
No nombrarás en vano
¿Quién puede llamarse León y ser pusilánime? ¿Qué María no es un poco la madre de todos? ¿Existe acaso una Estrella que no busque brillar, algún Adán que no quiera ser primero? Y es así: nombrar, han dicho de siempre los poetas, es dar vida a la cosa nombrada. Visto lo cual pueden desecharse por bizantinas las discusiones sobre esa cierta manía nacional de los nombres exóticos o estrambóticos o uniquísimos al menos. Sea que hayan nacido del humor, del empeño de sobresalir o del farandulerismo simple, lo interesante estará en ver, en unos años, cómo será ese país de Leonaris y Danibel y Milaidi y Usnavi (Esta es una de las doce crónicas publicadas en el libro Se habla venezolano: doce historias que laten con Marcapasos, la primera antología de esta revista publicada en marzo de 2010 en coedición con Puntocero. Disponible en las librerías de todo el país)· POR
–¡Yorgis, Yorgiiss! ¡Yooorgiiissssss!
Se activa el paso lento de una madre adolescente con su lactante en brazos, que responde con un ¡ya va! al llamado con volumen ascendente que emite la funcionaria del registro, en la Maternidad Concepción Palacios, la más grande de Caracas.
Desde las sillas anaranjadas del estrecho pasillo, que también conduce al cafetín, se desplazan a diario las recién paridas para darle a sus bebés un pedacito de lo que será el resto de sus vidas: su nombre. Su identidad.
Cuatro computadoras, papel y poca paciencia. Así es el sitio de trabajo de las encargadas del registro. “La partida de nacimiento deberá decir Yorgis Alejandro Contreras Morillo. ¿Es correcto?”, pregunta la chica de la camisa rojísima y los botones a punto de salir disparados. Un sí entre dientes de la madre es suficiente para que ella pase al siguiente y vuelva a gritar:
–¡Leomaris, Leomaris, Leo-maaaaaa-ris!
Las madres conversan entre sí. Como si se intercambiaran barajitas de un álbum de “Amor es…”, se cuentan su elección para hacer menos tediosa la espera.
–Le voy a poner Heidy, pero no por la comiquita. Me llamo Diana y mi esposo Héctor, queda chévere.
–A lo mejor les da risa pero le quiero poner Sortario, porque mi esposo quiere Lucky y me parece horrible, como de perro. Con Sortario siento que le irá bien, ¿verdad?
Caras de duda de sus interlocutoras, pero al cabo de diez minutos se oye el alarido de la funcionaria: ¡Sortario Pérez Tabares!
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Es divertido hablar con Shakespeare. Su número me lo dio Maidolis (como se diría en inglés, my dollies, mis muñecas). Sus respuestas directas, simpáticas y en perfecto acento maracucho lo dibujan como un personaje de los que cuentan chistes en las fiestas, todo un contraste con el retrato serio y distante que de su tocayo William se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres. Este Shakespeare zuliano tiene treinta años, éste del siglo veintiuno y no del dieciséis. Sí escribe, pero de crímenes no palaciegos y sórdidas historias nada isabelinas: es periodista de sucesos y se apellida Cubillán. Shakespeare Cubillán. Y tiene dos hermanos, Indira Ghandi y Shlauderman Cubillán, que, como él, también libran la batalla cotidiana de explicar las razones que tuvo su padre Edison para mentarlos así.
“Papá leía mucho. No inventó nombres, se los robó a personajes. Quiso que todos marcáramos una diferencia respecto al resto de la gente”, resume Shakespeare.
Sus días más difíciles eran siempre los de inicio de la clase. A cuarto grado llegó dos semanas después del comienzo del año escolar y todos sus compañeros, al igual que la maestra, lo recibieron con la alegría de quien descifra un acertijo. Todos querían conocer al del nombre particular.
Nadie escribe su nombre correctamente, dice. De ahí los apodos, tan criollos: Chepe, Chipe, Chape. “Hay quien piensa que me lo inventé, que es mi seudónimo para el periódico. También trae ventajas: un amigo escribió un libro y quiere que le haga el prólogo. Imagináte la portada: con prólogo de Shakespeare”. Suelta una carcajada.
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Otra reportera porta una firma que resulta casi una postal mental de la India. Taj Mahal Genavi Sánchez, de veintidós años, se siente orgullosa de la elección de su progenitor. De ojos felices y hablar pausado, Taj, como le dicen por cariño, cuenta de memoria la historia del monumento levantado en la ciudad de Agra, a donde sueña ir. Por ahora sólo conserva un platico de pared que le trajo una tía de allí.
En su cédula aparece Dunia como segundo nombre, pero eso no le gusta mucho. “Así se llama mi abuela y significa mundo. Entonces, soy la elegida del mundo. Tiene un peso grande todo”, explica
Lo exótico de su nombre también le ha dado beneficios. Su nombre es inolvidable. Fanática de Desorden Público, le pidió un autógrafo a Horacio Blanco cuando era apenas una niña de doce. Diez años después, llamó por teléfono al cantante por una asignación profesional y el cantante la reconoció: “¡Taj Mahal, vale! ¿Yo no te firmé algo en un centro comercial?”.
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Me encuentro con Luben Manzo, un experto en onomástica. Sólo con entregarle mi tarjeta de presentación, empieza algo parecido a un encuentro con un tarotista de los que te relatan tu propia vida tras sólo mirar un cartón.
“Umm… ¡Briamel!”, dice. Y yo respondo con mi cantaleta de siempre, que digo con el tono de una ecuación: rápido y con la mirada hacia arriba, como niña malcriada: “Sí. Bri de Brígido, por mi papá. A de Ada, que es mi mamá. Mel de Melvin y de Melba, que son mis hermanos. Briamel. El árbol genealógico entero”.
Ahí se explaya: que Brígido tiene origen eslavo y significa fuerza o el que otorga fortaleza. Ada viene del árabe Hadal, que traduce algo como “quien sueña”. Y el remate: mel es un vocablo griego que se vincula con la dulzura (el mismo de meloso, pues). Como una receta de gastronomía oriental, vine a este mundo a componer un amalgama de azúcar morena, con aspiraciones y algo de rudeza, según su análisis.
Manzo ha ejercitado su memoria y puede repetir ese ejercicio de exégesis nominal con casi cualquier cristiano que quiera darle un significado al conjunto de sílabas que lo identifican.
Tendré que volver a pensar en esa interpretación cada vez que alguien me interrogue sobre el origen de mi nombre, cuando un desconocido me escriba correos electrónicos que empiezan con un “estimado señor González”, o cuando un chistoso me diga Bechamel, como la salsa. Tal vez se la cuente a Brame, como sí se llama una casi tocaya que además tiene mi apellido y que conocí por casualidad. Ella me confesó entre risas que lo suyo tiene origen botánico, la rama del saber a la que se dedican sus padres.



El nombre más sublime que he conocido es YUBIRISLEYDIS, y la propietaria era una chama de Maturín que la enviaron a estudiar inglés a Boston allá por el 2003.
Yubis, si me lees por este medio te quiero preguntar algo….Cuándo me vas a pagar los 300 verdes que me quedaste debiendo?
jajajajaj quiero agregar un buen aporte con este blog… que de seguro si hubiera existido cuando hicieron el reportaje les hubiera dado bastante marterial
http://aunhijonunca.blogspot.com/