
También el amor se barre
De vez en cuando haremos esto: publicaremos textos de esos dos años, entre 2007 y 2009, en los que Marcapasos salió en su versión impresa, no sólo en honor a la memoria sino para honrar también esas historias y a esos personajes. He aquí el registro de una jornada con una mucama de hoteles de paso. La que aparece cuando los amantes terminan. Esa otra cara del amor que, aunque no sea brujo, lleva escoba, mopa y mucho detergente· POR FOTOGRAFÍA GABRIEL OSORIO
I
Manipulado por Erre [1], ese mueble diseñado para el sexo oral que llaman “el potro” –forro imitación de de piel de vaca, asientos que se miran de frente, manijas a cada lado– pierde toda interpretación erótica. Aquí en la habitación cincuenta y siete, ese cacharro donde se pierde el juicio se ve ante ella como un simple objeto inanimado, un obstáculo que le impide cumplir con su deber: por eso lo levanta con una sola mano por las empuñaduras y lo rueda como si el mueble pesara toneladas y ella hubiera adquirido una súbita fuerza hercúlea, con una seriedad de ceño fruncido en el rostro.
Y una vez que lo aparta de su camino, toma la escoba y barre.
En poco más de dos horas, Erre terminará su turno. Es la camarera más antigua de este hotel de paso que cobra cuarenta mil bolívares por el rato de amor en habitación sencilla. El cincuenta y siete es el séptimo cuarto que asea. Si fuera viernes o sábado, a estas alturas habría limpiado quizás –y más de una vez– las cuarenta y nueve piezas del motel (numeradas desde el diez hasta el cincuenta y nueve), pero hoy es miércoles por la tarde y el ritmo de trabajo no es vertiginoso.
Por eso ha tenido tiempo para cambiar la ropa de las camas y las toallas de los baños aunque no parezcan sucias, y hasta para comenzar a restregar a fondo uno de los cuartos: a cada mucama de este motel le corresponde la limpieza en profundidad de diez habitaciones por semana y Erre completará hoy cinco con la suite del jacuzzi, la cincuenta y ocho. Tiene que terminar la cuota antes del viernes, “porque lo que es sábado y domingo hay demasiado trabajo”.
A primera vista la cincuenta y siete, la pieza con el potro, parece otra candidata para la limpieza profunda de la semana, pero no toca. Aun así, Erre la hará parecer reluciente. En instantes deshace lo que unos amantes acaban de desordenar: con la maestría del prestidigitador, convierte las sábanas aún tibias en una masa de tela blanca, abre la ventana para que la corriente disipe el tufo espeso a cigarrillo y alcohol y retira con los dedos los desperdicios de un empaque de condones dejados sobre el rellano del corcel amatorio.
Pronto la habitación olerá a concentrado de lavanda, porque Erre riega el detergente con presteza y, enseguida, con la escoba envuelta en un paño enjuagado en el lavamanos, echa hacia el rincón, junto a la puerta, los restos de la cópula.
La interrumpe el timbre del intercomunicador por el que la recepcionista suele avisar a las parejas que terminó su tiempo. Erre limpia el auricular con una de las toallas usadas en la habitación y responde con desgano, mientras mira al suelo:
–Dime.
Del otro lado se oye un murmullo y Erre responde sólo con cifras: cinco cinco, cinco ocho. Son los números de las habitaciones que terminó de limpiar hace minutos y que ya están disponibles para las parejas que aguardan en la taquilla.
Cuelga.
Hace de la toalla usada un trapo y recoge con ella las colillas del cenicero. Con once años en el oficio, ya sabe lo que es limpiar toda clase de fluidos, aun los más repulsivos. Pero no es sólo por eso que lo hace a mano desnuda: hace tiempo que la gerencia del motel no le da guantes a las mucamas, dice.
El interfono vuelve a interrumpirla y ella repite ese “dime” perezoso. Debe llevar dos cervezas a la pareja de la cinco nueve, le informa la recepcionista.
II
Erre es mulata, pequeña y fornida. Usa unos zarcillos rosa que resplandecen bajo su cabello crespo alisado con químicos y teñido de negro. El delineador de sus ojos hace pensar en los de Cleopatra.
Lleva puesta una bata a cuadros blancos y verde oscuro que llega hasta las rodillas de sus pantalones holgados. Las chancletas plásticas que usa para trabajar le quedan muy grandes y acentúan su andar de palmípedo: a unos amigos de su tío se las dieron en una promoción de McDonald’s y ellos se las cedieron a Erre. Si acelera el paso, como ahora, cuando se apura para buscar las cervezas del pedido en la nevera del lavandero, los dedos de sus pies se contraen, tratando de sujetarse a las chanclas gigantes.
Erre sale en seguida del lavandero como una malabarista, una jarra llena de hielo en una mano y una bandeja con tres vasos y dos latas en la otra.
Camina hacia la cincuenta y nueve y toca la puerta.
–¿Ya las canceló? –pregunta ella cuando abren y entrega el par de cervezas bajas en calorías.
