Ivor Ruiz, el doctor de los abuelos

Desde hace más de dos décadas, el “Doctor Ivor”, como todos lo llaman, se ha dedicado enteramente a su consulta de médico general en el Ambulatorio Jesús Regetti y a la atención de los abuelos en el Centro de Encuentro Hatillano. Allí lo reciben cada semana con aplausos. Él saluda, les da la mano, los abraza, les habla y lo más importante: escucha a todo aquel que tenga una dolencia. #RostrosDeElHatillo 2017
Audiogalería: Gerardo Álvarez

A las 2:00 de la tarde el sol pega de frente en el ambulatorio Jesús Reggeti de El Hatillo. El remodelado espacio desde hace una década se ve limpio y austero. Allí la consulta de Medicina General está a cargo del doctor Ivor Ruiz, quien atiende los lunes, miércoles y jueves de 1:00 a 5:00 de la tarde. La sala de espera a esta hora está vacía. Solo una pequeña fila de cinco mujeres con niños, que serán vacunados, está de pie frente al consultorio de Inmunología. En el ambulatorio se atienden varias especialidades como Odontología, Pediatría, Inmunizaciones y Emergencias, la cual funciona las 24 horas. También tienen Radiología y Laboratorio, pero se encuentran cerradas por falta de material.

El doctor Ivor, además de su consulta aquí, dedica los martes en la tarde a los abuelos de El Hatillo en el Centro de Encuentro Hatillano. A las 2:00 se presenta puntualmente allí y es recibido con un caluroso aplauso. Después del sonoro y entusiasta “Buenas tardes” que les dedica, se dirige a cada uno de los congregados en la larga fila de sillas, colocadas en dos hileras paralelas. Él saluda, les da la mano, a algunos más conocidos o con más confianza los abraza, se detiene a hablar con ellos. Todos allí (en este día martes 18 de abril hay cerca de 70 personas), se alegran con su presencia. En el Centro hay inscritos unos 300 abuelos. Los asistentes contestan “PRESENTE” al pasarles lista.

Este servicio comenzó en la Plaza Bolívar de El Hatillo y ahora su sede está ubicada a escasos metros del ambulatorio, en un galpón con estructura metálica que soporta un techo de zinc. Allí el doctor Ivor les pasa consulta abierta y a la vista de todos, a quienes lo solicitan. Les toma la tensión, les lee los resultados de los exámenes de laboratorio que se han hecho externamente; ve las placas de Rayos X que le llevan; les renueva los récipes para adquirir medicinas y lo más importante: los escucha con mucha atención. Ellos le cuentan sus dolencias y a veces sus alegrías, y él los escucha. Los diagnostica en el cuerpo, pero como un regalo de la devoción del médico reciben mucha de la bondad y la vocación que lo ha acompañado durante los 32 años de ejercicio profesional (cumplidos el 26 de abril pasado).

Desde el 1° de mayo de 1990 y durante estos últimos 25 años ha ejercido como médico general en el ambulatorio, y paralelamente y en especial a los abuelos de El Hatillo, desde hace casi 20 años. Es el mismo tiempo que tiene funcionando este centro de encuentro, que comenzó durante el gobierno de la alcaldesa Mercedes Silva y que ha sobrevivido a los siguientes mandatarios locales y a la situación del país, por la dedicación y empeño que ambos le siguen poniendo. Los abuelos están adscritos al programa de medicina, almuerzos, viajes turísticos, procesiones, carnavales, Dama Antañona, taichí, juegos de mesa. Pero lo más importante es la compañía que mutuamente se prestan. Un puñado de soledades que se acompañan por un par de horas, y que ha dado frutos porque hasta siete matrimonios han salido de allí.

En la consulta del ambulatorio se solían recibir cerca de 30 pacientes diarios, pero ahora ese número ha disminuido a cerca de 12 al día; y no porque no se enfermen, sino porque, según dice el doctor Ivor, “la gente vive para satisfacer primariamente sus necesidades fisiológicas, para madrugar desde las 4:00 o 5:00 de la mañana, para hacer cola y comprar alimentos y se olvida de cuidar su salud en forma preventiva”.

Graduado en la Escuela Luis Razzeti de la Universidad Central de Venezuela, este oriundo de Coro, estado Falcón, tenía claro desde muy joven que su inquietud por el servicio lo llevaría a estudiar Medicina. Cuenta que desde sus años de estudiante de primaria, organizaba con sus compañeros grupos para ayudar a solventar las necesidades de los menos favorecidos del colegio. Además de que en su familia había varios médicos, la labor social de su madre, a la cual ayudaba desde joven en los programas de Alianza para el Progreso y las lecturas que le recomendaba su padre, fueron claves para elegir esa profesión. Cuando la familia entera se traslada a Caracas, desde Coro, el futuro médico Ivor era un joven de 15 años que según dice “ya estaba decidido a lo que sería no solo su carrera, sino su vocación”.

