
Biblioteca mía: Sin edad ni orden
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No creo que Mariana conozca todavía a Paul Auster. De veras que no lo creo. Yo, que para ella soy una vieja, lo conocí tarde y al revés. Lo conocí sin saber que lo estaba conociendo, viendo a Harvey Keitel despachando en un “estanco de tabaco en la calle Court, en el centro de Brooklyn”, en Nueva York. La única tienda que vendía “los puritos holandeses” que fumaba William Hurt, qué digo, Paul Benjamin. Fue viendo Smoke (1995) que descubrí a Paul Auster.
Años más tarde, leí Travels in the Sriptorium: un extraño recorrido de lector explorador, a través del tiempo, el lenguaje y la narración. A través de los enigmas de Mr. Blank.
–Nunununu, lo haces todo mal—me regañó mi amigo Armando Coll.
Argumentó que empezaba al revés. Que no entendería nada sin leer La trilogía de Nueva York.
–¡Detente! ¡Cuánto antes!
No le hice caso. Seguí con el que hasta ese momento era el“más reciente” texto de Auster, su última novela: Travels…
Sí que fue raro. Porque es un libro raro. Lo leí en inglés, porque me pareció que así mejoraría el mío, que aprendería de su buena prosa en idioma original. Pero después cumplí. Le caí a La trilogía… Y las piezas empezaron a encajar: Quinn en The City of Glass. Blue, Black, Mrs. Gray, la guerra civil en Ghosts. Fanshawe, Peter Stillman en The locked room, de regreso a The City of Glass, vuelta atrás a Travels in the Sriptorium. Locura absoluta. Fue un ejercicio parecido al de pegar barajitas de futbolistas en un álbum Panini. Así nomás.
Luego leí una crítica que básicamente dice que Travels… es un juego de Auster para con sus lectores, sobre todo para quienes lo han seguido desde el principio, o al menos desde la trilogía. Dice que cualquier nuevo en el mundo Auster no está invitado a la fiesta.
–¡Buh!
Yo entré de arrocera y la pasé estupendo.
Por eso me quedé pensando si es importante el orden en la lectura. Si hay manera de enmendar el haberle llegado tarde a un autor. Si las traducciones lo logran. O si debo aprender ruso para entender de veras de qué van los rusos. ¿Qué pasa si uno ve La guerra de las galaxias en el orden cronológico —alterando el original— y en DVD?
No lo sé. Pero dejaré que la pregunta me la responda Mariana. He preparado para ella, un recorrido parecido al mío. Tengo entre manos El cuento de Auggie Wren, en una bellísima edición de Lumen (2004), ilustrada por la argentina Isol.
Este es el cuento que inspiró la peli Smoke y después, Blue in the face, dos proyectos cinematográficos en los que Auster colaboró con Wayne Wang. Dos peliculones, dos atajos para conocer a Auster, sin saber que lo estás conociendo.
A diferencia de La trilogía y de todo lo que vino después, El cuento de Auggie Wren es sencillo, sin puntos blancos ni artilugios narrativos. Lleva, eso sí, una reflexión implícita sobre la amistad, el tiempo y la observación de la vida.
Auggie Wren es Harvey Keitel, el despachador de “estanco de tabaco en la calle Court, en el centro de Brooklyn”. Paul es Paul, William Hurt, a quien le gusta fumar “puritos holandeses”. Auggie le regala a Paul su mejor anécdota, para que cumpla con un encargo y escriba un cuento de Navidad. Hasta aquí diré.
Me pregunto qué pensará mi ahijada, con sus ocho años de edad, al leer esta historia. Ya veremos. Tengo pensado dárselo en diciembre.
La pregunta es, ¿a qué edad y en qué orden le paso los demás?


