto. Espartaco, Claudio, Atilano, Plinio, Aurelio, Ulpiano, Laureano. En estos tiempos podrían ser hilarantes. (Aquí en Venezuela, una generación de maracuchos previa a Shakespeare Cubillán hizo experimentos a lo griego. Eurípides, Exeario, Telémaco, Anaxímedes: de pasada suenan a Platón y Sócrates, pero nada tienen que ver con la Grecia del Olimpo y la Acrópolis).</p>
<p>En la Edad Media se hizo obligatorio el uso del santoral para bautizar a los bebés.  Para los judíos, la Biblia sirve de fuente de consulta principal. En ese grupo incalculable aparecen Marco, Isaías, Juan, José, Jesús, Verónica, María, Isabel, Pedro Pablo, Inés, Ana. Esos que de tanto uso no necesitan responder cómo se pronuncian o dónde se acentúan. Que son tradicionales.</p>
<p>Todavía hay padres que usan el almanaque para llamar a sus hijos por el onomástico católico. En las librerías hay estantes completos con libros repletos de sugerencias y significados. Los que llevan estos nombres no tienen que contar ocurrencias. Son uno más. Tanto, que hasta se aburren, como María Fernanda García, miembro de un extenso linaje de Marías que empezó con su bisabuela y siguió con sus hermanas, sus hijas. No pudo romperlo. “A veces me imagino cómo sería yo de Taniuska, una cosa de esas inventadas. De pronto sería menos tímida, ¿no? Nadie puede ser callada siendo una Taniuska. Siendo María, te toca parecer cándida”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr size="1" />
<p><a href="file:///C:/Users/Coroto/Documents/Marcapasos/En%20la%20web/N%C3%BAmero%205/No%20nombrara%CC%81s%20en%20vano.doc#_ednref1">[i]</a> Y hoy, SAIME: Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería</p>
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		<title>Su animal era el mono</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Apr 2013 00:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>PABLO VILLAMIZAR</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A la memoria de Chen Min Juan No fue su culpa, pero tampoco la mía. El punto es que nos conocimos de una manera estrellada: salgo de la mini tienda de una de las tantas callejuelas de Yanchang Lu, en la cual antes solía comprar el té con leche de la semana, los huevos, el [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>A la memoria de Chen Min Juan</em></p>
<p>No fue su culpa, pero tampoco la mía. El punto es que nos conocimos de una manera estrellada: salgo de la mini tienda de una de las tantas callejuelas de Yanchang Lu, en la cual antes solía comprar el té con leche de la semana, los huevos, el agua mineral y una botella de soya. Llevo par de bolsas en ambas manos. Antes de cruzar la vía siempre miro a los lados, porque en Shanghai hacer el papel de peatón es peligroso, ya que nadie respeta las leyes de tránsito: ni quienes manejan vehículos automotores o velocípedos, ni quienes andan a pie. Como observo que no vienen carros, decido cruzar la calle relajado. De repente, como de la nada, aparece Chen Min Juan, montada en una bicicleta destartalada, y me atropella.<em></em></p>
<p>Se rompen los huevos y la botella de soya. Ella se cae de la bicicleta y a mí, como de costumbre, no me pasa nada. De inmediato, la ayudo a levantarse del piso. Ella se disculpa con una cadena interminable de palabras en shanghainés. No entiendo lo que dice, ya que yo estudio putonghua (mandarín estándar), pero por su expresión de preocupación y vergüenza supongo que se está excusando. Le digo que no hay problema y le explico además que entiendo muy poco el dialecto de la ciudad. Ella recoge su Ipod, el cual también cayó al piso, y yo levanto lo que queda de mi compra. Mete la mano en su cartera (una perfecta imitación de Dolce Gabbana, color verde), y me dice –ahora en putonghua– que me quiere pagar por los daños. Le digo que no es necesario. Ella insiste, pero yo le propongo que mejor seamos amigos, que me ayude a practicar el idioma y, si dispone de algún tiempo libre, me enseñe la verdadera cara de la ciudad. Agrego que soy estudiante de chino. Ella entonces acepta y se ríe, no por lo que nos pasó, sino por lo fatal de mi pronunciación. Nos damos la mano y me confiesa, con las mejillas ruborizadas por la pena, que es la primera vez que atropella a alguien.</p>
<p>Intercambiamos los números de teléfono y empezamos nuestra amistad en noviembre de 2006. Para esa fecha ella tiene recién cumplidos veintiséis años. Con Chen Min Juan empiezo a probar verdadera comida china, aunque confieso que aún no tengo el coraje ni el estomago necesarios para comer platos que un occidental podría considerar raros, tipo carne de rana, cocodrilo o burro, culebras o, en el último de los casos, perro. Pero sí <em>baozi</em> (panecillos rellenos de carne o vegetales), <em>qingcai</em> (vegetales), <em>suanlatang</em> (sopa), <em>qiezibao</em> (berenjenas con cerdo), <em>gong bao ji ding</em> (pollo), el verdadero <em>dan chaofan</em> y otras delicias de la cocina tradicional china, a veces picante, otras veces con un toque dulzón y, eso sí, mucho aceite.</p>
<p>“El té que me gusta se llama <em>wulongcha</em>”, me dijo una vez Chen Min Juan. Lo probé de inmediato y la sensación en el paladar fue maravillosa: al principio amargo, pero pasados unos segundos, extrañamente dulce. Me volví adicto a este tipo de té en apenas semanas, y aunque su precio no es barato, si se compara con otros de los cientos de variedades que hay en China, vale la pena comprarlo y beberlo. Buena parte de los chinos habitualmente beben té y suelen tener a mano un pequeño <em>beizi </em>(o termo). Porque aquí el té es como agua sagrada.</p>
<p>Cada fin de semana (pasado un tiempo después de nuestro venturoso accidente) me acostumbré a recorrer las calles de la ciudad de la mano de Chen Min Juan. Ella fue como mi Beatriz en el paraíso de Shanghai. A veces a pie, otras en bicicleta, autobús o metro. Y encontré que la ciudad, así como otras urbes de la China de mil doscientos sesenta y nueve millones de habitantes, se retrata a partir de evidentes y muy marcados contrastes. Por una parte se encuentra Pudong, la zona de los grandes rascacielos (entre ellos la Torre Jin Mao, la Perla de Oriente y el ya casi terminado Shanghai World Financial Center), con sus largas y lujosas avenidas en las que transitan los Porsche, Maserati y Mercedes Benz, y sus elegantes zonas con enormes centros comerciales, en los cuales se puede observar a miles de blanquecinas y delgaditas chinas vestidas con piezas o accesorios Louis Vuitton, Gucci o Christian Dior.</p>
<p>Pero también se hallan en la ciudad espacios de arquitectura tradicional, como el caso de los bellos bazares y jardines de Yu Yuan Garden (con baratijas y productos del mercado tradicional chino: jarrones, teteras, piezas de seda, estatuas de Buda, jade, objetos decorativos y té, mucho té); los cada vez más extintos <em>hutongs </em>(vecindarios de muy pequeñas casas de dos pisos); miles de chinos que pedalean bicicletas en todas direcciones, a todas horas del día; hombres que escupen por doquier en las aceras; viejos jugando <em>mahjong</em> en las calles (sobre todo en primavera y verano); en fin, una amplia gama bipolar de imágenes que hacen de Shanghai una interesante ciudad de seis mil trescientos cuarenta kilómetros cuadrados y alrededor de dieciocho millones de habitantes. Chen Min Juan me confesó que, de las dos caras de su urbe natal, prefería la nueva Shanghai, coloridamente <em>fashion</em>, variopinta en su imaginario y con el aire propio de una ciudad del futuro.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Chen Min Juan trabajaba como vendedora en uno de los locales del <em>mall</em> Hong Kong Plaza, ubicado en Huai Hai Lu, con cuatro pisos en los que se puede adquirir todo tipo de objetos electrónicos, desde computadoras portátiles, teléfonos y televisores, pasando por cámaras y Ipod, hasta equipos GPS y toda suerte de videojuegos. Comprar allí me resultó en las primeras veces una tarea difícil, debido a que hay demasiados objetos, muchos precios, muchos compradores recreando el arte del regateo, y muchos chinos tratando de convencerte –todos al mismo tiempo– de que compres en su tienda. Muchos extranjeros de todas partes del mundo llegan al Hong Kong Plaza a comprar de todo. Allí, en una tarde cualquiera, el acto de regatear es interpretado magistralmente –una y otra vez– por vendedores y compradores, algunos de los cuales hablan entre sí en inglés, italiano, francés, alemán, portugués, español, japonés, árabe, ruso o yoruba. Todos querrán lograr el precio más barato del portátil, el reproductor de MP3 o la cámara fotográfica de último modelo en esta suerte de mercado de Babel. Aunque el chino, en materia de negocios, es un espécimen difícil de doblegar (digamos que demasiado habilidoso): siempre tendrá la última palabra en la venta, por supuesto en mandarín o en inglés, ya que buena parte de los ciudadanos de Shanghai pueden pronunciarlo modestamente.</p>
<p>Los vendedores chinos son muy persistentes, a veces hasta la obstinación. Sin embargo, Chen Min Juan es de hablar pausado y algo tímida en la expresión. Sabe que trabaja mucho y gana poco. Que uno de sus planes a corto plazo es cambiar de empleo, aunque de la misma manera dice que eso cuesta mucho en una ciudad tan grande y superpoblada como Shanghai.</p>
<p style="text-align: left;">Una tarde, mientras estaba en la tienda de electrónicos, le pregunté: “¿Crees en Dios?”. Me respondió que no. “Creo que en mí misma”, fue su respuesta. Después me explicó que algunos chinos tienen la creencia de que Dios vive en el corazón de los hombres. Es decir, que Dios está adentro, no afuera. Aquella imagen me pareció interesante, aunque al final de esa pequeña conversación terminamos hablando de otros diversos temas, quizás menos divinos. Recuerdo, entre otras cosas, que dijo: “Qian sheng qian”, lo que significa “el dinero crea dinero”. A ella (¿y a quién no?) parecía gustarle mucho la idea de tener dinero en grandes cantidades. Llegué a pensar (sin prejuicios ni ideas preconcebidas de mi parte) que era su verdadero Dios y por él luchaba día a día. En aquella ocasión también me contó que su carácter chino favorito era <em>meng</em>, cuya traducción es “soñar”. Lo escribió en la parte de atrás del facturero de la tienda y me dijo: “Mira, dentro del carácter <em>meng</em> se encuentra otro carácter más pequeño llamado <em>lin</em>, que significa bosque”. Desde ese día, yo entendí que para los chinos soñar es ir al bosque durante la noche.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Otro día, era viernes si mal no recuerdo, le dije a Chen Min Juan que me llevara a visitar un bar típico de Shanghai. “¿Estás loco?”, respondió indignada. “Yo no voy a bares”, remató con ese tono gritado que emplean los chinos, que no denota pelea, pero sí cierta voz de autoridad. Al final terminé convenciéndola. Y fuimos a Babe Face, ubicado en una de las avenidas cercanas a Renmin Guangchang o punto central de la metrópoli. Se trataba del antro por excelencia de la movida nocturna de la ciudad. Entrar allí fue todo un espectáculo. Desfile de féminas –la mayoría adolescentes– perfumadas y trajeadas muy <em>fashion</em> (todas muy delgadas y todas muy bonitas); varones con peinados rarísimos, lentes oscuros y cigarrillos sin descanso; mucho whisky (que se suele servir mezclado con té de varios sabores y hielo) y dos ambientes para bailar: uno de música electrónica y otro que deja sonar los ritmos del hip hop. Esa noche vi otra cara de Shanghai, la de la rumba loca, la de los jóvenes de la China del siglo XXI, pendientes de la diversión que ofrece una ciudad que, como Nueva York, nunca duerme. Salimos del sitio a las cuatro de la mañana. Ella estaba muy cansada, pero pude notar que Babe Face la había impresionado positivamente. Porque su mayor escena de diversión, antes de atropellarme y conocerme por accidente, había sido ir a cantar en un karaoke (famosos en toda China) junto con sus amigas y su esposo, o a cenar en familia. Los chinos de clase media, los que trabajan mucho y salen poco, parecen estar muy acostumbrados a transitar la ruta que va desde la casa a la oficina y viceversa, sin paradas sorpresa. De hecho, conocen muy poco la ciudad donde viven. Siempre están demasiado ocupados, estudiando o trabajando. Y divertirse es cosa de otro matiz, distinta a lo que como tal se conoce en el seno de la sociedad latinoamericana; quizás con menos alboroto, menos locura y menos alcohol. Después, con el pasar de los días, visité otros sitios populares de la fiesta nocturna en Shanghai: Bar Rouge, Attica, Park 97, Zapatas y Bon Bon, todos con estilos de música diferentes, pero al final con más o menos los mismos personajes: chinos y extranjeros que beben, ríen y bailan al ritmo de lo que ponga el DJ de turno.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Quienes no conocen China<strong> </strong>suelen tener una idea errada de este milenario país. Eso lo constaté en carne propia, luego de pasar los primeros seis meses de vida en Shanghai. La China del siglo veintiuno, gracias a los cada vez más cercanos Juegos Olímpicos, y a la apertura comercial y cultural que ha experimentado la sociedad asiática en los últimos años con respecto a Occidente, ha empezado a establecer unas reglas de juego social con características más internacionales. Esto se puede constatar en las principales ciudades del país (Beijing, Shanghai, Guangzhou, Hangzhou, Suzhou, Tianjin, Qingdao, Shenzhen, Ningbo y Dongwan). Además, cada vez parece haber mayores campañas para estimular el aprendizaje del inglés como segunda lengua, y el tema de los Olímpicos le dio al país, sin duda alguna, la oportunidad de cambiar viejos por nuevos y ostentosos trajes y, por otro lado, crear nuevos héroes dentro de su imaginario social.</p>
<p>Por ejemplo: dos de los más destacados ídolos chinos del momento nacieron del “ahora” muy desarrollado sector deportivo. Ambos son nativos de Shanghai y los dos son tan altos como alta es el Shanghai World Financial Center. Hablamos de Xiang Liu, récord olímpico en ciento diez metros con vallas, y de Yao Ming, espigada estrella de los Houston Rockets en la NBA. Sus rostros están en buena parte de los afiches, vallas, <em>spots</em> televisivos y espacios publicitarios de todo el país, sin importar la marca promocionada (Nike, Adidas, Coca Cola, Nokia, Lenovo, Visa o Master Card). Xiang Liu y Yao Ming lograron elevarse entre el colectivo –por circunstancias meramente deportivas– y ahora sus figuras ya casi tocan el techo del cielo de Asia, en lo que a popularidad se refiere. Ambos son una síntesis de la nueva imagen del pueblo chino, que busca, entre otras cosas, reconocimiento de su ya cada vez más evidente éxito y poderío cultural y económico.</p>
<p>Sin embargo, en el camino olímpico hacia la inauguración de los juegos, todo no ha sido color rojo (el color de la buena fortuna para los chinos), ya que el Gobierno del presidente Hu Jintao ha tenido que enfrentar la tormenta generada por la opinión pública internacional en relación con varios sucesos, entre ellos, el conflicto acaecido en Lhasa, capital de la región del Tíbet; las hostilidades vividas con Taiwán –país reclamado por China–; el tema de la política china en relación con Sudán y la agitada zona de Darfur; las fuertes críticas recibidas por los altos niveles de polución de Beijing; y la renuncia de varios atletas y colaboradores en la organización de los juegos, como el corredor etíope Haile Gebrselassie y el director de cine Steven Spielberg. Y la tragedia más reciente: el potente terremoto que devastó, el trece de mayo, la provincia de Sichuan y mató, según cifras oficiales, a cincuenta y cinco mil personas. A pesar de todo esto, los chinos (en el 2008, año que consideran de muy buena suerte y progreso) se han mantenido firmes y proactivos en la preparación de lo que se espera sean los Juegos Olímpicos más espectaculares y hermosos de toda la historia. Por supuesto, eso estará por verse, pronto, el ocho de agosto de 2008, cuando el reloj marque las ocho de la noche.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Dejé de ver a Chen Min Juan a finales de septiembre de 2007. Las razones fueron múltiples: los exámenes de suficiencia del mandarín se tornaron cada vez más complejos, lo cual significó que tuve que invertir mayores horas encerrado en mi habitación escribiendo planas interminables de <em>hanzi</em> (caracteres chinos), y además ella cambió de empleo y su tiempo, a la vez, se tornó cada vez más escaso. Así que le perdí el rastro a mi primera y muy excelente guía y anfitriona en la Shanghai del siglo veintiuno. No obstante, mantuvimos el contacto, vía telefónica, hasta noviembre de 2007. A finales de enero de 2008, justo cuando el invierno golpeaba ferozmente buena parte de la inmensidad del territorio chino, recibí una inesperada noticia sobre su paradero, que había desconocido por casi dos meses.</p>
