La fuerza creadora de los Diablos

Los Diablos Danzantes deben jurar ser diablos buenos y bailar en Corpus Christi para cumplir esa promesa. Los de Yare son una de las once cofradías en Venezuela que fueron declaradas Patrimonio Cultural por la Unesco en 2012. En esta fiesta, que está celebrando sus 269 años, se baila al son del repique, con máscaras hechas en casa y cubiertos de rojo escarlata.

Un torrente escarlata asciende de pronto por una de las calles. El rumor de las maracas lo acompaña. También se une el de los cencerros que cantan con cada paso del que los lleva colgados en su cintura. Poco a poco van apareciendo las máscaras, embriagadas de colores, formas y cuernos. Cochinos, perros, bueyes, caballos. De rasgos grotescos, exagerados, imágenes que solo habitan en lo más profundo del inconsciente.

—Es que tú no sabes de qué forma te va a salir el demonio —dirán los artesanos para justificar las formas.

La multitud se acumula en la entrada del cementerio, que tiene una fachada amarillo intenso y una cruz blanca

—Si un arreador no está haciendo su trabajo, así lo hayan nombrado en la asamblea, por el amor de Dios, lo lamento mucho, señores, pero no puede continuar usando ese cacho. Porque lo puede haber nombrado la asamblea, pero ¿para qué? ¿Para lucirla? ¿Para estar en una cámara? ¡No! Si se pone esos tres cachos es para ayudar al trabajo. Y es mucho el trabajo que se hace. Entonces el primer arreador que no esté haciendo su trabajo, usted me toma nota, y se le quita el cacho que se tenga que quitar —dice con autoridad el primer capataz de los Diablos Danzantes de Yare, y entra a un pequeño pasillo, antesala al camposanto, donde está puesto un altar.

Comienza a repicar la caja, su sonido se vuelve eco, y se propaga hacia la calle donde permanecen el resto de los diablos. Cada uno espera su turno para llegar al pasillo y danzar en honor a sus compañeros fallecidos, los diablos que alguna vez bailaron el jueves de Corpus Christi (Cuerpo de Cristo), interpretando la eterna lucha entre el bien y el mal.

Son las 8:54 de la mañana y aún el calor en San Francisco de Yare, un pueblo ubicado en el Valle del Tuy Medio, en el estado Miranda, es condescendiente. Son setenta kilómetros desde Caracas para llegar hasta acá (una hora y media). Y aunque el lugar parece pequeño tiene 42.803 habitantes, la mayoría atravesados por la religiosidad popular.

Precisamente la fiesta de Corpus Christi es una de las celebraciones católicas que los yarenses tienen muy presentes en su calendario. Se realiza nueve jueves después del Jueves Santo para recordar la presencia de Jesús en el sacramento de la Eucaristía. A Venezuela esta tradición llegó con el proceso colonizador, pero a lo largo del tiempo se ha transformado.

Descifrando la tradición

Hay investigaciones que dan cuenta de que esta celebración se instituyó en el siglo XII. Por tener una gran afluencia de fieles de todas las clases sociales comenzaron a aparecer personajes simbólicos en los autos sacramentales (escenificaciones de pasajes bíblicos que contienen cantos y bailes). De lo que se trataba era hacer evidente la relación antagónica entre Dios y el demonio. Dios estaba representado en el Santísimo Sacramento que es expuesto y adorado durante la festividad, y los demonios eran representados por las personas que se vestían para simularlo. Reseña la investigación realizada por Manuel Antonio Ortiz que la más antigua representación de esta lucha ocurrió en 1150 en Barcelona. Con la conquista estos autos sacramentales se trasladaron a América y, poco a poco, los indígenas y africanos fueron introduciendo sus manifestaciones artísticas en estos .

En 1619 se encuentran reportes de fiestas con diablos y danzas indias en algunas poblaciones de Venezuela, y José Antonio Calcaño en 1673 nos habla del baile de diablos en la Plaza Mayor de la ciudad para recibir al gobernador Don Francisco Dávila Orejón. Incluso en Caracas existieron los diablos danzantes .

