Raúl Cardozo, el miniaturista de El Calvario

Raúl Cardozo, el padre, pinta paisajes en cabezas de alfileres, granos de arroz, cáscaras de frutas y ha recreado escenas de la comunidad hatillana en piezas tridimensionales de pequeña escala. El ser creativo y divertirse con su oficio hace que la sonrisa nunca lo abandone. #RostrosDeElHatillo 2017
FOTO: Irama Gomez.
Audiogalería: Gerardo Álvarez


Si se googlea a Raúl Cardozo, artista plástico de El Hatillo, aparece un joven como de 30 años, con lentes, pelo y bigotes negros, barba al estilo Van Dyke, que crea piezas al estilo Pop Art, ese movimiento artístico que transforma lo cotidiano.

Con esa información tocamos el timbre de la casa-edificio de los Cardozo, a la entrada de El Calvario.  Alguien atiende a través de la reja:

—¿Viene al taller de Raúl?

—Sí.

—¡Raúúúúúl!

Y llega Raúl Cardozo, un hombre como de 60 y pico de años, sin lentes, el pelo y bigotes grises, sin barba, que crea piezas precursoras del Pop Art, transforma los objetos cotidianos.

¡Increíble lo desactualizado del perfil en Google!,  pero no es así.

“Aquí somos todos Raúl, mis dos hijos, Raúl Jesús y Jesús Raúl, diseñadores, artistas plásticos, y yo, Raúl Toribio, que me la paso inventando”, sonríe, lo que le da un aire amable, gentil.

Con su hablar pausado, aclara: “El que aparece en Google es Raúl, el mayor de mis hijos, a mí no me conoce nadie”, sonríe.

Precisamente, al que buscamos es a él, a Raúl, el viejo, el miniaturista, al desconocido, al fundador de esta dinastía de artistas.

Raúl nos conduce escalera arriba y al entrar a la casa número 5, una fragancia se apodera del  recién llegado, pero no es un aroma de Chanel. No se sabe si viene de un cuerpo o de la pulcritud del lugar, no hay jardín, pero una cierta alquimia debe producirse allí.  No en vano Yudis, la esposa de un Raúl y madre de los otros dos Raúles, trabaja con fragancias. Además de las que vende en frasco pequeño, se respira en el ambiente una que se desprende de la generosidad y afecto de los habitantes de esa casa, como es habitual en los pobladores de El Hatillo.

“Esta casa es pegajosa”, dice Raúl, padre, quien ha oído decirlo de visitantes.  Y sí, provoca quedarse allí entre tanto amor, cuido y dedicación que transmite cada detalle de aquel hogar.

Donde los Raúles Cardozo hay dos talleres: uno arriba, del padre, y, uno abajo, de los hijos. Entre los talleres, los espacios de Yudis: los domésticos, arreglados con esmero, con detalles femeninos.  “En eso no nos metemos”, dice Raúl, orgulloso por la dedicación de su esposa a la casa y a los tres hombres que la acompañan. No en vano, durante la entrevista, Raúl dice súbitamente, mirando a la nada, “es una belleza”, así sin sujeto. Al preguntarle por la belleza vista en su imaginación, responde: “Mi esposa. Con ella he estado casado por 35 años, más 13 de noviazgo”. Sonríe.

Raúl, padre, se define como “toero” y cuando se le pide precisión, indica: publicista (por mucho tiempo pintó letras para avisos), herrero, mecánico, carpintero, dibujante, pintor, alfarero, diseñador industrial, juguetero. Todo eso sin asistir nunca a escuelas o institutos, solo viendo lo que otros hacen, practicando e inventando.  Es un creador.

Eso se siente en su taller, una suerte de caja de Pandora donde van apareciendo sopletes, sierras, alicates, llaves maestras y cuanto instrumento pudiera servir para trabajar madera, alambre, hierro, arcilla, cartón, lo que tenga al alcance.  Allí  elabora rejas y muebles, arregla aparatos y crea piezas de arte, sobre todo, en miniatura, que él guarda en “el cajón de los recuerdos”: varias cajas identificadas ordenadamente desde donde extrae pequeñas obras que reconstruyen su memoria personal y parte de la de El Hatillo.

Raúl tiene la capacidad de arreglar piezas por intuición: “Yo resuelvo ‘cangrejos’,  la gente me trae motores, aparatos, que no sabe cómo arreglar y se los reparo”. Pero también, como un alquimista, transmuta los objetos.  “Yo tengo un don: veo las cosas antes de hacerlas, se me proyectan y las hago. Tengo celajes”.  Así, entre otras muchas cosas, a un tripoide de automóvil lo hizo campana, el trípode de una cámara fotográfica es su ayudante de albañilería y un viejo “gato” para cauchos de camiones es una sorprendente prensa hidráulica para trabajar metales.