<p>El suceso lo relató en mi desafortunado oído –por teléfono– su esposo, Gu Shi Cai, con el que también alcancé a establecer una pequeña pero bonita relación de amistad. “Fue un lunes, en horas de la mañana: Chen Min Juan salió como de costumbre en su vieja bicicleta, en dirección hacia la oficina. Dos cuadras antes de llegar a su destino, en una esquina transitada de la ciudad, entre las siete y cuarenta y cinco y las siete y cincuenta de la mañana, aproximadamente, un camión que pasaba a toda velocidad, y que no pudo frenar a tiempo, la atropelló”. “No puede ser”, respondí con la voz más triste del mundo. “Murió en la cabina de la ambulancia, antes de llegar al hospital”, terminó de contarme quien había sido su esposo por cuatro años.</p>
<p>Traté de visitar a su familia y obtener mayor información sobre esta tragedia de dos ruedas, pero no tuve ningún éxito. No encontré algo más de aquello que había conocido de ella, durante el tiempo que duró nuestra amistad. Chen Min Juan tenía apenas veintisiete años cuando abandonó Shanghai para siempre; amaba recorrer las calles y avenidas de la ciudad montada sobre su viejo velocípedo, y su animal regente en el antiguo horóscopo chino, según me contó el mismo día que la conocí, era el mono.</p>
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		<title>Todos contestan por Tío Simón</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Apr 2013 00:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Laura Helena Castillo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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		<category><![CDATA[música venezolana]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>En esta melodía alguien tocó una nota que no estaba en la partitura. De repente, la tonada fue atravesada por un chirrido: abrieron una puerta oxidada, rodaron una silla de hierro por un piso de baldosas y un hombre apareció con un mensaje de fragilidad. Augusto Salas fue el chofer de Simón Díaz y su familia durante tantos años que nadie sabe cuántos. Fue él quien manejó el carro en el que Bettsimar, hija de Simón, llegó a la fiesta vestida de quinceañera. Después de haberle perdido la pista durante un buen rato, ella y su hermano Simón Jr. lo contactaron para que hablara en esta nota. Y apenas lo llamaron, no dudó en ir a visitar a Simón en su casa. El encuentro fue entrañable: el padre al piano, cantando para recibir al viejo amigo, abrazos, añoranzas y todos los elementos de los reencuentros consensuados.</p>
<p>Tres días después, cuando se suponía que Augusto iba a contar los detalles de su vida junto al músico, fue una mujer y no él quien atendió su teléfono celular. “Le dio un ACV”, dijo como si se le evaporaran hasta el cielo de la boca cada una de las tres letras que resumen un accidente cerebro vascular. Augusto, hombre que perteneció al anillo más cercano a Simón y que aún era de los pocos que podían llegar hasta su casa, verlo y tocarlo, estaba en terapia intensiva con todos los cuentos abrigados bajo la sábana. Esta tilde extraviada, este chirrido inesperado, pudo haber convertido la tonada íntima con Simón en una despedida. Pero hay canciones que, aunque bajito, nunca dejan de sonar.</p>
<p>A Simón Narciso Díaz Márquez, se dice, lo precede un designio de buena suerte. Nació a las ocho de la mañana del día ocho del mes ocho de 1928, y es el mayor de los varones entre los ocho hijos de Juan Bautista y María: Margot, Ana, Rafael, Juan Bautista, Joselo, Manolo y Juvencio. Eso sin contar que en 1948 se vino a Caracas y el Grammy honorífico se lo ganó a los ochenta años de edad, en 2008. Él mismo, el gran narrador de su propia vida, escribió en el libro <em>Estampillas venezolanas</em>, de 1994, un resumen de sus años de juventud: “Yo soy de Barbacoas, mi lindo pueblito, pero me crié en San Juan de los Morros y fue allí donde me hice hombre, me alargué los pantalones, me formé y también me inicié como artista, usted no ve que yo me metía en cuanta parranda, serenata y baile se presentara”.</p>
<p>Pero eso era cuando Simón contaba los cuentos de sus caminos. Los destilados de admiración provenientes del mundo entero y, sobre todo, la traducción que de su vida y obras hacen los demás, han terminado siendo la mejor manera de reconstruir la historia del otro gran Simón venezolano. Ahora que su fama ya transoceánica fue premiada con un Grammy honorífico –único venezolano en recibirlo–, faltaron sus palabras silbando por todos lados, recordando a ese muchacho al que a los doce años le tocó ser padre de sus hermanos, luego de la muerte de Don Juan; a ese que fue becerrero y pregonero para ayudar a mantener la familia; ese que comenzó a cantar con micrófono, como suplente, cuando el vocalista del grupo en el que trabajaba como atrilero no iba al toque. Faltaron su guasa silvestre y la llanura de su discurso. El Grammy llegó con un estruendo que hizo más evidente el retiro calmo en que la vejez lo encontró.</p>
<p>Entrar a la casa de los Díaz García para entrevistarlo ya no es posible. Será una deuda contar cómo se mece en la hamaca y hace un tour por el jardín. “El encuentro con Simón es cuesta arriba para mí. La idea es bella, pero no la podemos hacer. Sigamos adelante”, se excusó Bettsimar. Sólo admitió una concesión: una tarde, sin ni siquiera pedírselo, lo puso al teléfono. “Papá, alguien te quiere saludar”, le dijo. Simón atendió y rápidamente armó un verso alegre, de esos con que siempre lisonjeó: “conmuchocariñotesaludatíosimón&#8230;”. No más de 30 segundos. Eso fue todo.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En una montaña al sur de Caracas, en una calle que se llama como él, viven Simón y su esposa, Betty García Urbano. Ahí es donde está el hombre. Es ahí donde está todo el tiempo desde hace más de dos años. “Simón tiene su día cronometrado. Él mismo hizo una programación de su vida. Sale muy poco de la casa, y si me dices que vienes hay que sacarle un tiempo, porque no le gusta que le trastoquen la rutina. Se despierta a las ocho. Va al baño, se lava la cara y se moja la cabeza, como ha hecho toda la vida. Recoge todos los periódicos para irse a la hamaca de la terraza. No sé para qué los lee todos, si dicen lo mismo. Antes de eso, viene a la cama, me da un beso y me dice ‘Amanecí chévere, me siento muy bien”, cuenta su esposa.</p>
<p>En los primeros cinco minutos de esta conversación, Betty recomendó la ensalada de berro fresco para acompañar las caraotas negras (“yo me tomo dos Festal antes”), confesó que se la pasa a dieta y que de noche le da muchísima hambre; dijo que su puddle Bonnie duerme desde hace once años en la misma cama con ella y Simón (“nada como el amor incondicional de un perro”); que su luna de miel fue en San Juan de los Morros, con plaga, calor, baños en ríos (“no nos dio bilharzia porque Dios es grande”) y mucho enamoramiento (“ Me mecía en una hamaca con él y era feliz. Cuando uno se enamora, eso es muy sabroso”).</p>
<p>Para Betty, su compañero de hoy es un Simón sublimado, casi vaporoso, de modos tan suaves como el seseo que dejan las maracas en el aire. “A veces se me arruga el corazón”, dice cuando recuerda las veces en que él se despierta de madrugada y le cuenta que sueña en colores y sobre un escenario y que es muy feliz y que ella es la mujer más hermosa del mundo. “Me dice todo eso de madrugada, muérete, chica”.</p>
<p>Después de pasar la mañana leyendo la prensa y haciendo crucigramas –no le gusta, ni le gustó nunca, leer las páginas de Política ni de Sucesos–, Simón sale de la hamaca a las doce y treinta, directo a almorzar con Betty en el comedor principal. Él tiene un menú serio: almuerza pollo deshuesado a la plancha, con arroz y plátano bien maduro al horno. Pócima de conservación: todos los días se come un plátano horneado a mediodía y otro en la noche. Además, Betty le sustituyó las carnes rojas por lentejas, frijoles y caraotas. “Él tiene un estómago de piedra, pero a los ochenta años ya le sube el colesterol”, explica la esposa y nutricionista <em>ad hoc</em>.</p>
<p>Que Simón ya no coma carne roja, desmanteló una de las tradiciones más celebradas de esa casa: las parrilladas hechas por él mismo a base de costillas de res. El músico español Joan Manuel Serrat era uno de los asiduos visitantes al hogar y también adicto a las costillas a la brasa. “Las mejores parrillas del mundo las hace el viejo. Las costillas más suaves del mundo. He visto argentinos vueltos locos con esa carne. Últimamente no ha hecho más parrilla”, dice Simón Jr, el mayor de los tres hijos de la pareja.</p>
<p>El cantante siempre fue muy cantante, muy artista, muy inquieto.</p>
<p>“Tenía una vida muy acelerada. Habría sido difícil para él no tener a una mujer que lo acompañara en todo. Yo lo celaba hasta del aire, pero él no me daba verdaderos motivos, porque siempre tuvo a su familia como prioridad”, es clara Betty. Ahora que el ritmo de su vida es como el de un bolero, Simón prefiere pasar las tardes jugando dominó. A veces lo hace con y contra Betty –“Yo he aprendido, pero él casi siempre me gana. Es una fiera”–; otras, con amigos y compadres; y en ocasiones, con Mauricio, un trabajador de la casa. “Los panas de mi viejo lo visitan para jugar”, dice Simón Jr. La pareja de esposos nunca está sola: los empleados del servicio se turnan para hacerles siempre compañía y los hijos –a Bettsimar y Simón Jr. se suma Juan Bautista– cumplen el mandamiento de honrarlos algunos mediodías durante la semana y, siempre, sábados y domingos.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Hace años que Roberto Rodríguez no ve a Simón. No ve al de carne y hueso, porque al calvo de la fotografía lo ve todos los días: tiene en el espejo de su barbería Grecos, en Sabana Grande, una imagen de los dos, en plena faena de afeites. Rodríguez es el barbero de Simón desde 1965. Lo conoció en la barbería Adriática, que era donde acicalaban a los más famosos artistas de la televisión. Cuando comenzó a cortarle el pelo, el músico podía darse el lujo de peinarse de lado porque le quedaba algo de cabellera. “Yo siempre le decía: ‘Te queda poco pelo, Simón. Te estás poniendo viejo”.</p>
<p>Rodríguez –un canario con buena pelambre y edad sin precisión en la mirada– tiene una colección de caricaturas de él, su socio y su hijo, dibujadas todas por Simón. También guarda en una bolsa fotografías y papeles que certifican no sólo su relación con Simón, sino con otro de sus célebres clientes de muy acreditada alopecia: Carlos Andrés Pérez. Del ex presidente no sólo era barbero, sino encargado del vestuario, por lo que viajó con Pérez por buena parte del mundo. En una ocasión, Simón fue invitado por el entonces mandatario a un viaje oficial a México. En la capital mexicana terminaron una noche en el salón de la casa de Cantinflas: Simón, Pérez, su homólogo mexicano Luis Echeverría y las esposas respectivas. Una escena de película que ya habría querido Buñuel.</p>
<p>“Cuando llegaba a la barbería, abría la puerta y decía: ‘Aquí está Tío Simón’. Nunca lo vi molesto, siempre sacaba un chiste de todo”, recuerda Rodríguez. Estaba claro que el que se plantaba bajo el marco era el hombre de televisión, el comediante, el personaje. Era el Tío, no Simón.</p>
<p>“Le encanta compartir, pero es de poco hablar; es un gran observador. Le gusta pasar horas introvertido, dibujando, pintando óleos en un taller que tiene en la casa, haciendo pasatiempos o leyendo. Es muy amigo de sí mismo. Es un hombre de contemplación y no de especulaciones intelectuales”, explica Bettsimar la intimidad del luminoso Tío.</p>
<p>A mediados de los años ochenta, Simón Díaz –quien ya era un reconocido humorista, cantante, compositor y animador de televisión– se convirtió para siempre en Tío Simón, y el resto del país en sus sobrinos. Para ese momento había conducido programas de éxito como La Quinta de Simón y Reina por un Día, pero la escena del hombre sabio y bueno rodeado de niños curiosos fue la que mejor caló en varias generaciones. De hecho, Simón es objeto de estudio en los textos escolares de cuarto grado de educación primaria.</p>
<p>Óscar Serfatty es el responsable de casi todo. En 1981, el productor musical creó –junto con Amador Bendayán– el Festival Infantil de la Canción, en Venevisión. De allí salió Chusmita, quien haría una yunta inseparable con Simón hasta que le creció el bigote. “Estando en la compañía Discos Top Hits, contraté a Simón para grabar en exclusiva. Como había hecho el festival, se me ocurrió que hiciera una canción para Chusmita. Estaba muy ocupado y no me la hacía, hasta que le di un ultimátum. Le expliqué la idea y le gustó”, recuerda Serfatty, quien fue productor ejecutivo y musical de Contesta por Tío Simón.</p>
<p>La idea era poner a Chusmita a preguntar y a Simón a responder. Así nació Contesta por Tío Simón, la cuña de Maltín Polar con la que recorrieron medio país, y también Contesta por Tío Simón, el programa del canal ocho, que duró desde 1986 hasta 1994. Hace más de veinte años, entonces, se perfiló el álter ego luminoso y carismático de ser sencillo, el hombre de la sabana que habló con las garzas y los alcaravanes.</p>
<p>“La gente no lo ha analizado, pero no hay otro artista en el mundo que guste a los adultos y a los niños por igual como Simón. En el canal ocho, de donde lo botó Maripili en el 2000, no se han dado cuenta de que Simón es el personaje más importante que tenemos ahora en Venezuela. Mucho más que Chávez”, asegura Serfatty. Bettsimar apenas se detiene en el hecho: “No creo que no le haya dolido, pero mi papá cree en la vida, en el pueblo, en la naturaleza como una fuerza que siempre busca lo bueno, el equilibrio”.</p>
<p>Serfatty lamenta la poca exposición de Simón. “Es un humorista nato, de primera línea, el mejor que ha existido en el país. Siempre fue conversador, pero últimamente lo tienen en su casa, jugando dominó. Él tiene unos problemas de asma, de la que siempre ha sufrido, y se ha olvidado de algunas cosas. No lo he visto últimamente”.</p>
<p>Ciertamente, Simón se nebuliza a diario, a las tres y treinta pm, para maniobrar con un asma que lo sofoca desde niño.</p>
<p>Hace como tres años dejó Venezuela, Coplas y Canciones, el último programa de radio que hizo, que se transmitía en Radio Nacional de Venezuela. Simón Jr. lo heredó durante un año y finalmente se acabó. “Hace unos años me dijo: ‘Hijo, yo voy a cosechar, me cansé de sembrar’. Por esa época también me comentó: ‘La musa no viene como antes’. Ya no está componiendo”, explica el hijo mayor.</p>
<p>A los setenta y ocho años apareció en Sábado Sensacional junto con Mayré Martínez, la recién nombrada Ídolo Pop latinoamericana; su hijo Simón Jr. al cuatro y Daniel Sarcos diciéndole “tío, tío”. “Yo no soy el mejor cantante del país, pero puedo decir que a mi edad, ayyy, papá”, bromeó antes de arrancar con “La vaca Mariposa”. Cantó perfectamente toda la pieza, con la misma voz de arrullo que tantas faenas ha custodiado, mientras Mayré confundía a los negritos con los pericos.</p>
