Se alza el mito

Hugo Chávez gobernó durante 14 años, efusivo y a contrarreloj, desoyendo los consejos médicos. Diez días de funeral necesitaron los venezolanos para despedirlo. Luego de descartar que su cuerpo fuera embalsamado, trasladaron sus restos al Museo Militar, donde ahora reposan. Millones de seguidores lo aclaman como el santo bolivariano. Otros, quieren borrar su imagen para siempre. Y mientras, se levanta un mito, un culto religioso. Esta crónica de Liza López y Melanie Pérez se publica también en la www.revistaanfibia.com. Nuestro cronista y fotógrafo Marco Bello acompaña el texto con estas imágenes tomadas en los días de velorio en Los Próceres.

Un perro corre delante de la caravana fúnebre. Encadenados a la televisión, viendo pasar el desfile militar que rinde honores póstumos a Hugo Chávez, los venezolanos fijan su atención en el animal. Es blanco con manchas negras, peludo y de patas cortas. Nadie sabe de dónde salió, pero después de un largo trecho, un efectivo militar lo sube a su moto y lo ayuda a culminar el recorrido hasta el Cuartel de la Montaña, sitio donde descansarán los restos de Hugo Chávez, al menos, por ahora.
Después de la travesía, la Guardia Nacional adoptó como mascota al perro escolta que corrió desde Los Próceres, donde estaba la capilla ardiente. Le puso el nombre de Nevado, como el perro que acompañó a Simón Bolívar en su lucha por la independencia de Venezuela.
Es viernes y en Caracas nadie trabaja porque decretaron día no laborable. Tras nueve días expuesto en capilla ardiente en la Academia Militar, el féretro del Presidente Chávez recorrerá 18 kilómetros bajo el sol desde el sur de la ciudad hasta las entrañas del popular barrio 23 de Enero en el noroeste, donde el antiguo Museo Militar fue acondicionado para la ocasión y rebautizado como el Cuartel de la Montaña. Aún no se sabe si ésta será la última parada del largo recorrido de los restos del comandante. ¿Dónde descansará para siempre?
Durante la transmisión de los honores militares y el traslado del féretro todo es solemne, el pueblo chavista vive su dolor detrás de las barricadas. Miles y miles de personas, siempre vestidas de rojo, forman una fila kilométrica y abultada en las riberas de la autopista, por donde está pasando el cortejo. Los escoltas uniformados que lo acompañan lanzan claveles blancos y papelillos  sobre la carroza fúnebre. Muchos de los que se concentraron frente a la vía para darle otro adiós al presidente vuelven a llorar, como lo han hecho en la última semana. Luego se secan las lágrimas y gritan las consignas que musicalizan el nuevo mito.
—Es el único presidente que se ha ocupado de los pobres, de los que vivimos en los cerros, en ranchos de cartón —dice una señora con los ojos hinchados de tanto dolor ante las cámaras de la cadena televisiva— ¡Chávez, aquí estamos tus hijos para defender la revolución! ¡Chávez no murió, su multiplicó!

El ciempiés se impacienta

Al llegar al Museo Militar, situado en la cima de una colina con vista al palacio presidencial y al emblemático 23 de enero (parroquia donde solía votar Chávez y hábitat de una veintena de colectivos izquierdistas), cargan la urna hasta el sitio donde ahora reposan sus restos inmortales, como los califica Nicolás Maduro, a quien el presidente designó como su sucesor justo antes de ser operado por última vez en diciembre pasado.
Colocan el féretro dentro de un sarcófago de granito gris, soportado por el monumento con forma de orquídea –la flor nacional- especialmente diseñado por el famoso arquitecto venezolano Fruto Vivas: la flor de los cuatro elementos (agua, aire, tierra y fuego), rodeada por una fuente de agua cristalina. Luego sellan herméticamente la tumba. Sobre la lápida frontal se lee: Comandante supremo de la revolución bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, 28-07-1954 +05-03-2013.
El mausoleo de granito rojo, verde y gris se construyó en tiempo récord en el mismo lugar donde Chávez se refugió cuando lideró el fallido golpe de Estado el 4 de febrero de 1992. Desde hoy, este Cuartel de la Montaña se ha convertido en un lugar de peregrinaje. El horario de visitas fue restringido a siete horas diarias y los asistentes tienen prohibido acercarse y tomar fotografías. Custodiado por la imagen de Simón Bolívar y cuatro soldados vestidos de húsares, éste será su lugar de descanso provisional.
Han pasado diez días desde que salió del Hospital Militar, donde fue declarada su muerte. Las filas infinitas de personas que quieren visitar los restos del presidente son tan largas como las que comenzaron a formarse aquel miércoles 6 de marzo, cuando el ataúd fue llevado a la capilla ardiente en Los Próceres.