Cuenta Ernesto Herrera ‒robusto, moreno, de bigotes‒, presidente de la Cofradía de los Diablos Danzantes de Yare desde hace seis años y con cuarenta y dos años como promesero, que en el año 1749 hubo una fuerte sequía en Yare. Entonces los negros esclavos, los indígenas, los catires de orilla, hicieron peticiones a sus dioses. Como no llegaba la lluvia, tuvieron que recurrir al “Dios de los españoles, al Jesús de la Eucaristía”. Ese año llovió bastante, recogieron frutos, y a partir de ese momento comenzó la danza en rendición de culto al Santísimo Sacramento del Altar.

En Yare esta celebración cumple 269 años y a lo largo del tiempo ha tenido muchas transformaciones. Uno de los cambios fundamentales es el traje de color rojo. Al principio, los diablos usaban un traje unicolor, y le daban colorido con pepas de aguacate, de mango verde, café, cacao, o lo que a ellos se les ocurriera en el momento, y salían a danzar. Después vino el cambio a un traje floreado que duró hasta 1948.

Ese año el presidente Rómulo Gallegos quiso hacer una fiesta cultural venezolana en su toma de posesión, y pidió que se trajeran todas las manifestaciones religiosas-culturales del país. “La fiesta de la tradición” la llamó. Ernesto Herrera lo recuerda como si hubiese ocurrido ayer:

—Enviaron a un periodista famoso, Juan Liscano, para que le hiciera la invitación a los Diablos de Yare. Al principio los diablos se negaron porque creían que la danza era única y exclusivamente para el Santísimo Sacramento del Altar. Juan Liscano llevó esta información a Rómulo Gallegos y este le dijo: “Yo quiero a los diablos de Yare”. Juan Liscano se devolvió y Genaro Sanoja, capataz de aquel momento, le dijo: “Bueno, si nosotros aceptamos, cómo hacemos para la tela porque no tenemos para comprar la tela”. Juan Liscano ni corto ni perezoso le dijo: “La tela la manda la Presidencia de la República”. Y le dieron cinco varas de tela a cada promesero (4 metros 20 centímetros) para que se hiciera la indumentaria. Por lo poco de la tela ellos decidieron que era un traje compacto, no como este que tengo yo que tiene bombache, pero el bombache de ellos era a la barriga para ahorrar la tela. Entonces otro capataz le dice que tienen otra propuesta: “Nosotros no conocemos el mar. Y si vamos a Caracas vamos a estar cerca del mar, entonces queremos que después de la actividad nos lleven a conocer el mar.

Cuando llegaron a Caracas pasaron por una alcabala y un guardia los detuvo.

—Hacia dónde van ustedes —preguntó.

—Vamos a la toma de posesión del presidente Rómulo Gallegos —respondieron los treinta y cinco hombres que venían de Yare.

Pero el guardia no los dejó pasar. En ese momento se acercó el ministro de Educación, Prieto Figueroa, y le preguntó al guardia:

— ¿Qué hace ese autobús allí parado?

—Señor ministro: unos negros, con máscaras, con palos, alpargatados, dicen que van a la toma de posesión del presidente. A mí no me parece —respondió el guardia.

—Déjelos pasar porque esos son los Diablos Danzantes de Yare —respondió el ministro.

Desde 1948 llevan el traje rojo y por nombre los Diablos Danzantes de Yare. Juan Liscano también cumplió con su promesa y los hombres conocieron el mar.

 

La historia con las mujeres es bien distinta. Al principio tenían el mismo rol dentro del baile de los diablos danzantes, bailaban y usaban máscaras para pagar su promesa. En 1687 el obispo Diego de Baños y Sotomayor prohibió la danza de la mulata, negra o india “porque su danza perturbaba la devoción del hombre”. Esto hizo que los diablos cambiaran los estatutos para darle el rol a la mujer “acorde a lo que la Iglesia católica considera”.

Pero las mujeres no se quedaron tranquilas ante esta diferenciación arbitraria y entró en la tradición. Hubo una mujer emblemática en el año 1911 que se llamó María Monasterio que asumió el cargo de primera capataz hasta 1927. Después vino Cayetana Valdez hasta 1953, que profundizó más el tema. Como la mayoría de los diablos venía del otro lado del río promovió la organización de un velorio de cruz para que los diablos no tuvieran que cruzar el río de noche. Su hija decía que Cayetana prefería cantar fulía, décima, salmo, que comer.