<p>Durante la corta presentación en vivo habló dos veces sobre su edad. Nadie como él le ha cantado al paso de los años y, telurismos mediante, ha hecho protagonista en varias de sus canciones a la muerte en el llano. “Yo a veces le pregunto: ¿por qué se te olvidan cosas? Y él me dice: ‘Es natural, mi amor: la edad, el desgaste. Dios me ha dado una vejez bellísima. Cuando me muera, tengo todo arreglado con él, voy a ir a un sitio sin problemas’. Tiene arreglado hasta el día que se muera. Es muy organizado”, dice Betty.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En 1994 y a la distancia. Así comenzó a ensayarse una fórmula de trabajo –con un claro guión de internacionalización– que reinventó la carrera musical de Simón Díaz hasta llegar al Grammy. Su hija Bettsimar –abogado, músico y locutora de voz despejada– estaba estudiando en Nueva York, y un día le hizo al padre una pregunta para la que él no tenía respuesta clara y por la que ella trastocaría su vida. “¿Cómo van las ventas de ‘Caballo viejo’?”, recuerda Bettsimar que le dijo. “Ni idea. Sé que a la canción le va bien”, recuerda que le contestó él. Entonces, sigue ella recordando, le propuso revisar el asunto y fue así como terminó involucrándose en la carrera del padre, recogió sus peroles y regresó a Venezuela.</p>
<p>Padre e hija trabajaron juntos hasta que Simón se bajó del caballo de la vida pública. Y, en la misma medida que su presencia fue desdibujándose de los medios de comunicación, se perfiló la de Bettsimar. “Ciertamente, ahora, a la distancia, me doy cuenta de que sí sacrifiqué algo de mis proyectos personales por trabajar con mi papá, pero en ese momento hacerlo era mi vida, era como un mandato muy importante. Yo aprendí de él como poeta, como músico, como sabio del escenario”, explica la hija.</p>
<p>Dando conciertos en liquiliqui, Simón recorrió Francia, Inglaterra, España, Polonia, Hungría, Irak, Estados Unidos, México, Panamá, Puerto Rico, Ecuador, Chile, Brasil, Cuba y Colombia. “Salir del país no era de sus cosas más queridas, pero creyó que era necesario hacerlo. Yo creo que más disfrutaba cantando en El Sombrero o en Calabozo que en el extranjero”, dice Bettsimar. Eso lo certifica Betty: “Con Simón recorrí toda Venezuela y en cada sitio nos recibía el pueblo entero”.</p>
<p>Podría afirmarse que todo el que tenga cultura musical reconoce la trayectoria de Simón. Por ejemplo, el músico y productor escosés David Byrne. Antes de su presentación de 2005 en Buenos Aires, dijo en una entrevista para el diario <em>Clarín</em> que la música en español que estaba escuchando en ese momento era la de Simón Díaz, “un gran cantautor venezolano”. Al año siguiente, Fito Páez, esta vez en <em>La Nación</em> de Argentina, dijo que lamentaba que la música latinoamericana se hubiera pasteurizado demasiado y completó con unas gotas de añoranza: “Vos escuchás las canciones de Agustín Lara, de Chabuca Granda, de Simón Díaz, los textos, las ideas, los arreglos&#8230; Cómo los tipos pensaban eso”. Devendra Banhart, el venezolano radicado en California, admirado por Karl Lagarfeld y novio de Natalie Portman, compra vinilos de colección de Simón por Internet: según le dijo a la revista <em>Todo en Domingo</em>, “Simón Díaz tiene una música narcótica, tengo que escucharlo todo el tiempo”.</p>
<p>Juanes lo dijo, y Juanes es chiquito pero sabe. Cuando dio la rueda de prensa previa al concierto en Caracas, declaró que Simón merecía el Grammy. Pero si él conoce cómo se maneja la trama de los premios, Bettsimar aún no. Ha sido reseñado que el colectivo Venezolanos en Hollywood recibió respaldo de José Luis Rodríguez, Emilio Estefan, María Conchita Alonso, Juan Luis Guerra, Ricardo Montaner, Fito Páez, Ilan Chester, el maestro José Antonio Abreu, Martirio y Plácido Domingo para postular al venezolano. Sin embargo, falta, en el rompecabezas de esfuerzos que se armó para lograr el premio, la identidad de la persona que puso el nombre de Simón sobre la mesa de los “gramofoneables” de 2008. Bettsimar va a ir a buscar ese dato a Miami, porque esta trama todavía no está completa.</p>
<p>Todo lo anterior, animado por el llamado de una música que apela a sentimientos ancestrales, complotó para que el Grammy honrara al llano venezolano. “Mi papá logró esto sin hacer lobby, sentado en su hamaca”, dice la hija.</p>
<p>“Muy bien, ¿qué hay que hacer? ¿Hay que ir hasta allá? Bueno, vamos”, dijo Simón cuando se enteró del premio, que se le entregaría en el Hobby Center for the Performing Arts, en Houston, el 12 de noviembre. “Lo del Grammy fue una alegría muy grande. Entre tantas condecoraciones que él ha recibido, esto es la consolidación de su carrera. Dios ha sido tan misericordioso que a los ochenta años recibió ese reconocimiento”, comenta Betty.</p>
<p>Fue, entonces, Simón de nuevo en un escenario, otra vez su voz, en vivo, sin versiones, sin que nadie conteste por él. “Estoy aquí con todos ustedes. Ustedes están oyendo con cariño y emoción a este viejito que se llama tío Simón”, dijo sobre la tarima. A su lado, siempre Betty. A ella le regaló el Grammy en pleno acto. La esposa se acercó al estrado y agradeció, llorando, en nombre de Venezuela. Esa noche, tal vez Augusto Salas, el chófer, vio a la pareja por televisión mientras la tonada del recuerdo seguía sonando.</p>
<p><em>Este texto fue el tema de portada de la décima edición impresa de la Revista Marcapasos, publicada en diciembre de 2008. </em></p>
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		<title>Suicidios en el metro (de Caracas)</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Apr 2013 00:00:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>SABRINA SEGOVIA M.</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Finalmente se le quita el velo a un tema que tiene casi tres décadas rondando en el subterráneo caraqueño. Aunque los funcionarios del Metro de Caracas prefieren ponerle otra etiqueta al término suicidio, en los registros de la empresa están marcadas las cifras de la cantidad de personas que se han lanzado a los rieles para quitarse la vida.</p>
<p>Si el número total resulta impactante, el dato que más eriza la piel es el siguiente: casi la mitad de las personas que se han arrojado a la vía férrea para suicidarse queda con vida. Entre 1983 y 2008, 43,5% de quienes buscaron morir arrollados en los rieles sobrevivieron por causas más vinculadas a la destreza de los operadores de los trenes, el azar y la intervención de leyes de la Física, que a la aplicación de políticas de prevención de suicidios. Esas políticas no existen, de acuerdo con lo comprobado en diversos testimonios de trabajadores de este sistema de transporte.</p>
<p>En veinticinco años de funcionamiento, hubo quinientos veintitrés arrollamientos, como oficialmente llaman en el sistema a los intentos de suicidio: quienes mueren, entran en las estadísticas en la categoría de “sin signos vitales” y quienes sobreviven, en la de “con signos vitales”. El cuadro “Distribución de Arrollamientos según Años”, del anuario estadístico 2008, publicado en junio de 2009 por la Gerencia Ejecutiva de Transporte del Metro de Caracas, indica que doscientos noventa y cinco personas (56,4%)  lograron quitarse la vida y doscientos veintiocho (43,5%), no.</p>
<p>La elevada tasa de sobrevivencia no obedece a que exista un plan establecido de prevención del suicidio. Los operadores sólo reciben entrenamiento en módulos de adiestramiento que imparte el Servicio Psicosocial de la empresa. Allí aprenden qué hacer una vez que los suicidas se lanzan a los rieles, pero no los instruyen formalmente para evitar que los usuarios salten.</p>
<p>El tema del “arrollamiento” está explicado en la letra G del acrónimo M.U.R.C.I.E.L.A.G.O.S., una matriz  en la que cada inicial corresponde a una actividad específica de acción de los operadores (revisión de las vías, “mal súbito” de pasajeros o conductores, evacuación, alarmas). La G viene de Gamma, que es como llaman al procedimiento que se activa cuando hay un “presunto suicida” en el andén.  El Centro de Control de Operaciones (CCO) de cada estación informa entonces por los parlantes: “Personal operativo, actividad G en curso”.</p>
<p>Así está reglamentado en el Módulo de Conducción de Trenes en la Vía Principal. Pero en este manual no hay lineamientos para la prevención de suicidios. Los trabajadores, por iniciativa propia, han aprendido a detectar conductas suicidas con información que se transmite boca a boca a través de un entrenamiento empírico, confirmaron varios operadores en servicio, algunos con hasta dieciséis años de antigüedad, que pidieron no ser identificados por temor a sanciones de sus superiores.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>Los operadores del CCO tienen la tarea de mantenerse alertas ante los monitores y detectar aquella persona sospechosa: alguien que tenga actitudes tipificadas como de “posible suicida”, es decir, que manifieste conducta errática, que camine de forma acelerada de un punto a otro, que muestre signos de haber llorado, que mire mucho a las cámaras.</p>
<p>Si el operador (u operadora) ubica a alguien así en el andén, le solicita discretamente que abandone la estación. Y no ha pasado nada. Nadie se entera de nada. Llega el vagón, unos  salen, otros entran, como si nada. Ésta, por supuesto, es la medida preventiva no formalizada por excelencia. Es el escenario ideal para evitar que aumente esa veintena de suicidios anuales que ocurren en el Metro de Caracas desde que comenzó a funcionar el dos de enero de 1983, según revelan los anuarios estadísticos de esta compañía.</p>
<p>Es el deber ser porque la verdad es que no hay suficiente personal para actuar cada vez que aparece en los monitores un “potencial suicida”.</p>
<p>Una operadora de este centro de control admite que no se dan abasto para actuar cada vez que se detecta, si es que lo ven,  a alguien con signos de lanzarse hacia los rieles. No es para menos: tratan de vigilar por las cámaras a dos mil personas cada cierto tiempo por andén. “Es demasiada gente. Más de dos millones de personas viajan a diario en el Metro de Caracas, y mucha veces los suicidas pasan inadvertidos”.</p>
<p>Los números del departamento de Recursos Humanos dicen que siete mil doscientas treinta y dos personas trabajan en la Compañía Anónima Metro de Caracas, de las cuales tres mil ciento noventa y tres son operadores, mientras que ochenta y cuatro son personal de confianza (directivos y gerentes).</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Desde que la Compañía Anónima Metro de Caracas se inauguró en 1983, veintidós personas por año, en promedio, han saltado a las vías de su sistema, revelan las últimas cifras calculadas hasta diciembre de 2008 por la Dirección General de Estadística. Pero en 2009 hubo un repunte significativo: el número de arrollamientos se sextuplicó. El balance de 2008 cerró con trece arrollamientos y en 2009 con ochenta y nueve, de acuerdo con los registros del Servicio Psicosocial de la empresa, todavía no procesados en el anuario estadístico de este año que aún no se ha publicado. Aun con este crecimiento en la cantidad de personas que buscaron quitarse la vida en el Metro el año pasado, no hay señales de que las autoridades estén diseñando un proyecto de programa de prevención de suicidios.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Varios factores han contribuido al alto índice de fracasos de los suicidios en el Metro de Caracas: la experticia del operador  −estimulada por la visibilidad de la vía férrea desde la cabina−, la velocidad del tren, principios de la Física como la inercia y las “fuerzas de roce”, además del azar, que determina la posición del potencial suicida en el andén.</p>
<p>Todas estas variables intervinieron para que Federico (*) no muriera el día que se lanzó a los rieles de la estación Plaza Venezuela, el veinticuatro de septiembre de 1985, a las tres de la tarde. El Metro de Caracas apenas tenía dos años en funcionamiento.</p>
<p>Santiago (*) era el operador del tren 107. Desde su cabina, cuando el tren estaba a punto de entrar en la estación, divisó a un hombre blanco que caminaba al filo la raya amarilla, que se acercaba más y más al borde de la vía.</p>
<p>Federico, un economista de treinta años, estaba parado en la mitad del andén, esperando el tren que vendría en dirección a Chacaíto. Desde esa ubicación, la posibilidad de que la colisión tuviera un impacto mortal era menor, pues el tren ya había disminuido la velocidad. Según la experiencia de tres operadores en servicio, los suicidas que se sitúan en la boca de entrada del túnel al andén tienen mayor probabilidad de cumplir su objetivo, pues el tren viene llegando con mayor fuerza; esta velocidad varía entre los cincuenta y los sesenta kilómetros por hora en cada línea del Metro de Caracas.</p>
<p>El campo visual que tenía Santiago fue determinante para salvar la vida de Federico. Según dos operadores de trenes, con cinco y ocho años de servicio,  si el túnel cercano al andén es una línea recta la visibilidad del conductor, con las luces encendidas, es de cincuenta a sesenta metros de ancho, como el gran angular de una cámara. Eso le da tiempo suficiente para activar el botón de emergencia, reducir al máximo su velocidad y minimizar el impacto del arrollamiento. En cambio si el tren pasa por un curva antes de llegar a la estación, ese campo visual se reduce a entre tres y diez metros, lo que complica la capacidad del operador de disminuir el impacto, pues la aplicación de la parada de emergencia podría ser tardía.</p>
<p>El túnel de la estación Plaza Venezuela es una línea recta, por lo cual Santiago pudo advertir a tiempo los movimientos de Federico. El operador del tren 107 accionó el botón de emergencia y fue aquí cuando intervino la Física: la ley 1 de Isaac Newton que es la inercia, y el principio de “las fuerzas de roce”. El tren redujo drásticamente su velocidad por el frenado automático, con lo cual se produjo una fuerza de roce o fricción entre las ruedas y los rieles, ambos de metal, lo que llevó al tren a un estado de inercia o de “velocidad cero”. Así lo explican los profesores de Física del Instituto Pedagógico de Caracas, María Eugenia Benítez y Leonel Cantillo.</p>
<p>Esto generó una corriente de aire que arrastró a Federico hasta un nicho de cuarenta centímetros en los rieles, frente al andén (justo debajo de las losas donde suelen desplegar anuncios publicitarios en las estaciones, donde puede verse también el nombre de la terminal). Allí cabe una persona con facilidad. El tren le pasó por encima y rozó sus dedos.</p>
<p>Entretanto, Santiago  siguió con el protocolo estándar, el mismo que se aplica en la actualidad: solicitó el corte de corriente del andén (pues uno de los dos rieles está electrificado con setecientos cincuenta voltios)  de la estación Plaza Venezuela e informó al Centro de Control de Operaciones de un “clave 1”, el código cifrado para los arrollamientos. “No sentí  un impacto fuerte del usuario contra el tren.  Hay que mantener la calma,  esperé a que vinieran por mí”, reveló el operador del tren 107.</p>
<p>Su sorpresa fue que Federico se levantó, herido, ensangrentado, y salió de la vía por sus propios medios. El informe del evento, identificado con el número CC0N°02VEN140-85, revela que Federico sufrió una “amputación traumática de los dedos índice y medio a nivel de la falange de la mano derecha, excoriaciones y heridas en la región ciliar derecha, pómulo derecho y traumatismo en el tórax”. Los operadores confirman que muchas de las personas que siguen “con signos vitales” en las estadísticas de arrollamientos, quedan mutiladas. Pero no hay un registro de cuántas son.</p>
