La memoria de El Torero

En el bar El Torero la nostalgia se empina y se brinda, con la izquierda para que se repita. En este rincón del oeste caraqueño, una colección de más de mil antigüedades le recuerdan a sus asiduos clientes que juntos son parte de una misma historia, la de una ciudad que se niega a perder la memoria. #EstoEsCotidiano

Tres hombres rodean una botella de alcohol recién comprada. La botella tiene una etiqueta blanca con letras rojas que dice “Bebida Espirituosa Seca”. Se encuentra en el medio de una mesa de madera y al lado de la botella reposa un vaso plástico pequeño. Uno de los costados de la mesa está apoyado a una reja negra que permite ver la calle Maury de Catia, en pleno corazón del oeste de Caracas.

Los otros tres costados están ocupados por tres hombres morenos de cabello canoso y bigote. Cruzan miradas, observan el vaso, ven la botella y asienten. Uno de ellos levanta la botella, vierte la bebida espirituosa en el vaso, dice algo en voz baja y bebe. Cierra sus ojos y baja su cabeza, le pasa la bebida al siguiente. El otro hombre acerca el vaso a sus labios y hace una mueca; el líquido le quema la garganta, mueve su cabeza de un lado a otro y suspira. El tercer hombre sostiene el vaso entre sus dedos durante unos segundos, luego lo levanta como si estuviese brindando por algo –o por alguien– y bebe. Esa fue la primera ronda. Para ellos, la tarde en el Restaurante El Torero apenas comienza.

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Hace veintisiete años le regalaron una piedra del tamaño de una caja de cerveza al propietario de este local, Evaristo Soto. Con esa primera reliquia él y su socio, un torero de oficio, inauguraron el lugar y, a partir de ese momento, no pudieron negarse a ninguno de los regalos que poco a poco fueron llenando las paredes, los estantes y el techo de este restaurante que muchos reconocen más bien como Bar El Torero porque se ha limitado a la venta de licores.

—Algunos llegaban con un ‘mire, don Evaristo, le traje la caja fuerte de la Reina de Inglaterra’ o sonreían mientras le decían que le querían regalar ‘la cantimplora de Ezequiel Zamora’ — recuerda el propietario.

Así que decidió seguirles el juego y así llenó el lugar de pequeños retazos de una historia que muchos creen es cierta.  Ahora El Torero es un museo espontáneo que “siempre tiene la cerveza bien fría” y que pone canciones viejas “de esas que te recuerdan tiempos mejores”, como describen algunos clientes.

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En la entrada del bar casi siempre permanece sentado Don Rafael. Una de sus manos sostiene varios vasos de plástico y la otra una botella de cerveza vacía. Es el cliente más antiguo de El Torero, comenta Evaristo.

—Es tan viejo que ya ni bebe. Ahora es el vigilante de este lugar, pero no vigila nada porque ese ya ni sabe dónde está parado.

Cada quince minutos se levanta de la silla –sus piernas le tiemblan, su espalda no termina de enderezarse–, camina pausado y recorre un espacio lleno de más de mil antigüedades, la mayoría donadas por sus visitantes, entre las que se encuentran la maleta de José Gregorio Hernández, el secador de Lila Morillo, el traje de Fidel Castro, una botella de agua bendita de hace quince años, y una última adquisición: la estatua de una morena fina. Don Rafael revisa todas las mesas y cuando ve una botella vacía la recoge, la lleva al final del local y se devuelve.

Esa es la tarea que cumple de lunes a domingo, de doce del mediodía a once de la noche. Así es como vigila el local.

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Cómo te extraño, mi amor, ¿por qué será?

Me falta todo en la vida si no estás

Cómo te extraño, mi amor, ¿qué debo hacer?

Te extraño tanto que voy a enloquecer

 

Un hombre canta en voz baja. Un joven apoya su frente sobre su mano izquierda, su mano derecha carga una botella de cerveza. Una mujer con el cabello teñido de amarillo observa al hombre que tiene al frente. Él canta, se ríe, la besa. Ambos se abrazan y beben. Un hombre de bigote golpea la mesa con la palma de sus manos y se acerca al que tiene delante:

—Usted le dice con firmeza que si se va con usted bien y si no quiere pues cada uno por su lado ¿sí o no, compadre?.

—¡Así es!— responde el otro mientras se levanta a pedir otra ronda de cervezas.

Ay, amor divino, pronto tienes que volver a mí

A veces pienso que tú nunca vendrás, pero te quiero y tengo que esperar

Es el destino, me lleva hasta el final donde algún día mi amor te encontrará

El amor es fuerte y lo soporto porque sufro pensando en tu amor

—Yo de aquí me voy cuando se me acaba la plata — dice un asiduo delgado, de unos sesenta años.

—Aunque ahora la plata se acaba más rápido porque uno podía estar aquí desde que abría hasta que cerraba el lugar, pero ya no. Por más que tengan la cerveza barata ya no se puede beber todos los días, por eso hay que aprovechar cuando se puede —comenta otro con un cigarro en la mano.

—Yo vengo porque siento que esto es parte de la historia, me gusta estar rodeada de todos los objetos. La música es sabrosa y, aunque podría estar un poco más limpio, el lugar sigue siendo ameno — suelta mientras sonríe una mujer en sus cincuenta que se toma la mitad de una cerveza de un solo trago.

Quiero verte, tenerte y besarte y entregarte todo mi corazón

Un hombre fuma y deja que el humo se escape por sus labios. Luego exhalar una reflexión:

—Este lugar es Venezuela. Esto es lo más lindo que nos queda, Catia.

 

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