Siempre ha sido curioso, no para de averiguar, de buscar. Hace como 40 años, fue a la plaza de los artistas en la avenida Casanova de Caracas y conoció a Oscar Espinoza, uno de los pocos miniaturistas venezolanos que quedaban de la escuela de Raúl Santana, ese artista que al principio del siglo XX plasmó en miniaturas –un arte medieval, casi en extinción– escenas de la vida caraqueña que hoy se exponen en el Museo Criollo del Ayuntamiento Capitalino. Con esas enseñanzas, Raúl pinta paisajes en cabezas de alfileres, granos de arroz, cáscaras de frutas y ha recreado escenas de la comunidad hatillana en piezas tridimensionales de pequeña escala.

Esos trabajos dejan ver a un Raúl detallista, minucioso, inquieto. “No puedo tener las manos tranquilas”, y pareciera que la mente tampoco.  Esa inquietud le viene de su padre, Luis Gabino Cardozo, agricultor, experto en hacer “chinas” para cazar pájaros, trompos de tapara (“de los mejores que había por su sonido”) y papagayos. “A él le gustaba inventar cosas. Además, era botánico: curaba el mal de ojo, mucha gente venía a consultarlo. Iba al jardín agarraba un sapo, le sacaba la piel y con eso curaba la erisipela. Muy bueno con las sobas. Recibía una vela por pago. A mí tampoco me gusta cobrar, nunca he vendido una pieza. Más adelante, papá fue barbero, de los primeros de El Hatillo y el último que afeitó a Bolívar –asegura Raúl con cierta malicia– y ante la sorpresa del entrevistador,  complementa: “…después aumentó a dos bolívares y después a tres”, acentuando la sonrisa como cada vez que dice algo que le gusta.

Luis Gabino Cardozo, padre y abuelo de estos Raúles, fue uno de los fundadores de El Calvario. La magnitud de la casa que legó a sus cinco hijos permitió transformarla en un holgado apartamento para cada uno de ellos en lo que puede ser un edificio que bautizó Mi Arbolito y yo. Raúl ha replicado esa construcción en una maqueta a escala, ensamblada, que permite ver el interior de cada apartamento con las decoraciones que reflejan las características de cada una de las cinco familias Cardozo que ocupan el edificio.

Su amor por El Calvario también lo llevó a crear una réplica, en arcilla, de la capilla del Nazareno en un antes y un después de la remodelación y es que el taller de Raúl, padre, es cálido, nostálgico.

Bajar la escalera del taller del padre no es solo dar un salto en el espacio sino en tiempo, al entrar en el de los hijos donde todo es tecnología: en ese recinto ellos imparten talleres para estudiantes de diseño y crean obras tipo Pop Art, ese movimiento que transforma los objetos cotidianos en arte; de alguna manera como también lo ha hecho, ingenuamente, sin saberlo, Raúl, padre.

Raúl, hijo, diseñador industrial y artista plástico que se abre camino en la escena plástica internacional, siendo muy niño fue inscrito por su padre en un taller de escultura y por su talento recibe el primer premio en una exposición de dibujo infantil en Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Raúl, hijo, reconoce que la imagen del abuelo “siempre inventando cosas” está en su memoria y lo compendia  así: “…el trabajo de papá es sobre recuerdos, son como cajas mentales donde él representa lo que vivió en miniatura, mientras yo trabajo temas actuales en gran formato”.

Por su parte, Jesús Raúl, el hijo menor, siempre quiso hacer algo profesionalmente que involucrara las manos, como Raúl, su hermano y Raúl, su padre. Es ilustrador apasionado del Street Art y el Toys Art.  Y como otro Jesús, diserta con palabra cierta, impregnada de entusiasmo por su oficio: “Papá hace hazañas de ingeniería, da soluciones creativas a problemas cotidianos, él ve lo pequeño para hacerlo grande, le busca la vuelta a las cosas”. Y conecta su obra con las del progenitor: “Papá pintó con pinceles, yo con latas”.

Yudys expresa orgullo por el marido “que vive haciendo cosas por allí” y por los hijos a quienes quería hacer militares. “Pero quizás yo misma lo eché a perder porque cuando no se querían levantar, les decía: ‘Los voy a mandar para el cuartel’, y cuando llegaron a la edad de mandarlos para allá, por supuesto, ninguno quiso ir”, se ríe.

Raúl aspira a hacer algo de lo que hacen sus hijos: dictar talleres a los niños y jóvenes de El Hatillo. Y aun cuando a manera de lamento, dice, “la tecnología me pasó por encima”,  tiene el poder del rey Midas de transformar objetos. Nada es igual después de pasar por sus manos. Ese ser creativo y divertido con su oficio, hace que la sonrisa nunca abandone a Raúl.

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