Mientras cuenta de su infancia transcurrida junto a su madre, una docente pragmática y su heroína particular; con su padre, historiador y geógrafo, sus ojos pequeños, algo achinados, se vuelven nostálgicos. De ellos recibió principios y valores, los cuales siente ahora que muchas de las familias han perdido, pero que a él le han acompañado durante sus casi 63 años. “Yo soy el producto de dos seres humanos que amaban al ser humano”, dice con legítimo orgullo.

Su cabeza está poblada por una pelusa castaño oscuro y pareciera que todo el tiempo tuviera asentada en ella el soplo de una suave brisa, ya que su cabello se ve como erizado. Habla con absoluta claridad al decir que “el ser humano se enferma, porque él mismo le abre la posibilidad de enfermarse”. Su piel, de un tono moreno muy claro, lo confirma. El lleva en los brazos la marca del estrés que se manifiesta en la enfermedad que padece: la soriasis. Sonríe, sonríe mucho, y al hablar agita sus largas manos para darle más énfasis a las palabras. Su aspecto remite a la definición de lo que sería un hombre bonachón, con un cuerpo grande, vestido sin el protocolo de un galeno, sino simplemente con su camisa azul a rayas, pantalón negro y zapatos cómodos de goma. Esa sencillez no es obstáculo para transmitir el firme compromiso que tiene con la labor que hace. “Dime tú que hiciste por el otro”, es el lema que aplica a diario. Dice el doctor Ivor: “El paciente necesita que el médico lo atienda y lo entienda. Hay que enseñarle a la comunidad a cuidarse.”

Fiel con ese pensamiento solía dictar charlas de autoestima, participaba en jornadas de despistaje de enfermedades metabólicas, de hipertensión y de calidad de vida, con la ayuda de psicólogos, psiquiatras y hasta sacerdotes. Se usaba el teatro como medio de ayuda para aumentar la autoestima. En una oportunidad se montó la obra El Principito, con escolares de primaria. Todo esto con base en los estudios que hizo junto al psicólogo Dr. Manuel Barroso, constructor de la autoestima y del desarrollo de la capacidad transformadora de ella en la persona, la familia y, por ende, la comunidad. Así como a las investigaciones hechas sobre inmunopsicología. Lamenta que desde hace cuatro años esos programas ya no se llevan a cabo, por falta de financiamiento.

Ahora, su cotidianidad se ha volcado al ejercicio profesional y a su labor en la Casa de los Abuelos de El Hatillo, algo que se ha convertido en su devoción. Se confiesa casado emocionalmente con ellos. Para él, trabajar con los abuelos es la columna vertebral de su actividad. Oír a una de las abuelas decir que “el doctor es una gran persona, para un pueblo grande”, lo hace sentirse agradecido y bendito por ello. Ambos se han identificado con la necesidad de servir y de ser asistido. En estos momentos enfrenta con optimismo la inminente jubilación, y confiesa que está gestando junto a otros profesionales un proyecto fundacional para la atención primaria y preventiva, que le enseñe al paciente a mejorar su calidad de vida.

En sus tiempos de médico recién graduado, hizo la rural en el Amazonas y con posterioridad trabajó en los servicios médicos del Distrito Sucre, en el barrio La Dolorita de Petare, con el proyecto de las clínicas móviles. En esa época recorría ese barrio y todos los alrededores sin temor.  “Hay que formar al médico sanitarista, el que esté en conjunción con la comunidad”, insiste. Un científico con estrecha relación con lo humano. “El paciente está urgido de una medicina humana. Ha aprendido que para tratar al paciente, lo humano debe prevalecer sobre lo científico”, dice.

El doctor se confiesa como un ferviente creyente católico, que recita de memoria la oración de Santa Teresa de Ávila: Nada te turbe; nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta. “La parte religiosa y la fe ayudan a tener mejor salud”, asegura.

En el ambulatorio hay, para sorpresa de muchos, un pequeño salón que dice en su puerta: Oratorio. Está allí puesto –luego de vencer la reticencia de algunos y con el estímulo del doctor, para significar como él dice: “El cuerpo humano necesita sanarse en concordancia con el espíritu”– un pequeño altar. En las paredes hay cuadros con las imágenes de varias advocaciones de la Virgen –Coromoto, El Valle, Fátima–, un Corazón de Jesús y otras imágenes más. No puede faltar la figura del Dr. José Gregorio Hernández. Este pequeño salón confirma que El Hatillo es un pueblo religioso, apegado a sus tradiciones, por su pasado de receptor de inmigrantes canarios y portugueses.

El doctor Ivor se siente bendecido por el agradecimiento transparente que le han dado todos los habitantes de El Hatillo, los dirigentes de todas las comunidades y los representantes de las Cámaras. Metería en su maleta de fin de mundo, un rosario, sus recuerdos, los valores aprendidos de sus padres, y a una niña que crió y protegió como a una hija. Suficiente, no necesitaría más.

Han transcurrido tres horas, al salir de la reunión todavía es posible sentir toda la luminosidad de la tarde. Un sol brillante le da en el rostro al guardián de los abuelos y nos saluda, al igual que a las cuatro enfermeras que con cariño despiden al médico. Entre ellas una que dijo muy temprano al llegar al ambulatorio: “Él es el Dr. José Gregorio Hernández de El Hatillo”. Amén.

 

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