—La primera sede que nosotros tuvimos fue el rancho de Cayetana, fue ahí donde se tomaron grandes decisiones, entre esas conformar la primera junta directiva en el año 1952 —cuenta Herrera.

Le siguió Simona Palma desde 1953 hasta 1978; y luego Petra Rafaela González que murió de noventa y ocho años, y todavía danzaba fulía, décima, salve, joropo y tambor. Actualmente está Isabel.

—Ella era la que tenía que acudir en 1978 cuando fallece Simona Palma que era su madre, pero decía que no se veía ocupando el puesto de su mamaíta, y treinta y ocho años más tarde le tocó asumir el puesto de Petra Rafaela. Es la padrota la que manda; lo que dice, eso es, así esté equivocada, eso es —bromea.

Las mujeres van vestidas con faldas y medias rojas y camisas blancas. También tienen cruces cosidas en sus trajes. Se encargan de que los niños coman primero, que no se mezclen con los adultos. Y a pesar de que sin ellas esta tradición perdería fuerza, solo pueden danzar solicitando el permiso al capataz, quien también establece el altar en el que lo puede hacer. Son las diferencias que hay en las cofradías y es inevitable que no generen ruido. Especialmente si en otras, como en los Diablos Danzantes de Naiguatá, las mujeres bailan.

Los diablos andan sueltos

Luego del cementerio los diablos danzantes se dirigen a la iglesia San Francisco de Paula de Yare. Van bailando al son del toque corrío. Con los pies santiguan el piso haciendo una cruz imperfecta. Sus máscaras vuelan con cada movimiento. La mayoría tiene sobre sus cuerpos muchos símbolos cristianos que los protegen porque representar al demonio no es un juego: pequeñas cruces de palma bendita cosidas al traje, medias y calzado; medallas, rosarios, oraciones, escapularios y estampas. Algunos llevan collares indígenas y es fácil empezar a identificar el sincretismo cultural: una maraca en la mano derecha, tradicionalmente usada por chamanes indígenas, en ritos para conjurar el mal y la enfermedad. Sonajas metálicas como campanas o cencerros que según creencias africanas espantan a los malos espíritus. La caja, una especie de tambor tradicional, también africano, con la que se van marcando los distintos pasos que hacen los diablos.

La danza está enmarcada en cuatro pasos que hacen una cruz imperfecta. El primer paso que es el baile corrido (la entrada hacia el altar). Herrera explica que cuando entran a un altar deben hacer tres venias (saludos): una para el altar, otra para el dueño del altar y otra para los capataces que están en el momento. El diablo va buscando en su baile, hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, de burlar a Jesús en la Eucaristía.

El sol ya terminó de salir y ahora sí arde sobre los cuerpos ataviados del traje rojo. Una mujer amamanta de pie a un niño vestido de diablito. Otro niño de cuatro años baila cada vez que escucha el repique de la caja. Los fotógrafos se agolpan sobre la multitud. Los canales de televisión atraviesan sus cámaras en la parte de atrás de la iglesia.

Comienza la misa. Durante toda la liturgia los diablos permanecen afuera, en silencio, postrados. Asisten para escuchar la palabra de Dios y también para la juramentación de los nuevos diablos; en esta, cada nuevo promesero se dirige al sacerdote y le expresa las razones y el tiempo que pagara la promesa. Solo el primer capataz, la primera capataz y el cajero están en la puerta del templo.

“Este es mi Cuerpo que será entregado por ustedes….”, el sacerdote levanta la hostia al consagrarla y justo cuando termina de hablar el primer capataz que permanece arrodillado se persigna, sacude la maraca tres veces y le sigue la caja tres veces más. La lluvia de maracas del resto de los diablos impregna todo. Es el mal debilitado. “Esta es mi Sangre….”, el sacerdote levanta el cáliz. El primer capataz repite el ritual. Y cuando el padre termina ya Jesús se ha hecho corporal en medio de todos, un ser humano como nosotros. El capataz se levanta, se coloca la máscara colgada hacia abajo y comienza a bailar frenéticamente, todos los diablos atrás hacen lo mismo. El deseo y las pasiones se desatan. Un escalofrío se apodera del ambiente.