<p>Ana Isabel Ruiz, psicóloga clínica, única suicidióloga del país y  directora de la Red Venezolana de Ayuda al Suicida, dice que el hecho de que el Metro de Caracas guarde el tema como un tabú lleva a ignorar que unas de las principales consecuencias de los intentos de suicidio son las mutilaciones.</p>
<p>“Esta gente piensa en la muerte como la solución a sus problemas, y quizás sus intentos de fallecer son el inicio de inconvenientes muchos más graves y complejos. La parte psicológica y emocional la complicas con una  condición limitante física, como no poder caminar, andar sin un brazo; eso es peor para el suicida, debido  a que se va a deprimir  mucho más y buscará más vías para morir. El Metro debe dejar el tabú y llamar las cosas por su nombre. Suicidio es el término sociológico y clínico correcto, no arrollamiento. Tenemos que desmitificar el suicidio, informar a la gente de lo que sucede. Eso es evitar una ola de suicidios”.</p>
<p>Federico, con su flux marrón rasgado, rebanados los dedos índice y medio de la mano derecha, cuero cabelludo lacerado, rostro con “una marcada palidez”, gesto confundido –como indica el informe médico y como lo recuerda Santiago, el operador del tren 107&#8211; logró salir del nicho y se subió hasta la isla de concreto. El CCO de la estación indicó por los parlantes: “Inicio de comunicaciones, arrollamiento en la estación de línea 1, estación Plaza Venezuela”, tal como lo hacen en la actualidad.</p>
<p>El supervisor en CCO  pidió al responsable del sistema aplicar  un corte general de energía e inmediatamente  evacuaron a los usuarios de la terminal. Un operador en servicio de Protección al Usuario retuvo a un testigo del hecho, de nombre Arturo (*), un médico que trabajaba en el hospital Ricardo Baquero González, Periférico de Catia. Posteriormente otros dos operadores de Protección al Usuario bajaron a la vía, colocaron barreras de protección al sitio del suceso y efectuaron  la inspección ocular.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La estación Plaza Venezuela, una de las más concurridas del sistema, es el cuarto terminal favorito para las personas que buscan la muerte en los rieles: allí ya se han lanzado veinte nueve personas aparte de Federico, entre 1984 y 2005. Las otras tres estaciones predilectas son Capitolio con cuarenta y cuatro casos, seguido de La Hoyada con treinta y ocho y  Plaza Sucre con treinta y seis, destaca un boletín de la Coordinación de Seguridad Técnico Operativa del Metro de Caracas que procesó estos números entre 1984 y abril de 2005.</p>
<p>Las horas a las que más se lanzan los suicidas en el subterráneo de Caracas son entre las nueve y las once y treinta de la mañana y pasadas las siete de la noche. Alguien que salta tan temprano significa que pasó la noche mal, y si se lanzó en la noche es porque pasó todo el día con un peso muy grande y decidió no aguantar ni un minuto más, interpreta la psicóloga Ruiz esta tendencia.</p>
<p>Personas como Federico tienden a elegir la línea 1 del Metro de Caracas por ser la más antigua, por tener el mayor número de terminales, por estar cerca de centros de trabajos y  por ser la que atraviesa la capital de este a oeste, señala Ruíz. El anuario estadístico elaborado por la Dirección General de Estadística del Metro precisa que, entre 1983 y 2008, en la línea 1 hubo  cuatrocientos trece eventos, en los cuales doscientos cuarenta personas murieron  (58,1%)  y ciento setenta y tres (41,8%) sobrevivieron; en la línea 2 hubo ochenta y tres: treinta y ocho (45,7%) quedaron con vida  y cuarenta y cinco (54,2%)  fallecieron; y en la Línea 3 (Plaza Venezuela- La Rinconada), de más reciente funcionamiento, veintisiete personas saltaron a las vías: diez murieron (37%) y diecisiete sobrevivieron (62,9%).</p>
<p>La línea 3 −inaugurada en 1994, expandida desde El Valle hasta La Rinconada en 2006−  tiene el índice de fracasos de intentos de suicidio más elevado de todo el sistema (62,9%),  a pesar de tener las mismas características de las otras líneas: trenes de entre seis y siete vagones, velocidad de entrada entre cincuenta y sesenta kilómetros por hora, un riel electrificado con setecientos cincuenta voltios y una velocidad máxima permitida en los túneles  de ochenta kilómetros por hora, precisa Roberto Trutschel, comisario retirado de la Disip y primer Gerente de Protección al usuario de El Metro de Caracas.</p>
<p>Federico, una de las únicas dos personas que quedaron con vida de entre las cinco que saltaron a las vías en 1985, entra en las tendencias mayoritarias de las estadísticas antes presentadas: el grueso de la gente que se lanzó a los rieles entre 1984 y 2005 tenían entre quince y cincuenta y cuatro años de edad (trescientos cincuenta y nueve de cuatrocientos sesenta y cinco personas). 60,4% de los casos fueron hombres.</p>
<p>La suicidióloga Ana Isabel Ruiz explica que las mujeres utilizan poco el Metro para suicidarse, porque prefieren métodos menos agresivos, que afecten poco su estética y las haga sufrir menos. “Intentan métodos con los que esperan van a quedar intactas, con los que no van a sufrir de alguna deformación. Siempre piensan en la idea fantasiosa  de cómo se verán  en el velorio, en la urna. En cambio los hombres usan métodos más fuertes y peligrosos, más asociados a la cultura machista”.</p>
<p>El informe de la inspección ocular sobre Federico, proveniente de la Gerencia de Operaciones e identificado con el número VEN140-85, detalla  que el suicida era  un trabajador de la empresa petrolera y que en la escena encontraron partes de dedos  desprendidos,  un carnet, restos de sangre, un zapato negro roto y unos cigarrillos tirados. Todas estas evidencias fueron fotografiadas y recogidas con guantes por los operadores de Protección al Usuario, quienes hicieron una planimetría,  revisaron que no hubiera obstáculos debajo del tren, limpiaron con extintores el lugar, confirmaron a CCO que la “vía quedó liberada” y  quitaron las barreras de protección. CCO normalizó el sistema y devolvió la electricidad al tramo afectado. Luego el supervisor de línea condujo el tren 107 en dirección a Chacaíto, y a  las tres y cuarenta y uno de la tarde restablecieron el servicio. Los bomberos trasladaron a Federico en una ambulancia al Hospital Clínico Universitario. Una vez que el Metro de Caracas entrega el cuidado del sobreviviente a los paramédicos, deja de hacer seguimiento de su evolución.</p>
<p>Su esposa recuerda que fue a recogerlo al hospital. “Federico era un hombre deprimido”, dijo parca, vía telefónica, y prefirió no hablar más. En el Registro Electoral venezolano Federico aparece como fallecido.</p>
<p>La idea de este procedimiento, explica Roberto Trutschel, es que todo se haga en el menor tiempo posible a fin de que la estación vuelva a la operatividad y no colapse el sistema. Es el mismo que el Metro de Caracas ha aplicado durante sus veintisiete años de existencia, confirman dos operadores de Protección al Usuario.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Los operadores que han sido protagonistas de arrollamientos –que han ido conduciendo el tren cuando una persona se lanza a la vía férrea delante de él—reciben tratamiento psicológico después del incidente y tres días de permiso. Durante la terapia, los psicólogos que los atienden en el Centro Médico Ché Guevara (establecido desde 2010 para los empleados del Metro de Caracas en el centro de la ciudad, junto a la estación Teatros; antes los trabajadores eran atendidos en el Complejo Caño Amarillo) tratan de convencerlos de que no fueron culpables. Si el operador tarda mucho en recuperarse del trauma, el permiso puede prolongarse hasta por quince días o hasta puede ser suspendido.</p>
<p>“Siempre activamos la parada de emergencia, a veces salvamos una vida,  muchas veces mueren descuartizados”, comenta un operador que ha sido protagonista de dos arrollamientos. Otro operador de tren que vivió uno de estos incidentes dice: “el Metro de Caracas no está hecho para matar  a las personas.  Ver morir a un ser humano es duro y  a veces es difícil de soportar. Uno queda en shock. Pero también se siente alivio cuando gracias a nuestro esfuerzo la persona sobrevive al impacto”.</p>
<p>“Los arrollamientos forman parte de la vida de los funcionarios del Metro”, remata Santiago, el operador del tren 107.</p>
<p>Alejandro (*) conducía el tren 108, dos meses antes del episodio de Federico, el diecisiete de julio de 1985 a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde. Eloísa (*), una joven de diecisiete años embarazada de siete meses tras un amorío con su profesor de Educación Física que terminó en ruptura, se lanzó desde la boca del túnel que llega al andén, justo cuando el tren entraba a la estación Bellas Artes.</p>
<p>No hubo tiempo para que Alejandro reaccionara con la anticipación suficiente. Había notado los actos inseguros de la joven un poco tarde, pues el túnel que va a dar a esa estación tiene una curva y eso dificultó su visibilidad. Apenas la vio, Alejandro activó la parada de emergencia, el tren comenzó a reducir la velocidad, ella saltó y chocó contra la “careta” del tren, como llaman al vidrio frontal, se deslizó hacia las vías y las ruedas metálicas la engancharon. Eloísa sí murió.</p>
<p>Eloísa, tez blanca y cabello negro, estudiante de enfermería del segundo año, se perdió en el sistema: CCO no se percató de su jugada. El CCO pudo haber tenido más oportunidad de detectarla que hoy en día, porque en 1985 aproximadamente ciento cuarenta mil personas usaban la línea 1 a diario, la única que existía entonces. Apenas siete por ciento de la cantidad actual de usuarios.</p>
<p>Una de las últimas personas en ver a Eloísa fue Valentina (*),  quien estaba también en el andén durante el episodio. Valentina contó que  Eloísa “se acercó demasiado a la vía”, consta en el expediente número BAR -62-85. “Su rostro estaba muy enrojecido y  tenía  signos de haber llorado mucho”.</p>
<p>El expediente, que se elaboró tras realizar el protocolo de rigor, dice que Eloísa presentó mutilaciones, desprendimiento de vísceras y múltiples fracturas. Dos operadores en servicio de Protección al Usuario recolectaron sus restos con guantes especiales y los introdujeron en una bolsa diseñada para este fin. Luego los llevaron a un cuarto de la terminal, hay uno de este tipo en cada estación, mientras esperaban por Medicatura Forense para que los recogiera, junto con los reportes del caso.</p>
<p>A los restos que quedan en los rieles tras estos incidentes los trabajadores los llaman, con mucha naturalidad, “tegumento”. La definición del <em>Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española</em> dice que el tegumento es el “órgano que sirve de protección externa al cuerpo del hombre y de los animales, con varias capas y anejos como glándulas, escamas, pelo y plumas”.</p>
<p>Luego vino el resto del procedimiento y la estación restableció el servicio.</p>
<p style="text-align: center;">***<strong> </strong></p>
<p>La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha registrado que unas tres mil  personas se suicidan diariamente en todo el planeta, y que por cada suicidio hubo antes veinte ciudadanos que lo intentaron. Estima que cada tres segundos se produce un intento suicida en alguna parte del mundo, y cada cuarenta segundos muere una persona por esta razón. El suicidio es una las tres primeras causas mundiales de muerte en personas de quince a cuarenta y cuatro años. Las proyecciones de la OMS para 2020 dicen que alcanzarán los 1.5 millones de fallecimientos anuales.<strong></strong></p>
<p>Las razones por las que más se suicida la gente en Venezuela son el desempleo, la pobreza, la pérdida de seres amados, la ruptura de relaciones y problemas legales o laborales, según la psicóloga Ana Isabel Ruiz. El suicidio comparte con los homicidios la tercera causa de muerte en este país, de acuerdo al Anuario de Mortalidad 2006 del Ministerio de Salud, publicado en septiembre de 2007.</p>
<p>Hasta 2006, había más bien una tendencia a la baja en los suicidios en Venezuela, según estadísticas del Ministerio de Salud. En 1998, 4,92 personas por cada cien mil habitantes se quitaban la vida en este país; en 2006, 3,80.</p>
<p>El repunte de arrollamientos en el Metro de Caracas en 2009, setenta y seis más que el año anterior, hace más urgente para la psicóloga que sus autoridades diseñen una política de prevención de suicidios y abandonen “la política del silencio” sobre este tema.</p>
<p>Uno de los psicólogos del Metro de Caracas, consultado para este trabajo, quien fue también operador de trenes durante dieciséis años hasta 2002, atribuye el aumento en las cifras al crecimiento de la cantidad de pasajeros en el sistema. “E inevitablemente también se relaciona con los cambios sociopolíticos del país”.</p>
<p>Por su parte, Pilar Sáiz, profesora titular del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo, España, señaló en una ponencia reciente (2009) que se pueden reducir los suicidios en sistemas de transporte público si las autoridades “incrementan la formación de los profesionales de la salud; si se restringe el acceso a los principales métodos suicidas; si se fomenta la concienciación sobre el problema a nivel comunitario y entre profesionales sanitarios, y si se facilitan las medidas de soporte adecuadas a aquellas personas que hayan realizado tentativas suicidas o que, de modo indirecto, se hayan visto afectadas por ellas.”</p>
<p>Ana Isabel Ruiz ofrece la Red Venezolana de Ayuda al Suicida para elaborar una campaña de prevención contra el suicidio en el Metro de Caracas que incluya técnicas de “primeros auxilios psicológicos”, además de promoción de su página web  y de su línea telefónica (02127156931) de ayuda al potencial suicida en carteles pegados en todas las estaciones, información sobre el tema en trípticos que podrían repartirse también en las estaciones.</p>
<p>Roberto Trutschel dice que el Metro de Caracas también podría activar  planes de prevención contra suicidios aplicados en  otros  países del mundo.</p>
<p>Según un reportaje publicado el veintidós de septiembre 2009 por Elías Notario, en el portal especializado en tecnología la <em>Guía</em><em> del Geek</em> (<a href="http://alt1040.com/" target="_blank">http://alt1040.com/</a>) la empresa japonesa East Japan Railway Company comenzó a instalar lámparas LED en estaciones del Metro de Japón. Estas lámparas emiten una luz azul que, según pruebas pilotos, tiene un efecto tranquilizador que puede calmar a los suicidas en potencia.</p>
<p>La agencia de noticias española <em>EFE</em> publicó el veintiséis de enero 2009 que Japón está financiando una campaña educativa de gran envergadura a favor de la vida, donde se muestran carteles, afiches en las carteleras y paredes de las estaciones. Además instalaron puertas corredizas en los andenes, que sólo se abren cuando llegan los trenes. Así mismo, el gobierno de Japón financia a grupos que organizan eventos para formar a voluntarios capaces de disuadir a los suicidas, con conferencias sobre relaciones personales y el trato que deben ofrecer a personas con graves problemas. Esos voluntarios reparten folletos en las  estaciones en los que detallan cómo identificar y tratar a un suicida, con algunos consejos básicos: escuchar con tranquilidad, mantenerse sereno y buscar ayuda externa para disuadirle de sus intenciones.<strong></strong></p>
<p>El primer ex ministro japonés Hatoyama Yukio aplicó en 2009 otra medida que consiste en ofrecer ayuda profesional psicológica en las Oficinas Públicas de Empleo “Hello Work”, destinada a las personas que no logran encontrar un trabajo. Este plan estaría dando frutos, pues en los tres primeros meses de 2010 los suicidios cayeron nueve por ciento con relación al mismo periodo de 2009, cuando tres mil personas se suicidaban al mes,  información emitida por la Policía de Japón, según una nota del sitio <em>Noticias Nipon</em> (<a href="http://noticiasnippon.com/" target="_blank">http://noticiasnippon.com/</a>) del  veintisiete de enero de 2010.</p>
