Mercedes Hernández de Silva, el sello de ser la primera

Hace 24 años se recibió como primera autoridad de una alcaldía sin recursos ni mobiliario. Mercedes Hernández de Silva buscó los muebles y las cortinas de su casa para armar ese primer despacho y desde ese entonces no paró de trabajar, solo por un breve paréntesis que le bajó el ritmo, obligada por dos aneurismas que la dejaron once días en coma. De allí se levantó fortalecida para narrar ella misma su historia. #RostrosDeElHatillo 2017
Audiogalería: Gerardo Álvarez

En el centro de la mesa donde se acumulan los recuerdos memorables, una joven mujer sonríe espléndida en uno de los días más felices de su vida. Es una novia pero no una novia cualquiera: está vestida de liqui liqui blanco, impecablemente maquillada y una orquídea le recoge parte del frondoso cabello. “Yo me casé de criollita”, dice Mercedes Hernández, quien hace 43 años se agregó el apellido Silva que hoy forma parte de su identidad pública construida a pulso.
Ella acomoda los retratos que la escoltan, sus dos hijas ataviadas de novias clásicas. De pronto vuelve a mirar complacida a aquella joven que es ella misma, quien le devuelve la sonrisa mejor que un espejo. La cabellera ya no es tan frondosa, pero luce impecable como el maquillaje que enmarca su rostro, ese que se ríe de la edad indefinida. La figura alta y estilizada recuerda su pasado de reina de belleza adolescente, un camino que dejó a medias para labrarse un nombre en una de las arenas más difíciles de conquistar para las mujeres: la política.
Por eso cuando Mercedes se refiere a sí misma en el verbo de su recuento aparece una y otra vez la palabra “primera”. La primera secretaria general del partido Copei en la zona; la primera concejal de El Hatillo cuando aún dependía del incipiente municipio Baruta; la primera mujer en ganar las elecciones internas del partido para postularse a un cargo público y la primera en ganar por votación popular el cargo de alcaldesa cuando El Hatillo estrenó su categoría como municipio.
“Me gradué en el 72 y me casé en el 74. Yo sabía que el trabajo político era de tiempo completo, igual que la vida de casada, pero me las ingenié para hacer ambas cosas”. Y en El Hatillo todo estaba por hacer. Llegó cuando aún era un pueblo sin definición político-territorial y se encontró con un ambiente rural, muy parecido al de su pueblo de origen, Charallave.
Mercedes era muy joven, pero ya llevaba en sus maletas una carta de presentación: a los 20 años se había estrenado como concejal de Charallave y, mientras culminaba sus estudios como abogada, trabajaba como vendedora de timbres fiscales en el entonces Ministerio de Hacienda.
Era la primera que llegaba y la última que se iba. Los cargos para las mujeres en la administración pública durante la década de los setenta estaban destinados a estar tras bastidores, pero Mercedes trabajaba doble: mientras nacían sus tres hijos y llevaba las riendas del hogar también contribuía en el génesis del municipio del cual sería su primera autoridad electa.
“Conozco cada etapa de la historia de El Hatillo porque trabajé muchísimo para lograr su autonomía. Fui concejal cuando aún formaba parte de Baruta, seguimos en la lucha cuando pasamos a (municipio) Sucre y en el año 93 me tocó el rol de armar una alcaldía de la nada, sin recursos porque no teníamos asignaciones y ni siquiera teníamos mobiliario”.
Por eso no fue extraño para su esposo llegar un día a casa y encontrar que faltaban las cortinas, las alfombras, una mesa y unas cuantas sillas. Mercedes metió en un carro lo que necesitaba y armó la oficina para despachar junto a su equipo. “Éramos la cola de los municipios porque no teníamos presupuesto, así que lo primero que hice fue un plan de administración para ver de dónde iba a sacar dinero”.
Su plan contemplaba varias formas de buscar recursos, por ejemplo, explotar el atractivo turístico que apenas era una posibilidad por lo que comenzó a entregar patentes de industria y comercio para generar los primeros ingresos que necesitaba el municipio. Luego trazó bien el mapa de lo que le correspondía administrar e inició el proceso para recuperar el Cementerio del Este para que esos impuestos entraran a las arcas municipales. Pero además de recaudar, ideó cómo podía ahorrar lo que conseguía. Su despacho se integró con personas que vivían en El Hatillo para que gastaran poco en transporte y comida, lo que automáticamente generó un sentido de pertenencia con el lugar en el que hacían vida y los representaba.