Llega el momento de la comunión. El tambor ha quedado en reposo y los diablos buenos comulgan. Le dan las gracias al Santísimo Sacramento, piden otro favor, o simplemente le rezan una oración.

—Ese es el momento más sagrado. Donde no debe haber ruido. Para nada. Para que haya esa conexión y el ángel guardián de cada uno se lleve la petición al reino de nuestro Señor Jesucristo —dice Herrera.

Los diablos creen en esto y han visto los frutos.

Por eso Mauricio tiene cincuenta y seis años caminando desde su pueblo hasta Yare, un trayecto de cuatro horas. Sale a las seis de la mañana y llega a las diez justo para el momento de la misa. Cuando era un muchacho tuvo una enfermedad y desde entonces decidió ofrecer su promesa de esta forma. Por eso Herrera también paga una promesa desde los siete años de edad, porque a los dos años convulsionó y su madre lo ofreció al Santísimo Sacramento del Altar.

El significado de las máscaras

Comienza a salir el Santísimo Sacramento del Altar, cubierto por el palio ‒una especie de toldo‒ y acompañado por todas las autoridades eclesiales. Afuera vuelan los papelillos sobre las cabezas de los feligreses. Los diablos danzantes avanzan para luego colocarse delante del Santísimo. Ahora frente a frente comienzan a danzar hacia atrás, pero sin moverse, este paso se llama escobillao.

Así van por todas las calles del pueblo, decoradas con altares en algunas casas. Todos se congregan en la Plaza de los Diablos Danzantes donde hay un mural y una cruz. Algunos bailan fuera de la comparsa gigante, otros aprovechan para hidratarse. El capataz se coloca más adelante atento a lo que sucede.

La máscara del primer capataz, que es la única que tiene cuatro cuernos, se está utilizando desde 1946. Fue Mauricio Sanoja quien quiso diferenciar el primer capataz de los demás, porque anteriormente eran tres cuernos y el cuerno del medio era más grande y veía hacia adelante. El segundo capataz utilizaba tres cuernos, pero el cuerno del medio veía hacia atrás. Sanoja murió con el apodo de “carnera” por haber sido el único en colocarse los cuatro cuernos que significan los cuatro puntos cardinales de la cruz.

Le siguen el segundo capataz, tercer capataz y arreadores, estos usan una máscara de tres cuernos, que significan la Santísima Trinidad: Padre, Hijo, Espíritu Santo. O los tres reinos: acuático, animal, vegetal. El resto de los promeseros rasos llevan una máscara de dos cuernos que significan dualismo y pensamiento de cada persona: el bien y el mal. También hay una capataz mujer, que organiza y dirige la participación de los diablos mujeres y ordena a los niños promeseros. Y el cajero, que se encarga de tocar la caja y acompañar a los bailarines, no utiliza máscara ni cencerros. Las máscaras colgadas al suelo son una demostración de que el bien una vez más ha triunfado sobre el mal.

Herrera asegura que la única cofradía que ha mantenido la misma técnica para hacer las máscaras son los Diablos de Yare. Primero hacen el molde. Después montan la máscara. Luego la sacan, la visten por dentro, hacen los cachos, pegan los cachos, las orejas y después es que viene la pintura. El proceso puede tardar quince o veintidós días, dependiendo del tamaño de la máscara. La técnica se la deben a Don Manuel Portero Moronta. Actualmente, Juan Morgado es el artista vivo más antiguo que lleva esta tradición. Sus máscaras han viajado a distintos lugares del mundo.

—Tiene una técnica con la que le da sombra, con un degradado en su pintura, por eso para mí es el mejor hacedor de máscaras, porque más allá de eso es una persona de mucha ética y mucho cuidado. Y hoy día le agradecemos todos los regaños que nos daba porque muchos de los que están ahorita pasaron por sus manos: “Aprieta bien el papel, dale bien la curva, rompe el papel…”. Todos esos detalles se los debemos a Juan Morgado, por esa razón este año es el homenajeado —explica.