<p>Todas estas medidas se podrían aplicar en el país y evitar que más venezolanos mueran por este motivo. Para confirmar si la Compañía Anónima Metro de Caracas evalúa el repunte en la tasa de suicidios en sus estaciones a fin de diseñar algún proyecto de prevención, y para obtener la versión oficial de la institución sobre las cuestiones aquí planteadas, se envió una solicitud de entrevista con el presidente Víctor Matute y el gerente corporativo de Protección Integral, Oswaldo Colmenares. No ha habido respuesta hasta ahora.</p>
<p>(*)<em>Federico, Santiago, Arturo, Eloísa, Alejandro y Valentina son nombres ficticios. Los hemos usado para proteger su verdadera identidad, a petición suya, en algunos casos, y de su entorno en otros. Los operadores tampoco han querido revelar sus nombres para este trabajo, para evitar sanciones de sus superiores.</em></p>
<p>Este reportaje fue producto del I Diplomado Avanzado de Periodismo de Investigación de la Universidad Metropolitana e IPYS Venezuela.</p>
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		<title>También el amor se barre</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Apr 2013 00:00:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>SANDRA LAFUENTE P.</dc:creator>
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		<description><![CDATA[I Manipulado por Erre [1], ese mueble diseñado para el sexo oral que llaman “el potro” –forro imitación de de piel de vaca, asientos que se miran de frente, manijas a cada lado– pierde toda interpretación erótica. Aquí en la habitación cincuenta y siete, ese cacharro donde se pierde el juicio se ve ante ella [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>I</strong></p>
<p><strong> </strong>Manipulado por Erre <a href="file:///C:/Users/Coroto/Documents/Marcapasos/En%20la%20web/N%C3%BAmero%205/Mucama_(edit).doc#_edn1">[1]</a>, ese mueble diseñado para el sexo oral que llaman “el potro” –forro imitación de de piel de vaca, asientos que se miran de frente, manijas a cada lado– pierde toda interpretación erótica. Aquí en la habitación cincuenta y siete, ese cacharro donde se pierde el juicio se ve ante ella como un simple objeto inanimado, un obstáculo que le impide cumplir con su deber: por eso lo levanta con una sola mano por las empuñaduras y lo rueda como si el mueble pesara toneladas y ella hubiera adquirido una súbita fuerza hercúlea, con una seriedad de ceño fruncido en el rostro.</p>
<p>Y una vez que lo aparta de su camino, toma la escoba y barre.</p>
<p>En poco más de dos horas, Erre terminará su turno. Es la camarera más antigua de este hotel de paso que cobra cuarenta mil bolívares por el rato de amor en habitación sencilla. El cincuenta y siete es el séptimo cuarto que asea. Si fuera viernes o sábado, a estas alturas habría limpiado quizás –y más de una vez– las cuarenta y nueve piezas del motel (numeradas desde el diez hasta el cincuenta y nueve), pero hoy es miércoles por la tarde y el ritmo de trabajo no es vertiginoso.</p>
<p>Por eso ha tenido tiempo para cambiar la ropa de las camas y las toallas de los baños aunque no parezcan sucias, y hasta para comenzar a restregar a fondo uno de los cuartos: a cada mucama de este motel le corresponde la limpieza en profundidad de diez habitaciones por semana y Erre completará hoy cinco con la suite del jacuzzi, la cincuenta y ocho. Tiene que terminar la cuota antes del viernes, “porque lo que es sábado y domingo hay demasiado trabajo”.</p>
<p>A primera vista la cincuenta y siete, la pieza con el potro, parece otra candidata para la limpieza profunda de la semana, pero no toca. Aun así, Erre la hará parecer reluciente. En instantes deshace lo que unos amantes acaban de desordenar: con la maestría del prestidigitador, convierte las sábanas aún tibias en una masa de tela blanca, abre la ventana para que la corriente disipe el tufo espeso a cigarrillo y alcohol y retira con los dedos los desperdicios de un empaque de condones dejados sobre el rellano del corcel amatorio.</p>
<p>Pronto la habitación olerá a concentrado de lavanda, porque Erre riega el detergente con presteza y, enseguida, con la escoba envuelta en un paño enjuagado en el lavamanos, echa hacia el rincón, junto a la puerta, los restos de la cópula.</p>
<p>La interrumpe el timbre del intercomunicador por el que la recepcionista suele avisar a las parejas que terminó su tiempo. Erre limpia el auricular con una de las toallas usadas en la habitación y responde con desgano, mientras mira al suelo:</p>
<p>–Dime.</p>
<p>Del otro lado se oye un murmullo y Erre responde sólo con cifras: cinco cinco, cinco ocho. Son los números de las habitaciones que terminó de limpiar hace minutos­ y que ya están disponibles para las parejas que aguardan en la taquilla.</p>
<p>Cuelga.</p>
<p>Hace de la toalla usada un trapo y recoge con ella las colillas del cenicero. Con once años en el oficio, ya sabe lo que es limpiar toda clase de fluidos, aun los más repulsivos. Pero no es sólo por eso que lo hace a mano desnuda: hace tiempo que la gerencia del motel no le da guantes a las mucamas, dice.</p>
<p>El interfono vuelve a interrumpirla y ella repite ese “dime” perezoso. Debe llevar dos cervezas a la pareja de la cinco nueve, le informa la recepcionista.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>II</strong></p>
<p>Erre es mulata, pequeña y fornida. Usa unos zarcillos rosa que resplandecen bajo su cabello crespo alisado con químicos y teñido de negro. El delineador de sus ojos hace pensar en los de Cleopatra.</p>
<p>Lleva puesta una bata a cuadros blancos y verde oscuro que llega hasta las rodillas de sus pantalones holgados. Las chancletas plásticas que usa para trabajar le quedan muy grandes y acentúan su andar de palmípedo: a unos amigos de su tío se las dieron en una promoción de McDonald’s y ellos se las cedieron a Erre. Si acelera el paso, como ahora, cuando se apura para buscar las cervezas del pedido en la nevera del lavandero, los dedos de sus pies se contraen, tratando de sujetarse a las chanclas gigantes.</p>
<p>Erre sale en seguida del lavandero como una malabarista, una jarra llena de hielo en una mano y una bandeja con tres vasos y dos latas en la otra.</p>
<p>Camina hacia la cincuenta y nueve y toca la puerta.</p>
<p>–¿Ya las canceló? –pregunta ella cuando abren y entrega el par de cervezas bajas en calorías.</p>
<p>–Sí –responde un hombre que apenas se deja ver–. Gracias.</p>
<p>Es el mismo joven de lentes oscuros y bolsa de chucherías en mano que tropezamos en la escalera hace un rato y que evitó mirar a Erre cuando le pasó cerca. Que procuró no mirar a nadie, como la mayoría de los clientes del motel.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>III</strong></p>
<p>La camarera regresa a la habitación cincuenta y siete para completar lo que dejó a medias. Termina de fregar el baño con el desinfectante que huele a lavanda, vierte un chorro en el WC, limpia el lavamanos con la toalla que en sus manos es un trapo, cambia las toallas por otras limpias.</p>
<p>Con el mismo paño, Erre se deshace de las huellas que un par de dedos dejaron al deslizarse por el espejo semicircular del espaldar de la cama. Sigue el rastro y roza así a la Eva en el Edén que está allí dibujada: los senos a medio cubrir con su propio cabello rubio, el pubis tapado con un triángulo pintado de marrón.</p>
<p>No se mira en ese espejo mientras lo limpia, no se mirará en los ciento ochenta grados de espejo que rodean el jacuzzi de la cincuenta y ocho cuando restriegue la porcelana, no se mira en espejo alguno de este motel, tan lleno de espejos, mientras está trabajando.</p>
<p>Friega en completo silencio, con profunda concentración. No canta, no tararea ninguna de las baladas románticas que escupen las cornetas del hilo musical.</p>
<p>Tiende la cama con sábanas limpias, con rigor de cuartel, sin un doblez fuera de sitio, las almohadas en línea recta. El sobrecama es un émulo de seda azul ajado por el tiempo y el uso.</p>
<p>El rellano del potro, sobre el que quizás reposaron, instantes atrás, unos pies descalzos, acaso unas nalgas desnudas, es ahora depositario temporal de la botella de whisky barato que venden en el motel, el empaque abierto de preservativo que Erre encontró sobre la mesa y todas las telas de esa habitación que ahora son despojos.</p>
<p>“A veces, usted sabe, una deja la misma toalla y la misma sábana si no están sucias, así se hayan usado. Sobre todo los fines de semana, que hay mucha gente y no hay mucha ropa”, aprovecha para explicar una parte de su oficio y su voz adquiere una inflexión pedagógica. En un motel como éste, el fin de semana comienza el jueves por el día y termina el domingo en el ocaso; la afluencia de clientes aumenta en forma considerable y se intensifica los dos últimos días. La carga de trabajo para las mucamas es tan alta que apenas tienen tiempo de ordenar los cuartos cuando los amantes los dejan libres. En esas condiciones, Erre usa sólo diez minutos para comer, en la cocina o en cualquier habitación, mientras la asea, y pasa la jornada subiendo y bajando las escaleras con bebidas para los clientes, botellas de detergente y escobas, palas y haraganes sujetados con los puños.</p>
<p>Ni pensar en la cuota de limpieza a fondo durante esos cuatro días. “Pero el jacuzzi sí se limpia cada vez que se usa”, salva Erre.</p>
<p>En su casa, la pieza que alquila con su marido –cocinero en un restaurante de Sabana Grande– en el barrio Agricultura de Petare, las reglas higiénicas no se relajan. “Yo cambio mi sábana dos veces a la semana”, sonríe Erre y muestra el diente prominente que le destaca los labios sobre la barbilla.</p>
<p>Sale y cierra la puerta. Lleva en el regazo los desechos del acto sexual reciente.</p>
<p>La cincuenta y siete está lista. Como si nadie la hubiera usado.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>IV</strong></p>
<p>“Aquí me voy a demorar más”, advierte Erre, parada en medio de la suite con jacuzzi de setenta mil bolívares, a la que toca el fregado en profundidad.</p>
<p>Sábanas fuera. Detergente líquido antiséptico regado por todo el suelo del cuarto y el baño, y al interior de la bañera redonda. La camarera cepilla el piso con la escoba y el agua jabonosa arrastra cabellos muertos, restos de papel de regalo, colillas de cigarrillo, empaques de golosinas y del jabón del hotel. Ella los saca fuera de la puerta.</p>
<p>Con una esponja cargada con detergente y cloro restriega las paredes de la ducha de arriba abajo, mientras deja correr el agua, y limpia la manguera que se usa para asear las partes íntimas.</p>
<p>Entra en el jacuzzi y frota sus bordes con la misma esponja. Usa otro cepillo para el fondo de la bañera, en cuclillas. Antes saca de allí una concha de pistacho. Llena la bañera hasta la mitad, la deja reposar. La vacía, la vuelve a llenar. Hará lo mismo otras dos veces.</p>
<p>Vuelve al suelo del cuarto y el baño. Restriega como si barriera el agua.</p>
<p>Con la toalla que usaron los amantes seca las paredes de la bañera y el lavamanos, después de enjuagar y exprimir la mopa en él.</p>
<p>Limpia el piso con la mopa. Dos veces.</p>
<p>Camina en puntas de pie para no deshacer el trabajo. Viste la cama buscando la perfección, como en las otras.</p>
<p>Vuelve al jacuzzi, ya casi seco, y con el limpiavidrios dibuja garabatos en los espejos. Seca.</p>
<p>Usa otra escoba para barrer restos de suciedad del piso y coletea por última vez.</p>
<p>Limpiar a fondo esta habitación le tomó a Erre cerca de treinta minutos.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>V</strong></p>
<p>Así habla Erre de sí misma, en tercera persona del femenino y del singular, como si se refiriera a una mujer extraña:</p>
<p>“Una casi no tiene tiempo para almorzar”.</p>
<p>“Claro que una se cansa, pero qué se le va a hacer”.</p>
<p>“Una no tiene nada que ver con el cliente”.</p>
<p>Ella –cincuenta años, diecisiete de casada en segundas nupcias, un hijo de veinte años, una niña de doce– gana quinientos doce mil bolívares mensuales (el salario mínimo) por ocho horas diarias de trabajo, de diez de la mañana a seis de la tarde. El martes es su día libre, los lunes hace la jornada matutina. Los fines de semana son para Erre días hábiles. No recibe bonos ni otro beneficio que el seguro social obligatorio. Le pagan en efectivo cada quincena.</p>
<p>“De gustarme esto, no. Pero una tiene que ganarse la vida. No estudié, este es mi trabajo y de eso mantengo a mis hijos”, comenta, y en su explicación hay una mezcla de dignidad y resignación.</p>
<p>Para Erre, no hay “nada anormal” en su oficio ni en el lugar en el que lo desempeña. “Aquí han venido compañeras a las que no les ha gustado porque esto es un hotel. Pero si una viene a trabajar, pues es a trabajar. La verdad es que una ni piensa en nada de eso, una no se está imaginando esas cosas –se refiere al sexo–. Entro, limpio y ya”, dice, atildada, con un afán por parecer muy educada en la pronunciación de las eses.</p>
<p>Pero a esta camarera le tomó por lo menos un año perder la vergüenza que sintió durante los primeros meses, cuando oía los gemidos desde los pasillos o cuando entraba al motel para comenzar su jornada.</p>
<p>“Los primeros días me daba pena al entrar, porque hay gente que se imagina que usted no viene a trabajar sino que viene a otra cosa. Pero un día un mismo cliente me dijo: ‘Mire, mujer, no le dé vergüenza así usted pase coleto, porque no se gana la vida como se la ganan las mujeres de la vida’. Y aquí vienen muchas de esas”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>VI</strong></p>
<p>Diez escalones. El descanso. Cinco, seis, siete. El rellano. Diez, once, doce, trece. Otro descanso. Siete escalones más.</p>
<p>Es lo que Erre sube y baja desde la recepción hasta el segundo y último piso del hotel, y la mitad de eso de un piso a otro, y todo eso multiplicado por todas las veces que sea necesario. Ella trabaja en un motel sin ascensores.</p>
<p>Pero casi nunca va apurada, es más bien ceremoniosa. Quizás porque conoce bien el sitio, porque sabe de memoria los números de las habitaciones y su ubicación, porque está al tanto de los rincones y los atajos y siempre lleva consigo un mazo de llaves de todos los cuartos y los recorre como por instinto.</p>
<p>De la cincuenta y cuatro a la cuarenta para revisar –por petición de la recepcionista– que su compañera, mucho más joven y menos experimentada, haya hecho los arreglos correctos. De seguidas a la cuarenta y uno para hacer otra inspección, rehacer la cama y poner en el baño un rollo nuevo de papel higiénico.</p>
<p>De la cuarenta a la treinta y siete y luego a la cincuenta y cinco, en búsqueda del obrero del motel –que acaba de pintar las paredes de los pasillos, color melón mustio, sin mover de su sitio los afiches colgados de una mujer voluptuosa de bikini y un par de niños candorosos con globos de helio–, para pedirle que saque a un cliente de uno de los cuartos, porque expiró su tiempo y no quiere irse.</p>
<p>Después a la cuarenta y cuatro para darse cuenta de que esta habitación está recién abandonada, el televisor todavía encendido en el canal dos, y dejar la puerta abierta “para que se vayan los malos olores”.</p>
<p>Camino a la cuarenta y nueve, donde pasará revista, la mucama se topa con una pareja muy joven, quizás adolescente, que acaba de terminar lo que vino a hacer.</p>
<p>–¿Me das la llave, mamita, porfa? –pide Erre a la muchacha, que responde dejándole el llavero sobre el muro.</p>