“Siento que esa estructura que hoy funciona, de alguna manera tiene mi sello. Aunque dejé la alcaldía hace más de 20 años, nunca he parado de trabajar por la comunidad”.
De esa etapa aprendió varias cosas: que un cargo público es un trabajo social, que con poco se puede hacer mucho y que el trabajo colaborativo es la única opción viable para hacer política. En sus recuerdos memorables guarda con afecto una foto significativa de un país que ahora se le hace ajeno: Mercedes de Silva abre el marco abrazando a un sonriente Aristóbulo Istúriz, junto a una muy joven Irene Sáez, y a su lado, Enrique Mendoza; los entonces alcaldes que representaban a El Hatillo, Libertador, Chacao y Sucre, parte del Consejo de Gobierno Metropolitano de Caracas.
“Ahora me parece increíble algo que es perfectamente lógico: los alcaldes nos reuníamos sin falta todas las semanas a trabajar, como debe ser”.
Hatillana por vocación
Hay apellidos que abren puertas, pero en su caso el nombre le basta y le sobra. Mercedes, la de los abuelos; Mercedes, la de Fundahatillo; Mercedes, la de Dama Antañona; Mercedes, la primera alcaldesa.
Con ese antecedente gira una instrucción sencilla para poder encontrarla: “Pregunta en el pueblo dónde queda la casa de los abuelos de Mercedes, ahí voy a estar”. Y da en el clavo gracias a la peculiaridad venezolana para dar direcciones. “Al lado de la cancha vas a encontrar a los abuelitos y seguro allí está Mercedes”, responde una vecina que se resguarda del calor bajo un árbol de la plaza Miranda de El Hatillo.
Es martes en la tarde. Bajo el sopor un grupo de abuelos juega una partida de dominó, otros ponen música y otros la bailan. Una fila corta espera para chequearse con el doctor Ivor, quien llena las fichas con números y datos de longevidad. A su lado, Mercedes viste deportiva porque al terminar las actividades con La Casa de los Abuelos –iniciativa que dirige como parte de su organización Fundahatillo– se irá a jugar su habitual partido de tenis de los martes y jueves.
Las señoras bromean y Mercedes ríe a carcajadas de las ocurrencias sin filtros de la tercera edad. “¿Verdad que tú me quieres, chica?”, y abraza a una que forma parte de los 220 abuelos inscritos en el club. “La gente dice ‘los viejitos de Mercedes’, pero los respeto mucho. Me molesta cuando quieren aprovecharse de ellos porque no son borregos, por eso los defiendo”.
De ese cariño cultivado recogió la cosecha cuando la vida le movió el piso. El 11 de marzo de 2016, Mercedes salía de una misa como homenaje por el Día de la Mujer y de pronto un fuerte dolor de cabeza le dio la primera y única señal de lo que venía: dos aneurismas y una neumonía le complicaron el camino que llevaba invicta sin entrar jamás a una sala de hospitalización.
Once días estuvo en terapia intensiva, bajo un coma inducido, sin movilidad y sin saber que estaba con la vida tenue en el hilo de un monitor. “Papá Dios me devolvió. Pero yo logré esto por toda la gente que rezó; estoy aquí de vuelta porque tengo mucho por hacer”.
Un pronóstico reservado se convirtió en el peregrinar de familiares y amigos, pero en especial de los abuelos del club que se encargaron de lo terrenal y lo sublime con el mismo énfasis. Durante esos 11 días, los abuelos alquilaron autobuses para ir a la clínica. Pero una de las señoras decidió bajar a pie desde el pueblo de El Hatillo y no se detuvo hasta que logró entrar a la mismísima terapia intensiva del Centro Médico Docente La Trinidad.
“Los doctores no podían creer cómo ella entró sin que nadie la viera. Llevaba una cajita con un jabón azul y una vela, y le dijo al doctor que el jabón era para que quienes me iban a atender se lavaran bien las manos y la vela era por si se iba la luz en el quirófano. Uno no tiene cómo agradecer eso”, dice Mercedes y sin notarlo baja el tono de voz para apagar la emoción del cercano episodio que hoy puede narrar.
Aunque no lo necesite como recuerdo, la marca de una cicatriz atraviesa parte de su cabeza. Ella retira con un dejo de coquetería el mechón de cabello que le cubre la frente y lo señala: “Me abrieron la cabeza, pero aquí estoy”. Con la certeza de quien no tiene tiempo que perder sonríe y pregunta si terminamos.
—Sí, por hoy.
—Maravilloso, me voy a cambiar los zapatos porque voy caminando a la asamblea de vecinos. Tenemos mucho trabajo, todavía hay mucho por hacer.

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