Fortaleciendo el tejido social

En Yare los diablos tienen una casa que está llena de placas con reconocimientos, fotografías y varios murales de los personajes más emblemáticos que han aportado mucho a la tradición. En este lugar también está el taller de los primos que tienen 23 años de edad, de los cuales uno tiene quince y otro doce años haciendo máscaras.

No hay duda de que con las cofradías el pueblo se apropió del Corpus Christi. Lo llenaron de color, música y el valor humano de la palabra, encarnado en el cumplimiento de la promesa. Convirtieron una tradición que llegó impuesta en expresión liberadora, en un mundo marcado por la homogeneización.

Por eso los Diablos Danzantes no solo son una fiesta popular, sino un modo de relación que fortalece el tejido social de la comunidad. Herrera cuenta que ellos se han ocupado de la seguridad social del portador de la manifestación, “porque el problema de uno es el problema de todos”. Este año, por primera vez en toda la historia de los 269 años, hicieron 210 máscaras para los hermanos cofrades porque no podían cumplir su promesa al no tener recursos para hacer las máscaras.

Como junta directiva se han trazado una meta: garantizarles doscientos años de vida más a la manifestación.

—Nuestros ancestros no tenían los recursos que hoy día tenemos nosotros y lo hicieron bien porque nos dejaron la herencia. Nosotros los Diablos Danzantes de Yare somos la cofradía más grande del mundo y la más famosa. Comprobado por los Danzantes de Camuña y Sevilla en España. Comprobado por los Diablos de Perú, de Ecuador, Uruguay, Colombia, México. Comprobado por los Diablos Danzantes de Corpus Christi de Venezuela” —dice orgulloso.

—Para cada uno de nosotros es un momento importante, y nosotros esperamos estos días con anhelo y fervor. Nosotros los yarenses desde que estamos en el vientre de nuestra madre, estamos bailando diablo. Usted agarra a cualquier niño de Yare, de la edad que usted quiera y baila diablo. Esto nace con nosotros” —agrega.

El presidente de los diablos comparte que desde niño siempre ha tenido el anhelo de estar en el renglón de la jerarquía de los Diablos de Yare.

—Yo nunca pensé ser presidente de los Diablos, pese a que el primer presidente de los Diablos Danzantes de Yare que se llamó Luis Francisco Zamora fue mi bisabuelo, el segundo presidente de los Diablos que se llamó Pedro José Herrera, que duró por más de cuarenta y un años, fue mi abuelo.

En la casa de Ernesto Herrera tienen un altar. Hoy toda su familia está reunida allí, pero él está afuera hablándonos sobre la tradición. Es su compromiso moral y espiritual con el “Santísimo Sacramento del Altar, con los negros esclavos, con los indígenas, con los catires de orilla, con los ancestros, con la semilla, que es el relevo”.

Además, está enmarcado en el tercer elemento de la Unesco, que es el plan de salvaguarda de la declaratoria.

—Ustedes a partir de este momento están pasando a ser promeseros ad honorem de la manifestación de los Diablos Danzantes de Yare. Con lo que estamos hablando aquí estoy seguro de que a cualquier parte que lleguen van a defender la manifestación —asegura convencido.

Recuerda que tenía siete años cuando se fue a juramentar para poder ser parte de la manifestación. Cuando le tocó juramentarse estaba solo y el obispo hizo la pregunta que a todos les llega:

—¿Promete ser un diablo bueno?
—Lo juro —contestó el niño.
—¿Por cuánto tiempo? —prosiguió el prelado.
—De por vida —respondió Ernesto.

Notas
1 http://www.fundacionciev.com/diablos-danzantes-de-corpus-christi-la-eterna-guerra-del-bien-contra-el-mal/
2 Ibídem.

El trabajo de campo para esta crónica se realizó el #31Mayo en una visita a San Francisco de Yare, como parte de la primera #experienciasietealcubo en el marco de la exposición #DiABLANDO -Larga vida a los Diablos” en su edición 2018. Las fotos son cortesía de Gabi Valladares @gabipapusa directora de @sietealcubo

 

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