<p>“Debe tener quince años”, murmura cuando ve irse a la joven. “Vienen prácticamente niños. Si les piden la cédula, no los dejan entrar. El hombre es el que pasa por recepción, deja a la muchacha en el carro y luego entran por detrás”, continúa, con la autoridad que le da su antigüedad en el oficio.</p>
<p>Tal vez piensa fugazmente en su hija preadolescente, que el próximo domingo hará la primera comunión en Maracay –donde estudia y vive con su hermano mayor y su abuela materna–, y quien también ha visitado este motel, pero para acompañar a su madre mientras trabaja.</p>
<p>Erre, su marido y sus dos hijos vivían antes en el barrio San Blas de Petare, en Caracas, pero decidieron irse a aquella ciudad, a hora y media en autobús, y comprar una casa, para evitar los peligros de la violencia callejera de la capital. Resultó difícil para la pareja encontrar trabajo, así que regresaron a Petare y dejaron a sus hijos estudiando en Maracay, bajo el cuidado de la abuela. Los lunes, Erre entra a su trabajo a las siete de la mañana y se va a las tres de la tarde para viajar hasta allá. Vuelve los miércoles muy temprano.</p>
<p>Cuando trae a su hija con ella al hotel, la deja durante toda la jornada en cualquier habitación disponible, le enciende el televisor y le hace prometer que no lo cambiará de estación, para que no se tope con las escenas del único canal porno que se ve desde los cuartos. Cierra la puerta con llave y se asoma cada tanto, inesperadamente, para comprobar que le ha obedecido. Almuerzan juntas en la habitación, y si el día no está tan apretado, Erre pasa más rato con su niña.</p>
<p>“No me ha dicho si ha escuchado cosas. Ella me pregunta por esto y yo le digo: ‘No, mamita, vienen las personas que están de viaje o que se van a operar y se quedan aquí”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>VII</strong></p>
<p>Los adolescentes estaban en la cincuenta y tres. Erre repite la operación: deshace en instantes las ruinas del acto amatorio para levantar su propia obra en los siguientes minutos.</p>
<p>Mientras recoge del suelo restos de papel higiénico usado, encuentra un condón sin usar, intacto en su empaque, y lo echa en el bolsillo de su bata a cuadros. “Una lo agarra porque a veces algún cliente necesita uno solo. Una le avisa a la recepcionista que se lo consiguió y se lo venden a dos mil o tres mil bolívares, depende del preservativo”.</p>
<p>Al poco sale de la habitación y deja tras de sí otra pieza de apariencia reluciente con limpieza superficial.</p>
<p>En el recorrido por el pasillo se oye el sonido de una regadera, que sale de una ventanilla, y en segundo plano, un gemido largo, un grito, un ah sostenido.</p>
<p>Erre sigue su camino, imperturbable, como quien ve llover.</p>
<p>Y así de inalterable parece ser la relación de esta camarera con su propia intimidad, según cuenta. “Con mi esposo veo el sexo como un momento normal. A veces lo hacemos con la luz apagada, a veces no”.</p>
<p>La última y única vez que fue a un hotel con su esposo para hacer el amor fue “la noche de bodas, claro”, hace diecisiete años. “Era un hotel en El Marqués, un hotel familiar. Uno va a hoteles cuando se va de viaje. Nunca me imaginé limpiando uno como éste. Y así como lo veo, menos me provoca ir”.</p>
<p>Sobre sexo no conversa con sus hijos. “Usted sabe que en el colegio les hablan de todo eso”, dice. Ni siquiera ha tocado el tema con el varón, que ahora es un adulto. “Una vez me preguntó que por dónde nacían los bebés, entonces le compré un libro donde salía todo y se lo di. Me da como pena ponerme a explicar esas cosas”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>VIII</strong></p>
<p>Va ya a soltar los aperos de la limpieza, su turno termina. Pero antes Erre tiene que hacer un inventario del día. Son las seis y cinco.</p>
<p>En el cuarto de la lencería agrupa todas las sábanas y toallas sucias que sacó de las habitaciones; tiene que contarlas. Extiende una primera en el suelo y sobre ella amontona las que enumera mentalmente, blancas, no muy sucias a simple vista, todas iguales, a excepción de la que tiene la huella de un zapato, otra que deja caer un nuevo preservativo sin uso y una más que suelta cenizas. Cuando termina el conteo, amarra las telas con la sábana que sirvió de base y hace un bulto. Lo arrastra por el pasillo con una sola mano.</p>
<p>Regresa al cuartucho y hace lo mismo con las toallas, mojadas, curtidas –trapos– y luego con las fundas de las almohadas.</p>
<p>Lanza los bultos por las escaleras alfombradas y con ellos, uno por uno, atraviesa la recepción. Ve pasar una pareja, llave de habitación en mano, que viste el mismo uniforme de oficina. Cruza miradas con la recepcionista, sentada detrás de un vidrio, y se detiene en el cuarto del servicio, que es también una cocina. Allí está su ropa, colgada, impecable, allí están su cartera y su lonchera, allí está su único espacio semiprivado en el trabajo.</p>
<p>Treinta y seis sábanas, treinta y seis fundas y cuarenta y seis toallas sucias y reemplazadas por otras limpias. En una hoja formateada como tabla, Erre anota esas cifras y la hora aproximada en que limpió cada una de las trece habitaciones de la jornada. Un día regular.</p>
<p>“Cansada, cansada”, alcanzo a escuchar a Franco de Vita en el hilo musical que también se escucha aquí, tan cerca del estacionamiento.</p>
<p>La camarera aprovecha que la pieza de enfrente está desocupada: va a usarla como su propio <em>vestier, </em>hoy no se va a cambiar la ropa en ese baño minúsculo y va a poder ducharse<em>. </em>Abre la puerta, regula la luz, deja sus pertenencias sobre la cama. Hace suya esa habitación, la diez. Cierra la puerta.</p>
<p>“Qué lástima, pero adiós. Me despido de ti y me voy”, canta ahora Julieta Venegas.</p>
<p>Erre demora exactamente once minutos y sale, elegante. Usa un conjunto gris de blusa y pantalón de poliéster, con bordados en el pecho. El maquillaje retocado en los ojos, los labios brillantes, el cabello impecable, los mismos zarcillos. Huele a crema hidratante. En el cuarto de servicio se calza unas sandalias negras de tacón alto y talón descubierto. También le van grandes. “No compro los zapatos justos porque tengo los dedos chiquitos fracturados; uno por una caída y el otro me lo agarré con una puerta“.</p>
<p>Antes de salir, pide en la recepción un adelanto de veinte mil bolívares de su sueldo, cuatro billetes de cinco mil que quedarán registrados en un vale con su firma.</p>
<p>Un hombre de aspecto candoroso espera por su cita al pie de la escalera, mientras sostiene un ramo de rosas frescas. Dice en voz alta que no aparece esa mujer, que va a tratar de localizarla por el celular. Erre no lo mira.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>IX</strong></p>
<p>Antes de tomar el metro en dirección a Petare, Erre echa un vistazo a las tiendas de Chacaíto, porque<strong> </strong>busca para su hija el traje de primera comunión para el próximo domingo, un vestido con tirantes, nada muy pomposo, tampoco demasiado sencillo. Discreto, eso sí, porque no le gustaría ver a su niña de doce años con escotes, afirma mientras mira las vitrinas.</p>
<p>“Ella es como una niña todavía. No me gusta vestirla con blusitas pegaditas y escotaditas, ni que se maquille. O será que yo soy anticuada, no sé. Entonces a ella le gusta su ropa normal, le gusta su blusita de tirantes, pero no estar mostrándolo todo”, comenta, ya en la cuarta boutique que visita.</p>
<p>Al fin y al cabo, le transmite a su hija sus propios valores. Erre quiere que su hija conserve la virginidad hasta el matrimonio, como ella.</p>
<p>Decide irse a casa, no encuentra el vestido que busca. Se dirige hacia el metro, se pierde entre la muchedumbre que desciende a la estación. Cuando llegue a Petare, caminará hacia la redoma, tomará el rústico colectivo que sale desde la parada de la farmacia y que sube al barrio. Bajará en la primera entrada, y llegará a su casa por el callejón, con suerte, antes de las ocho. Hará la cena para ella y su marido. Mañana estará de pie a las seis para prepararle el desayuno a su esposo; saldrá más temprano que de costumbre para buscar el vestido de su hija en Sabana Grande y llegar a tiempo, a las diez, a su trabajo.</p>
<p>Y entrará al motel sin vergüenza alguna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr size="1" />
<p><a href="file:///C:/Users/Coroto/Documents/Marcapasos/En%20la%20web/N%C3%BAmero%205/Mucama_(edit).doc#_ednref1">[1]</a> <em>La verdadera identidad de la mucama está en reserva. Usamos sólo la inicial de su primer nombre para protegerla.</em></p>
<p><em>Texto presentado para el taller “El pulso y el alma de la crónica”, auspiciado por la Cigarrera Bigott y  dictado por Alberto Salcedo Ramos. Elaborado en junio de 2006, publicado en marzo de 2007.</em><em> </em></p>
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		<title>Golpe al pecho</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Apr 2013 23:34:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Octavio Sasso</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Caminar dentro de la marea me quitó el miedo al mar. Observar la historia desde sus entrañas te quema la piel y te enfrenta a una realidad que pocos tienen el gusto de conocer. El rojo se ve más rojo si tu mirada pierde los prejuicios y lo entiende como un color más. Tener una [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Caminar dentro de la marea me quitó el miedo al mar. Observar la historia desde sus entrañas te quema la piel y te enfrenta a una realidad que pocos tienen el gusto de conocer. El rojo se ve más rojo si tu mirada pierde los prejuicios y lo entiende como un color más.</p>
<p>Tener una cámara en la mano y caminar por todo el 23 de Enero junto a la gente que más quería a Hugo Chávez, es una experiencia que, sin dudas y más allá del lugar común, te cambia la vida. Mi visión del conflicto en el que está sumido el país, nunca será la misma luego de vivir de cerca el dolor de los suyos.</p>
<p>Sin entrar en discusiones, sin cambiar mi postura, sin juzgar a ninguno de los dos bandos, el camino de Chávez al Cuartel de la Montaña fue un golpe al pecho. Fue compartir desde lo más genuino del sentimiento, un sufrir auténtico que, con sus matices, representa el amor de su pueblo.</p>
<p>Las valoraciones no entran en mi discurso. Tampoco cambia mi visión del proceso. Lo que sí me permite es entender, desde ese lugar de la disputa, que el apellido del líder de la revolución tiene en sus devotos la muestra más firme de lealtad y convicción que conocí hasta ahora.</p>
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		<title>Tal vez acierta Lula</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 22:18:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>HERNÁN CARRERA</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Boca del metro en La Bandera, zona popular, obrera, al suroeste de Caracas: el sur del sur de los sures de esta petrolera capital suramericana. ¿Sudaca? Sudada. Un río de sudores humanos se desgaja cuesta abajo en la explanada que se desprende hacia el otro y breve lado del valle. El sol es feroz; la [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Boca del metro en La Bandera, zona popular, obrera, al suroeste de Caracas: el sur del sur de los sures de esta petrolera capital suramericana. ¿<i>Sudaca? </i>Sudada.</p>
<p>Un río de sudores humanos se desgaja cuesta abajo en la explanada que se desprende hacia el otro y breve lado del valle. El sol es feroz; la acera, avara hasta el milímetro. La calzada se la disputan motos, carros, autobuses, corneteos: esa otra ferocidad que suele ser la urbe. Se avanza al voleo, a los saltos entre puestos de fritangas y basura, entre cemento y asfalto y basura, entre ventas de agua mineral y basura. Lleve su agua, su pincho, su estreptococo. La muchedumbre. La masa.</p>
<p>Extraño: nadie empuja.</p>
<p>Al poco, la calle se ensancha y cabemos ya todos: la basura, las fritangas, el agua mineral, los peatones, la basura. Y ahora, además, la profusa oferta de camisetas, gorras, cintas, colgachos varios. Un motorizado discute el precio de la visera con la imagen de Chávez al centro, Evo y Fidel a los lados. Las hay con el rostro del Che, tricolores con las ocho estrellas, verde olivo con escudo nacional, negras con estrella roja, rojas con puño, rojas con la palabra Venezuela, rojas con Venceremos, rojas con No volverán, rojas con Hasta siempre Comandante, rojas con las consignas más recientes y aun otras que el tiempo olvida. Sin estampados, la única opción es roja. También la más barata. El sol es una fiera.</p>
<p>Calzada y acera cruzan, en son de puente, los vestigios del río El Valle, cuyo caudal se jactaba ochenta años atrás de atravesar a brazada limpia el muy mozo entonces Eduardo Gallegos Mancera, sin todavía saber que en sus márgenes habría de bracear más duro, por seis décadas largas, como médico de pobres y comunista tenaz, para evadir dictaduras y democráticas digepoles y salvar vidas y sembrar un futuro de patria.</p>
<p>El ahora tímido río El Valle. Tímido hasta en su pestilencia de citadina cloaca, en su olvidado nombre. Eso: preguntas, y nadie sabe: ¿río El Valle? ¿Río? ¿Por aquí? ¿Está seguro? Y tan reseñado apenas diez años atrás –enero 3, 2003–, cuando cierta prensa, ciertos periodistas, <i>informaron</i> de tiroteos entre dos manifestaciones opuestas en los que <i>hordas chavistas</i> dejaron, curiosamente, un saldo de 2 muertos, 6 u 8 heridos de bala, cerca de 30 lesionados y más de 70 personas con diversos grados de asfixia por causa de los gases lacrimógenos. <i>Curiosamente</i>, porque los muertos, los heridos, fueron todos chavistas.</p>
<p>Pero lo raro ahora, hoy, con esta muchedumbre, esta masa, es otra cosa distinta al olvido de los cursos de agua o de las curiosidades periodísticas: nadie empuja. Todo mundo tiene prisa y nadie empuja.</p>
<p>Qué rara esta Caracas.</p>
<p>*</p>
<p>Paseo Los Próceres. Dos kilómetros de jardines, caminerías, fuentes, espejos de agua, barrocos adornamientos, monumentalidad pura. Al fondo, cuatro bestiales paralelepípedos: dos verticales, mármol travertino, dos horizontales en mármol negro: 300 toneladas que habrían hecho la delicia de Miguel Ángel Buonarroti. Los pedestres bronces de Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Rafael Urdaneta, Santiago Mariño, Francisco de Miranda, José Antonio Páez, Manuel Piar, José Félix Ribas, Luis Brión, Juan Bautista Arismendi y José Francisco Bermúdez. En la piedra, los nombres tallados de un centenar de héroes más. El tributo de Venezuela a los forjadores de la independencia.</p>
<p>Pero falta mucho para llegar allí. Falta todavía más para llegar a la Academia Militar, donde hoy, viernes 8, en este preciso momento, una treintena de jefes de Estado, 50 y tantas delegaciones oficiales, dos centenares y más de líderes políticos, han llegado de cuatro continentes para rendir otra clase de tributo, el de la despedida última, al Presidente de un país tan perdido en el globo como esta Venezuela. (Pequeña Venecia, llamóla Américo Vespucio. Sí: pequeña. No vamos ahora a discutir con don Amerigo)</p>
<p>Está Lula entre ellos. Luiz Inácio Lula da Silva, ex presidente de Brasil, quien ya antes de llegar puso en palabra y tinta, ayer, los afectos que aquí lo traen. “Chávez –dijo Lula en artículo reproducido por diversos periódicos del planeta– sabía que las razones para estar en el Gobierno eran hacer que el pueblo de Venezuela se sintiese orgulloso…”.</p>
<p>Orgulloso. ¿Orgulloso, Lula?</p>
<p>*</p>
<p>Los primeros 30-50 metros de Los Próceres son peor. Ya: al tope de ese metraje han cerrado el paso a vehículos; la calzada es estacionamiento, las motos crepitan como el mismo odioso sol. Los tarantines cumplen el milagro de la multiplicación de los peces: más camisetas, más gorras, más fotos, más empanadas. Más música, más decibeles. Más, pero mucha más basura. Agua mineral ya no se vende: la reparten, gratuitamente, en camiones de la Alcaldía.  Se avanza al tanteo: no me pises, no te piso.</p>