–Sí –responde un hombre que apenas se deja ver–. Gracias.
Es el mismo joven de lentes oscuros y bolsa de chucherías en mano que tropezamos en la escalera hace un rato y que evitó mirar a Erre cuando le pasó cerca. Que procuró no mirar a nadie, como la mayoría de los clientes del motel.
III
La camarera regresa a la habitación cincuenta y siete para completar lo que dejó a medias. Termina de fregar el baño con el desinfectante que huele a lavanda, vierte un chorro en el WC, limpia el lavamanos con la toalla que en sus manos es un trapo, cambia las toallas por otras limpias.
Con el mismo paño, Erre se deshace de las huellas que un par de dedos dejaron al deslizarse por el espejo semicircular del espaldar de la cama. Sigue el rastro y roza así a la Eva en el Edén que está allí dibujada: los senos a medio cubrir con su propio cabello rubio, el pubis tapado con un triángulo pintado de marrón.
No se mira en ese espejo mientras lo limpia, no se mirará en los ciento ochenta grados de espejo que rodean el jacuzzi de la cincuenta y ocho cuando restriegue la porcelana, no se mira en espejo alguno de este motel, tan lleno de espejos, mientras está trabajando.
Friega en completo silencio, con profunda concentración. No canta, no tararea ninguna de las baladas románticas que escupen las cornetas del hilo musical.
Tiende la cama con sábanas limpias, con rigor de cuartel, sin un doblez fuera de sitio, las almohadas en línea recta. El sobrecama es un émulo de seda azul ajado por el tiempo y el uso.
El rellano del potro, sobre el que quizás reposaron, instantes atrás, unos pies descalzos, acaso unas nalgas desnudas, es ahora depositario temporal de la botella de whisky barato que venden en el motel, el empaque abierto de preservativo que Erre encontró sobre la mesa y todas las telas de esa habitación que ahora son despojos.
“A veces, usted sabe, una deja la misma toalla y la misma sábana si no están sucias, así se hayan usado. Sobre todo los fines de semana, que hay mucha gente y no hay mucha ropa”, aprovecha para explicar una parte de su oficio y su voz adquiere una inflexión pedagógica. En un motel como éste, el fin de semana comienza el jueves por el día y termina el domingo en el ocaso; la afluencia de clientes aumenta en forma considerable y se intensifica los dos últimos días. La carga de trabajo para las mucamas es tan alta que apenas tienen tiempo de ordenar los cuartos cuando los amantes los dejan libres. En esas condiciones, Erre usa sólo diez minutos para comer, en la cocina o en cualquier habitación, mientras la asea, y pasa la jornada subiendo y bajando las escaleras con bebidas para los clientes, botellas de detergente y escobas, palas y haraganes sujetados con los puños.
Ni pensar en la cuota de limpieza a fondo durante esos cuatro días. “Pero el jacuzzi sí se limpia cada vez que se usa”, salva Erre.
En su casa, la pieza que alquila con su marido –cocinero en un restaurante de Sabana Grande– en el barrio Agricultura de Petare, las reglas higiénicas no se relajan. “Yo cambio mi sábana dos veces a la semana”, sonríe Erre y muestra el diente prominente que le destaca los labios sobre la barbilla.
Sale y cierra la puerta. Lleva en el regazo los desechos del acto sexual reciente.
La cincuenta y siete está lista. Como si nadie la hubiera usado.



Impecable, Sandra!
Una historia muy linda….y deprimente…recién me encuentro con esta revista online…y ver esas fotos de Caracas tomadas desde El Avila me han puesto nostálgico…tengo ya 15 años viviendo fuera de Venezuela y aún extraño cosas de Caracas.
Un saludo desde Montreal, Canada
Excelente…
Es una crónica MUY bien escrita. En ningún momento de la historia provoca dejar de leerla. ¡ESTO ES PERIODISMO! Provoca leerla, leerla y leerla.
Solo debo decir algo a manera de crítica: en la parte VII que: “La última vez que fue a un motel con su esposo para hacer el amor, fue `la noche de bodas’, hace DIECISIETE años , EL DÍA QUE PERDIÓ LA VIRGINIDAD”. Sin embargo, en algún lugar dice que ella, erre, lleva DIECISIETE años casada EN SEGUNDAS NUPCIAS, lo que permite inferir que hace 17 años NO fue el día que perdió la virginidad.
En la parte V dice que ella TIENE UN HIJO MAYOR DE 20 AÑOS: Es decir, hace 17 años no fue el día en el que perdió la virginidad.
Sé que son detalles que se escapan de las manos. A decir verdad es un trabajo EXCELENTE…
agradeceré cualquier comentario de las editoras.
Jhonatan, tienes toda la razón. En el “enmimismamiento”, metida tanto en la historia, se me pasó por completo esa imprecisión. Gracias por hacérmelo saber con tu agudeza. Lo voy a arreglar ahora mismo.
Y muchísimas gracias por tus expresiones hermosas hacia el texto. Tuve la suerte, la fortuna, de encontrarme con un personaje increíble.
Un abrazo,
Sandra