Simplemente Rulo

Caracas cumple 451 años y los celebra en medio del caos y la belleza que la caracterizan. Con rapidez, con hambre, con salsa. Así, continuamos festejando su aniversario con la segunda de cuatro historias de perrocalenteros que vienen 'con todo' para matar el antojo del día con una buena bala fría. #EstoEsCotidiano

Las Mercedes I (capítulo II)

Rulo prepara un perro caliente pura papa, con salsa de tomate, mayonesa, sin mostaza, sin apuro. Frente a él un hombre de camisa blanca le comenta que su hija se la pasa diciendo “¿Papá, cuándo vamos pa’ Rulo?”.

—¿La chiquitita? —pregunta mientras estira el brazo con el perro en la mano y el ceño fruncido—. Es que tú la traías todos los domingos.

—¡Coño! Pero la vaina está muy jodida —responde con la boca llena y dejando ver la masa rosada en la que se convirtió el perro.

—¿Te doy el otro de una? —dice mientras sostiene la pinza y agarra una servilleta.

Rulo Las Mercedes-5

Alfonso Restifo, conocido en esa esquina de Las Mercedes como Rulo, al ver la seña afirmativa del cliente que mastica otro bocado de su perro, levanta una de las cuatro tapas de su carrito y saca un pan envuelto en sedas de vapor, luego levanta otra y saca una salchicha.

Hace una montaña de cebolla y papas que agarra de las bandejas que guindan del lado izquierdo del puesto. Voltea y ve cómo la cola del punto se hace larga y cruza en la esquina. Mientras, levanta los potes de las salsas de forma instintiva y, sin bajar la mirada, pinta un cuadro de Pollock con mayonesa, ketchup y mostaza, con la experiencia de estar desde los nueve años en el oficio que le enseñaron su papá y su tío hace 36 años.

Rulo Las Mercedes-3

Gira nuevamente hacia adelante, sonríe y extiende su brazo hacia el señor y le entrega el perro listo. Sacude sus manos y, de repente, vuelve a dirigir su mirada hacia el toldo con el punto y hace una seña llamando a alguien.

El puesto de Rulo tiene dos grandes toldos -uno sobre el punto y otro en el carro de perros- que le hacen sombra a una cava de refrescos, volviéndolo una especie de tren con tres vagones.

El carrito de perros parece una caja de herramientas. Cada ingrediente está guardado en su compartimiento y cada implemento tiene su lugar. Cuatro tapas que se levantan: pan, salchicha, pan, salchicha. Del lado izquierdo cuelgan las bandejas de papa y cebolla y del lado derecho dos bandejas iguales, pero con papas y tres envases de salsas. Justo en el medio hay cuatro potes más, dos con ketchup y los otros con mayonesa y mostaza.

Alfonso cede su puesto a dos hombres uniformados igual que él y que parecen una versión alta y cuadrada de los hermanos gemelos del libro Alicia en el país de las Maravillas. Pero a diferencia de estos personajes, ellos no completan la frase del otro sino que mientras uno hace los perros con todo, el otro hace los pura papa.

Cada uno se ubica en un lado de la caja de herramientas y casi de forma coreográfica abren y cierran las tapas, pinzazo de papa, pinzazo cebolla, y luego hacen girar en el aire los envases de salsas como malabaristas. El espectáculo es sazonado por tres salsas especiales que “se la pones tú mismo” y son hechas por el propio Rulo.

Rulo Las Mercedes

Los clientes salen de la cola para saludarlo, le aprietan la mano, le dan unas palmadas en la espalda y una señora hasta lo abraza. Ella le recuerda una anécdota narrada por su sobrina de cuando estaban construyendo el Centro Comercial Tolón y los obreros llegaban con sus perros de Rulo para almorzar, mientras que los ejecutivos la mandaban a ella a comprarlos allí.

Limpiándose la boca y con una botella de Coca-Cola en la mano el cliente de la camisa blanca le pregunta a Rulo:

—¿Y tus chamos?

—Los dos grandes se fueron, a Chile y Argentina. Ahorita en agosto el menor se me va a Colombia y después yo trabajaré hasta donde aguante, porque no queda más nadie para encargarse de esto cuando yo no pueda.

 

-Lea también el capítulo I de Una bala fría en Caracas: Plaza Venezuela. 

DEJA TU COMENTARIO |

*