<p>Y el sol, dios. El sol no ayuda. En apenas tres semanas de estación seca pura y dura, se ha comido el pasto, la grama de los jardines. Más la gente, claro: es difícil que dos millones de personas dejen aquí en dos días sus pisadas sin hacerlo todo polvo.</p>
<p>Polvo, botellas plásticas, papeles, basura. ¿A qué se refiere Lula cuando habla de orgullo?</p>
<p>*</p>
<p>Caminería. Caminería derecha. No hace falta preguntar, porque a pocos pasos comienza la cola.</p>
<p>–Madre gentamentazón, ¿no?</p>
<p>–Ja. Y no ha visto nada. Anoche llegaba hasta La Bandera.</p>
<p>–¿Y tarda uno mucho en llegar a la Academia?</p>
<p>–Más o menos. Seis o siete horas.</p>
<p>–Guaoooo.</p>
<p>–Pero no se vaya, señor. Mire que ya terminó el acto protocolar, está empezando a avanzar.</p>
<p>–Sí, sí, doy un vistacito y vuelvo.</p>
<p>Un vistazo. Los periodistas hacemos eso, ¿no? Damos vistazos. Si se trata de ser serios, vemos, observamos, escudriñamos. Y anotamos, cierto. Anotamos y grabamos profusamente. Y si queremos ser buenos, entonces además olemos, palpamos, degustamos. A veces también oímos. A veces.</p>
<p>*</p>
<p>El centro de la calle, el circuito que bordea la fuente, es tanto más gentil: se puede mirarlo todo sin apretujones. Sin más sudor que el propio, y no demasiado: la gorra habrá sido barata, pero protege. Y cada tres pasos te regalan una botella de agua, un pote de jugo, una naranja. Cualquiera podría llevarse suficiente para abastecer una bodeguita. Si te hace falta, te tiendes en las camillas de los bomberos y hasta viene una enfermera a verte.</p>
<p>Pero hay que mirar. Y hay qué mirar.</p>
<p>En el año 1998, el primer gran mitin de Chávez en Caracas fue el del cierre de campaña. Se aventuró con la Avenida Bolívar, reto entonces de audaces, y la llenó de punta a cabo. Fue un asombro (y la certeza de que ganaría esa su primera elección), pero el asombro verdadero, el estupor, fue la gente que allí estaba. El <i>tipo</i> de gente: una que podías ver apenas salías de “la ciudad” –del invisible gueto de la ciudadanía–, apenas te adentrabas en la ranchería de Carapita o subías a Roca Tarpeya o te volvías loco y entrabas en Cartanal. Pero jamás en un acto político. O digámoslo de manera más gentil, ya que al medio de la calzada andamos: nunca, grupalmente nunca, ni aun entre estudiantes, ni aun entre los más revoltosos estudiantes de años sesenta para acá.</p>
<p>El negrerío. La Venezuela oscura. Más carbón, más chocolate, más café, más café con leche, más ya casi “trigueña” (ahhh, qué palabrita linda inventamos los venezolanos), pero de nariz gruesa, de facciones duras, de pelo cerrero o rebelde siquiera, de cuerpo duro y endurecido, de ropaje tan decididamente <i>otro</i>: esa no-Venezuela que te asustaba si te la topabas de noche en una calle. Esa que no te acompañaba ni en los cines.</p>
<p>Y te asustabas, eh. Te asustabas.</p>
<p>*</p>
<p>Al centro de la calzada y a sus lados, hoy, viernes 8, quince años después, paseo de Los Próceres, la Venezuela morena. Hernán Méndez Castellano, otro médico y comunista, creador de Fundacredesa, habría dicho claro, mijo, si eso somos los venezolanos, un solo y mismo ADN –mírate estos laboratorios, estos 17 años de rigurosos estudios–, de Barlovento a Santiago de Los Caballeros de Mérida, del blanco leche a la caoba: la misma mismísima sangre. Eso del azul déjaselo a los pendejos borbones.</p>
<p>Predominan este viernes en la calzada y sus derredores la caoba y sus mil gradaciones. La <i>blanquitud</i> es la viceversa de la peca: el vitiligo, el ocasional albinismo. Pero no desentonas, eh. Nadie se fija. Tú tampoco.</p>
<p>Seis haitianos –cinco ellos, una ella, azabache relucido todos– cantan en creole o en patuá. Imposible saber qué. Las cintas o badanas dicen en la sien: Chávez soy yo. Un chamo con un perro –o más bien: tremendo y precioso husky siberiano con un chamo al otro extremo de la cadena– los interrumpe para comprarles un helado. Pasa rauda entre ellos, sobre patines, rulos salvajes, una morenaza de infarto.</p>
<p>El miedo existe, eh. La otredad. No hay que olvidarlo, no hay que ser ingenuos: vete de catire fino y husky a Caucagüita, ve de pelo chicha y bermuda a Prados del Este, y lo sabes.</p>
<p>Pero aquí no está. No está aquí en ninguna parte. No está. Para nadie.</p>
<p>*</p>
<p>Al centro de la calzada, ese señor está allí parado y sin más. Sin más que su cansancio de setenta y dele de años y el gran letrero que porta a guisa de estandarte:</p>
<p><i>Que mi Dios Todopoderoso</i></p>
<p><i>haya guardado para ti</i></p>
<p><i>el lugar más lindo y hermoso</i></p>
<p><i>que pueda haber en el cielo.</i></p>
<p>–Señor, ¿y usted ya entró?</p>
<p>–Tempranito. Pero no me quiero ir.</p>
<p>Para sorpresa de quien ha leído periódicos durante los últimos 70 días y tanto ha sabido de misas, de oraciones, de Betanias y otras tallas, y aun de babalaos y chamanes y otros tantos respetables evangelios, este señor y su estandarte son las únicas manifestaciones de religiosidad que hoy, viernes 8, <i>post meridiam</i>, cabe ver en la calzada y en el paseo todo. De religiosidad eclesiástica, al menos: ni la sombra de estampitas, de salmos, de padrenuestroqueestásenloscielos.</p>
<p>Porque la comunión, la comunión, se sabe, es otra cosa.</p>
<p>*</p>
<p>Aquí, calzada y caminería, centro y borde y jardín y espejo de agua y gente llana y militar y policía, todo es Caribe. <i>Ana karina rote, </i>etnias aparte: es de una cierta manera de ser que ahora hablamos.</p>
<p>La memoria busca, indaga, hurga: ¿dónde y cuándo pudo haber otro funeral de esta magnitud?</p>
<p>¿El de Lenin, 1924? ¿El de Roosevelt, 1945?¿El de Stalin, 1953? ¿El de Churchill, 1965? ¿El de Perón, 1974? ¿El de Juan Pablo II, 2005? ¿Kim Il Sung, 1994? Se engalanaron las calles de Moscú, qué duda cabe. Las de Washington, las de Londres. Se llenaron de dignatarios las de Roma. Las de Pyongyang… bueno, Pyongyang es otra historia. A dios gracias.</p>
<p>¿Pero hubo antes algún funeral así –este es el tema–, a la vez tan profuso en tributos extranjeros, tan multitudinario en pueblo, y, válgame dios, tan endemoniadamente despreocupado de protocolos, tan caribemente ajeno a solemnidades?</p>
<p>Allá adentro de la Academia Militar, muestran todavía las pantallas, fueron el “Alma Llanera” y “Fiesta en Elorza” y el arpa y las maracas.</p>
<p>Acá, la gente habla, conversa, bosteza, aprovecha cualquier recodo distinto a tierra suelta para sentarse un rato, vuelve a hablar cuando termina el estruendo de la música.</p>
<p>¿Qué quieres decir, Lula, cuando hablas de orgullo?</p>
<p>*</p>
<p>Pie de acera, mitad de la calzada. El sol es ya francamente metalúrgico y uno olvida no sólo arpas y chúrchiles y pyongyanes sino periodismos también, y a duras penas asienta traseros en el reborde de concreto y suelta el maletín entre la basura y el charco y se saca la gorra y se enjuaga –es sólo un verbo– en la manga el sudor, y más de lamento que de saludo desgaja:</p>
<p>–Qué calor de los demonios, ¿no?</p>
<p>Y basta eso –caribes somos– para iniciar la conversa.</p>
<p>Y resulta que ella, piel curtida de tantos soles, de trabajo, de tesón, de hijos y de nietos, es justamente de allá, de San Félix, estado Bolívar, margen sur del Orinoco, la ciudad que el 11 de abril de 1817 le dio al general Manuel Piar la victoria sobre la Guayana y con eso, a Bolívar, el piso donde fundar dos años después otra vez la patria, ahora sí la Grande, Colombia la Grande, la que después desbarataron Páez y los ingleses. San Félix, Matanzas, Sidor: los altos hornos de la siderurgia: donde el hierro se funde en aceros.</p>
<p>Mimda Inegas, 53 años, hace cola desde las 10 de la mañana. Anoche se montó en su autobús –“<i>de pasaje</i>: a mí nadie me pagó el traslado”–, dormitó apenas los 700 kilómetros y las doce horas de camino y se vino a Los Próceres porque era aquí donde tenía que estar. Soltó las maletas donde unas amigas “y aquí estoy”.</p>
<p>–Cuando anunciaron que murió, yo puse mi pabellón a media asta. No es fácil hablar de Chávez. Chávez es todo, todo completo. Ese es un hombre de 20 puntos. Los demás no, a los demás tenemos que verlos, asegurarnos de que cumplan. Nosotros, el pueblo. Chávez, su palabra era ley: lo que decía, lo cumplía.  Se ganó un pueblo, y bien ganado. Ahora tenemos que hacer cumplir su voluntad: poner a Maduro ahí y asegurar que siga la revolución. Con Chávez se apagó una luz, pero queda una estrella que nos guiará.</p>
<p>Lleva franela roja y un orgullo recio: “No, yo no he recibido ningún beneficio personal del Gobierno ni de nadie”. Vive en una vivienda de alquiler. Y vaya que quisiera recibir un apartamento de la Gran Misión Vivienda –“no regalado: uno tiene que trabajar para ganarse lo que es de uno”–, pero “desde noviembre aprobaron los recursos para las viviendas de Villa Olímpica y todavía ni han tocado el terreno”.</p>
<p><i>Ningún beneficio</i>. ¿Y qué hay de las políticas que <i>benefician</i> a tales o cuales sectores o a tantos o miles  o cientos de miles de venezolanos?</p>
<p>¿De qué orgullo hablas, Lula? ¿De éste?</p>
<p>*</p>
<p>Pies en la basura, maletín encharcado, libreta olvidada, uno procura desechar malos periodismos y oír. Oír.</p>
<p>–¿Vio que a la gente le reparten agua? –pregunta ella–. ¿Antes cuándo? Antes la única agua que una veía entre tanta gente así era la de la ballena: el chorrazo de agua que te lanzaba la policía.</p>
<p>Oswaldo Saracual, pareja de Inegas, tuvo el año pasado un fuerte dolor en el pecho. Fueron “a un CDI”, un centro de diagnóstico integral de la Misión Barrio Adentro. Un electrocardiograma determinó de inmediato que había un infarto en ciernes.</p>
<p>–Tres meses lo tuvieron en terapia intensiva. Tres meses los médicos cubanos ahí pegados al pie de su cama. Y ahí está ahora, vivito. ¿Cuándo antes, ah? ¿Cuándo uno iba a tener eso?</p>
<p>¿Y no era que “ningún beneficio”?</p>
<p>Pero no da tiempo de preguntar, porque Erika Guerra, 31 años, madre de tres niños, hija de Inegas, se desprende de su turno en la cola y viene a sumarse a la conversación.</p>
<p>–Hay gente que dice que el país se está cayendo y viaja tres veces al año al exterior y tiene tremendo carro y tremenda casa. Que el país está jodido. Jodida estoy yo, y no me quejo.</p>
<p>Erika Guerra vive con sus tres hijos (de 13, 10 y 7 años) en una habitación alquilada, y dice que acaba de renunciar a su trabajo, en una empresa privada, “porque a mí no me pisotea nadie”. Erika Guerra no puede negar su sangre: hay orgullo en su voz cuando añade, poco después, que nunca ha tenido beca ni está interesada en tenerla: “Lo mío es trabajar”.</p>
<p>–Mira, ese hombre está ahí (en la Academia Militar, en capilla ardiente) por nosotros. Nos enseñó lo más importante: a estar orgullosos de ser venezolanos. Y para estar orgulloso de algo, hay que amarlo. Ahora nos toca a nosotros seguir.</p>
<p>No llora: se le emocionan los ojos. Con fuerza, con brillo que se diría lágrima.</p>
<p>El hijo menor de Erika, el de siete, lector desde los cinco, llegó un día muy contento de clases:</p>
<p>–Mami, yo tengo derecho a la recreación.</p>
<p>–¿Ah, sí? ¿Y quién te dijo eso?</p>
<p>–La maestra. Hoy nos hablaron de los derechos de los niños.</p>
<p>–¿Y de los deberes no? Primero tienen que hablarles de sus deberes.</p>
<p>–No. Para que podamos cumplir nuestros deberes, primero tenemos que saber cuáles son nuestros derechos. De los deberes nos hablará mañana.</p>
<p>–Ahhhhhhhhh.</p>
<p>Lula.</p>
<p>*</p>
<p>Poco más allá de los descomunales mármoles de Los Próceres, vencido ya el sopor del sol, medio centenar de muchachos y muchachas del 23 de Enero llegan en piquete y al trote y entre banderas y consignas de grito colectivo al segundo puesto de control, donde se reordena la fila para avanzar, ya sin tumultos en derredor, hacia la Academia Militar.</p>
<p>Es zona fiera el 23. Tanto o más que el sol. En los años duros, la misma policía política, la Disip, se lo pensaba dos veces antes de entrar allí. Los muchachos del 23, por su parte, siempre entraron donde les dio la gana. A la fuerza del empuje. De O’Higgins olvidaron aquello de “por la razón” y ejercieron siempre el “por la fuerza”.</p>
<p>Los agentes de custodia los contienen, conversan: no pueden saltarse la cola. Las consignas, los gritos, reivindican lo que pareciera querer ser un derecho de paso, o quizá de corso: el revolucionario abolengo del 23.</p>
<p>Los guardias conversan, explican, alegan. Uno hasta extraña el rolazo, la peinilla. Pero no: se dialoga.</p>
<p>Los muchachos del 23 dan media vuelta. Aguerridos siempre, al trote, hacia el final de la cola.</p>
<p>*</p>
<p>Comienza a caer el sol y nadie ha asaltado los puestos donde se reparten jugos, a nadie se ve llevándose los sacos de naranjas. El único arremolinamiento es en torno a un camión que avanza, lento, y reparte, dios, sí: reparte libros. Uno:<i> Unidad, lucha, batalla y victoria. Palabras del Presidente: 7, 8 y 9 de diciembre</i>. Todos quieren un ejemplar.</p>
<p>Pero hasta el camión debe apartarse porque el estruendo es inequívoco: los motorizados han logrado que les den paso o se lo han abierto a la O’Higgins. Son cien, son doscientas, son quinientas motocicletas. ¿Mil? ¿Dos mil? La gente –las madres, los niños, los ancianos, los minusválidos– corre hacia los lados. El estruendo: el de los motores y el de las cornetas. El zigzagueo. La velocidad digamos suicida. Porque seguramente no hay intención franca de matar a nadie, sino de rendir un cierto homenaje muy al estilo de la grey.</p>
<p>–¿No hay quién les dé un planazo a esos desgraciados?</p>
<p>Lo grita un hombre muy serio y muy indignado y cien viseras concuerdan.</p>
<p>Aunque no es “desgraciados” la palabra que utiliza.</p>
<p>*</p>
<p>Cuesta arriba hacia La Bandera, de regreso al metro, dos camaradas del Partido Comunista vienen repartiendo una edición extraordinaria de <i>Tribuna Popular</i>, el semanario que fundó Gustavo Machado y dirigió más tarde Gallegos Mancera.</p>
<p>A mitad del siglo XIX (1848), los dos grandes forjadores del materialismo histórico, de la revolución socialista y comunista, llamaron <i>revolución</i> a la ruptura del modo de producción capitalista, a la abolición de la explotación del hombre por el hombre, a la instauración de una sociedad sin explotados ni explotadores. En Venezuela, por esos tiempos, se le daba ese nombre a cualquier revuelta de más de treinta peones.</p>
<p>Cuesta arriba hacia La Bandera, una chica que baja corta el hilo al pensamiento:</p>
<p>–Mi amor, regálame esa gorra.</p>
<p>Ya casi llego, ya casi al sol no le quedan metales, y es bella la sonrisa de la chica.</p>
<p>–Gracias, mi amor.</p>
<p>“No somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles”, dijo Bolívar. Somos <i>otra cosa</i>. Y quizá, ante todo, <i>otra estética</i>. Eso, claro, no lo es todo, pero sin entenderlo así, sin captar los escenarios, el país es un enigma.</p>
<p>*</p>
<p>“Chávez sabía que las razones para estar en el Gobierno eran hacer que el pueblo de Venezuela se sintiese orgulloso, que pasase a tener derechos, trabajo, salud y la posibilidad de estudiar. Obviamente, enfrentó una oposición muy férrea, como todos la enfrentamos en América Latina. Todos los gobiernos progresistas se enfrentan a muchas adversidades. Pero creo que el paso del compañero Chávez por el Gobierno de Venezuela valió la pena. Valió la pena no sólo por las conquistas; valió la pena por el símbolo de lo que hizo en defensa de su país: recuperó la autoestima de un pueblo, de los niños, y provocó que su pueblo pasase a creer que Venezuela era mucho más grande de lo que las élites intentaron hacerles creer”.</p>
<p>Eso es, de lo que escribió Luiz Inácio Lula da Silva, tal vez lo más conmovedor.</p>
<p>Y tal vez acierta Lula, que no es marxista.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Como esperando abril</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Mar 2013 12:45:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eloi Yagüe Jarque</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lectores]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Temprano en la mañana me asomo a la ventana. En la acerca de enfrente ya los empleados del ministerio del PP de las Comunas han montado su tarantín: un toldo rojo sostenido con cuatro parales, un escritorio plegable donde colocarán, cuidadosamente enrollados los afiches de Chávez (como si él fuera el candidato) y, por supuesto, el equipo de sonido. Comienza una nueva jornada de propaganda, ellos no esperan al 2 de abril, fecha oficial del inicio de campaña (para qué esperar, si son gobierno).</p>
<p>Mi desayuno es una taza de humeante café, una proustiana magdalena y una canción de Silvio Rodríguez suena en mis oídos: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles: Bertolt Bretch”.</p>
<p>“Sueño con serpientes /con serpientes de mar / con cierto mar ay de serpientes sueño yo / largas transparentes y en sus barrigas llevan / lo que puedan arrebatarle al amor / la mato y aparece una mayor /con mucho mas infierno en digestión…”</p>
<p>Esta canción <i>Sueño con serpientes</i>, siempre me ha parecido un tanto hermética. No así la frase de Bertolt Brecht. El dramaturgo y director teatral alemán era comunista y cuando los nazis llegaron al poder tuvo que exiliarse. Curiosamente buena parte de su exilio lo pasó en Santa Mónica, California, donde intentó escribir para los estudios de Hollywood, pero en justicia también tuvo que irse de Estados Unidos por sus ideas políticas.</p>
<p>Siempre me ha llamado la atención el final de esa frase brechtiana: “Esos son los imprescindibles”. ¿Qué quiso decir? En boca o pluma de un comunista es altamente sospechosa. ¿No buscan la redención social por medio de la revolución? ¿No es la revolución un cambio violento de estructuras? ¿Por qué entonces hablar de los imprescindibles, concepto que se parece peligrosamente al del mesías cristiano?</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Esa comezón ideológica la tuve desde muy pronto. Tiempos de militancia política ultraizquierdista, de círculos de estudio de marxismo, de soñar con la revolución mundial, de repartir volantes y pintar pancartas, de escribir artículos incendiarios en <i>Voz Socialista </i>y, por supuesto, de escuchar hasta la saciedad a la Nueva Trova Cubana. Curiosamente, el primer discjockey (así se llamaba entonces) que colocó a los cubanos en la radio venezolana fue Alfredo Escalante en un programa que tenía a medianoche llamado <i>Medium</i> donde ponía rock progresivo. De pronto, Alfredo dejó de poner a Led Zeppelin, Pink Floyd, King Crimson y Black Sabbath y empezó a radiar insistentemente uno discos de la Nueva Trova y del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC en homenaje a los no sé cuantos años de la revolución cubana.</p>
<p>“La era está pariendo un corazón / no puede más se muere de dolor / y hay que acudir corriendo pues se cae el porvenir / debo dejar la casa y en sillón / la madre vive hasta que muere el sol y hay que quemar el cielo si es preciso / por vivir…”</p>
<p>“La era está pariendo” es una inteligente canción de los inicios de Silvio, en aquel entonces con cara de seminarista, que buscaba atraer a los jóvenes descarriados por el hippismo y la fumadera de marihuana a las filas verdaderamente revolucionarias. En el fondo planteaba lo mismo que el rock &amp; roll: vive rápido y deja un bonito cadáver…pero con el fusil en la mano y luchando contra el imperialismo. Lástima el viejo Marx que se murió en su cama como el buen burgués que era y no en las trincheras de la Comuna de París.</p>
<p>Afortunadamente milité en las escasas filas del trotskismo, y digo por fortuna no por la creencia a pie juntillas en la revolución mundial y el luminoso futuro comunista de la humanidad, sino porque la feroz enemistad de Stalin por el viejo Trotsky, hasta el punto de mandarlo a matar, me curó para siempre de esa patología política llamada “culto a la personalidad” que ha reverdecido entre nosotros como la verdolaga.</p>
<p>Cierto es que la izquierda no ha tenido el monopolio de este virus altamente contagioso, pero sí ha sido la que más lo ha explotado, llevándolo hasta el punto de la necrofilia, palabra en boga hoy en día, de tal manera que cada vez que caía un combatiente nacía un nuevo mártir en la hagiografía revolucionaria.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>No recuerdo quién fue el primero que comparó al marxismo con una teología, pero tuvo razón: la historia del comunismo se parece a la del cristianismo por la profusión de santos. En <i>Doce olas</i>, Silvio destaca que sobrevivieron doce, comos los apóstoles, de los ochenta y dos combatientes del Granma que desembarcaron en Cuba (Julio Cortázar contribuyó con el mito en su cuento <i>Reunión</i>, narrado desde el punto de vista del Che Guevara).</p>
<p>“Qué sabrá mi niño de doce olas que no se posaron junto a la arena / Que sabrá mi niño de doce olas que volaron tras empujar su barco. / Los niños conocen la edad del cielo y lo que a los viejos se nos esconde / y querrán tener más calor que el fuego porque hubo una bala por cada nombre”.</p>
<p>Y así como los cristianos primitivos veneraban las reliquias de los santos (sus cuerpos, o partes de ellos, u objetos relacionados con los mismos), los comunistas empezaron a hacer lo mismo, y a falta de reliquias (aunque las manos del Che Guevara estuvieron a punto de ser exhibidas en Cuba), adorar los cuerpos enteros de los líderes fallecidos.</p>
<p>Lenin, Mao, Stalin, Ho Chi Minh, fueron convenientemente embalsamados para la posteridad, como si fueran faraones contemporáneos.</p>
<p>El destino de los más destacados líderes comunistas pareció ser entonces el de convertirse en momias y ser idolatrados <i>ad infinitum</i>, como buenos imprescindibles que en vida fueron, aunque algunas de estas momias, como la de Stalin, debieron ser puestas a buen resguardo tras conocerse las múltiples fechorías que en vida cometiera “el padrecito”.</p>
<p>“Siempre que se hace una historia/se habla de un niño, de un viejo o de sí. /Pero la historia es difícil/, no voy a hablarles de un hombre común./ Haré la historia de un ser de otro mundo/ de un animal de galaxia, /es una historia que tiene que ver con el curso de la via láctea”.</p>
<p><i>La canción del elegido</i>, desde su título nos manifiesta esa cualidad intangible: el revolucionario es un ungido, pero no por dios o por la paloma del Espíritu Santo, sino por sus convicciones revolucionarias, por su entrega a la causa del materialismo dialéctico, por su disposición a morir (muchas veces tontamente, hay que decirlo, pues era muy difícil que Guevara hubiera sobrevivido a los Rangers en Bolivia por la desproporción numérica y militar). Un ser, pues, marcado desde la cuna por la historia. O sea un predestinado (una vez más: un imprescindible). ¿No éramos todos iguales?</p>
<p>Y, por supuesto, como la violencia es la partera de la historia, según el viejo Marx, pues nuestro imprescindible va siempre armado:</p>
<p>“Supo la historia de un golpe,/ sintió en su cabeza cristales molidos, /y descubrió que la guerra/ era la paz del futuro./ Lo más terrible se aprende enseguida/ y lo hermoso nos cuesta la vida. /La última vez lo vi irse/ entre el humo y metralla /contento y desnudo: /iba matando canallas/ con su cañón de futuro”.</p>
<p>El futuro huele a pólvora. Hay que morir luchando, vivir rodilla en tierra, empuñando el fusil. Piedra, plomo y candela. Todos nuestros héroes son armados, Pancho Villa, Zapata, Sandino, Bolívar, Fidel, Che Guevara, Guaicaipuro, todos tienen que llevar algo mortífero en las manos (por cierto, ¿quiénes eran los canallas? Ah, sí: los que no piensan como yo).</p>
<p>La heroicidad es sinónimo de combate. Pareciera que no cuentan los héroes civiles, los que llamaron a la paz, a la comprensión, a la fraternidad o al diálogo. Nadie quiere ser como Gandhi, quien repudiaba el ojo por ojo porque decía que de aplicarse todos nos quedaríamos ciegos y que la violencia es el miedo a los ideales de los demás. Pero claro, no somos indios, ni pacifistas ni vegetarianos.</p>
<p>Ya son las cuatro de la tarde. Los funcionarios del ministerio recogen cansonamente su tarantín y sus equipos de sonido. Mañana será otro día de repartir, sin convicción, material POP con la efigie del comandante ido, de poner ininterrumpidamente, sin que los vecinos puedan impedirlo, canciones revolucionarias (la mayoría de los vecinos de esta zona votan a la oposición). De seguro que a los representantes de la nueva burocracia de <i>pendrive</i> les parece música vieja y aburrida. Mejor sería un reguetón, de esos bien perreros, ¿verdad? Pero, bueno, por algo les pagan, tienen que cumplir su ritual para que haya quince y último.</p>
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		<title>Caravana en Guarenas</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Mar 2013 20:00:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andreína Gutiérrez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lectores]]></category>
		<category><![CDATA[Andreína Gutiérrez]]></category>
		<category><![CDATA[Chávez en Guarenas]]></category>
		<category><![CDATA[muerte de Chávez]]></category>

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		<description><![CDATA[El miércoles 11 de febrero de 2009 se realizó en Guarenas el cierre de campaña por la Enmienda Constitucional, la cual proponía la reelección del presidente de la República. Hugo Chávez asistió en una caravana en la llamada recta de Menca, la emblemática Urbanización Menca de Leoni, compuesta por bloques parecidos a los del 23 [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El miércoles 11 de febrero de 2009 se realizó en Guarenas el cierre de campaña por la Enmienda Constitucional, la cual proponía la reelección del presidente de la República. Hugo Chávez asistió en una caravana en la llamada recta de Menca, la emblemática Urbanización Menca de Leoni, compuesta por bloques parecidos a los del 23 de Enero en Caracas. Fue allí donde comenzaron los disturbios  del Caracazo en 1989. Luego la rebautizaron Urbanización 27 de Febrero, aún cuando sus habitantes rechazaron en su momento esa imposición de cambio de nombre.</p>
<p>En aquella época yo trabajaba como redactora en la página web <a href="http://www.radiomundial.com.ve/">www.radiomundial.com.ve</a>, perteneciente al circuito radial YVKE Mundial. Era un medio oficialista más no oficial, ya que no formaba parte de los medios adscritos al Ministerio de Comunicación e Información.</p>
<p>Ese día, para movilizar a personas de todo el estado Miranda hacia Guarenas, se utilizaron muchos de los autobuses del transporte público de la zona, por lo que era difícil subir a Caracas. Así que decidí no ir a trabajar y en cambio me fui hasta Guarenas para tomar fotos de la caravana de Chávez y montarlas luego en la página web.</p>
<p>Fui sola, con mi cámara y mi carnet de prensa. Llegué como a las tres de la tarde a una zona cercana a la conocida redoma de El Samán, donde empieza la Urbanización Menca. Le pregunté a un Guardia Nacional dónde estaba la gente de prensa para unirme a ellos. Me dijo que había un camión donde estaban todos los del Minci. Fui hacia allá y estuve a punto de montarme en el camión pero decidí que me quedaría en la calle con la gente y así podría tomar mejores fotos.</p>
<p>Las calles estaban cerradas y era muchísima la gente que esperaba a Chávez. Vi a lo lejos un helicóptero y a los pocos minutos apareció el camión donde se encontraba el presidente acompañado de una de sus hijas, de Diosdado Cabello y de otros pocos dirigentes oficialistas, además por supuesto de sus guardaespaldas. La gente se alborotó y comenzó la caravana. Obviamente era difícil avanzar con la cantidad de gente, pero tuve la suerte de estar cerca del comienzo de la caravana, lo que me permitió estar a unos tres o cuatro metros de distancia del camión y tomarle un primer video a Chávez en su llegada.</p>
<p>Los siguientes minutos fueron de mucha tensión ya que la multitud era muy densa y fui arrastrada por una marea humana, sentí pánico en algún momento pues pensaba que un mal paso me haría caer y me aplastarían, o peor aún si a alguien se le ocurría por ejemplo disparar un tiro y asustar a todos podría haber una masacre.</p>
<p>Esa fue la clase de pensamientos que se me cruzaron en esos pocos minutos, pero inmediatamente esa marea humana se disipó, y durante todo el recorrido hubo suficiente espacio y yo diría que bastante disciplina de la gente para marchar con la caravana.</p>
<p>Comencé a tomarle fotos a los edificios que mostraban pancartas y fotos del presidente, y a los lugares donde se asomaba mucha gente. Nunca había estado en una concentración chavista. Mucho colorido, mucha emoción, un ambiente festivo, muy parecido a un concierto multitudinario en La Carlota, por ejemplo. Las banderas, los afiches, las consignas.</p>
<p>Había otros dos camiones detrás del de Chávez, el de la prensa y otro donde iban Nicolás Maduro y algunos otros funcionarios. A pesar de la cantidad de gente no me pareció que hubiese tanta seguridad. No vi helicópteros revoloteando la caravana, no había más guardias nacionales que los que estaban en los camiones, no vi entre la gente ningún cuerpo de seguridad. Solo estaban apostados en calles paralelas, así que el comportamiento de la gente se me hizo supercivilizado dadas las circunstancias. Hasta donde yo supe, no hubo incidentes que lamentar.</p>
<p>En un momento la caravana avanzó mucho y yo me quedé atrás. La gente decidió meterse entre los edificios para tomar un atajo y poder alcanzar a Chávez más adelante. Me metí con ellos, corrí entre los bloques y los estacionamientos pero en un momento me di cuenta de que me quedaría atrapada dentro de los edificios y solo podría caminar por la calle de abajo y hacer el recorrido más largo. En ese momento pasaron algunos motorizados y decidí decirle a uno que me diera la cola al menos un par de cuadras.</p>
<p>Fue algo temerario. Me he montado en moto unas cuatro veces en mi vida, les tengo pánico. Le dije al motorizado que yo era periodista y quería tomar buenas fotos, me adelantó bastante unas tres cuadras después de la caravana, le di las gracias y se fue.</p>
<p>La gente estaba muy alborotada pero en calma. Todo transcurría con normalidad dentro del evento. La caravana estaba llegando a su fin, se acercaba al final de la recta de Menca, donde había una pequeña tarima, por lo que imaginé que Chávez hablaría. En el momento que llegaba a su fin, la algarabía de la gente no me permitió ver qué pasaba. En ese momento intenté por fin montarme en el camión de prensa pero no me lo permitieron, y desde donde estaba no veía lo que sucedía.</p>
<p>Todo se detuvo. La gente ya no avanzaba. Se había acabado el recorrido pero no se sabía qué iba a pasar. Al rato, la gente empezó a dispersarse, los camiones de la caravana desaparecieron menos el de prensa. Todo quedó ahí. Chávez se había ido y parecía que nadie se había dado cuenta cómo o por dónde.</p>
<p>En la pequeña tarima solo había música. Cuando ya me iba se me acercaron unas personas muy humildes y como me vieron carnet de prensa, me preguntaron directamente de qué canal era yo y si podían hablar con la productora del canal para que los entrevistaran y pedir por alguna necesidad que tenían. Les expliqué que yo no era de la televisión y los mandé al camión de prensa. Luego me fui a mi casa. Eran como las seis de la tarde.</p>
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