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La travesía empezó temprano en el oeste de la Capital. En esta época del año, el sol de Caracas arde más y provoca piquiña en la piel. Ya son casi las dos de la tarde y se supone que el féretro está por pasar por esta esquina, aunque nadie ve nada. En el epicentro de una masa compacta de gente a punto de ebullición, una mujer repite como un disco rallado la misma frase cada treinta segundos.
—No hay paso, te dije. No puedes entrar aquí porque te van a devolver. Busca otra entrada, aquí ya no cabe más nadie.
Desde que anunciaron que falleció Hugo Chávez, ayer 5 de marzo, a las cinco de la tarde, cientos, miles de seguidores se agruparon a las afueras del Hospital Militar, para acompañar a su presidente cuando saliera en la urna hacia la capilla ardiente de la Academia Militar, situada a ocho kilómetros de distancia, a ocho horas a pie. Marchan lento. Algunos lloran, otros van hablando más distendidos. Son muchos, demasiados.
—¡Allá viene! —grita una niña desde algún lugar
— Sí, mira, allá viene una gente caminando. Seguro ya lo traen.
Los de adelante, los de atrás y los de al lado comienzan a retorcerse como si hubiera pasado un ratón entre sus pies, y se siente tan apretado, que toca alzar el cuello para respirar mejor.
—Ayyyyyyyy. Ayyyy, no puede ser. Mi presidente. Chávez, te amo tanto. Te amoooooo.
Un hombre empieza a cantar. Solo. Como si supiera que no hace falta mucho para que el resto se sume.
—¡Chávez vive, la lucha sigue!
Y los de al lado:
—¡Chávez vive, la lucha sigue!
Y la frase, Chávez vive, la lucha sigue, se va transformando en un mantra que cubre la procesión. Chávez vive, la lucha sigue, Chávez vive, la lucha sigue. Cada vez más fuerte, Chávez vive, la lucha sigue, estentóreo, Chávez vive, la lucha sigue, Chávez vive, la lucha sigue.
La señora se seca las lágrimas mientras grita el verso y se transforma. Retoma a su hijo en brazos, lo alza frente a la calle donde se supone pasará en unos minutos el presidente, y grita eufórica.
—¡Chávez no ha muerto! Chávez vive aquí, en nuestros corazones. ¡Chávez vive, carajo, la lucha sigue!
Pero no se distinguen los puntos cardinales. Ni las calles que se bifurcan frente a este semáforo que dejó de titilar hace rato. Sólo se vislumbran frentes y cueros cabelludos oscuros, muchos cubiertos con bandanas y gorras rojas. Banderas de Venezuela, de Cuba. Pancartas con el rostro del comandante. El luto en este lugar no viste de negro sino de escarlata. De rojo, como siempre han vestido las concentraciones chavistas. De rojo rojito, como se le dice coloquialmente en Venezuela al atuendo oficialista.
El Chavez vive, la lucha sigue se va acallando de a poco. Han pasado tres horas desde el primer “allá viene” y nada.
—¡Ahora sí, allá viene! –grita alguien de nuevo.
La masa vuelve a estrujarse y una chica grita desesperada que se ahoga, que no empujen, que no puede respirar, que no empujen, que auxilio.
—¡¡¡Cháaaaaaaveeeeeez!!! ¡¡Chávez, aquí está tu pueblo que te ama!!- dice una señora casi afónica al ver, a menos de tres metros la urna posada sobre el techo de un carro fúnebre.
El vicepresidente Nicolás Maduro encabeza el cortejo a pie. El féretro está cubierto con una gran bandera tricolor, varios banderines con distintas consignas, flores, gorras rojas, franelas rojas.
El coro vuelve a crecer, el mantra es otro: Con Chávez y Maduro, el pueblo está seguro.
Cada quien busca un espacio entre la muchedumbre para seguir al cortejo fúnebre junto a los demás: cientos, miles, que vienen caminando desde el Hospital Militar desde hace cinco horas, bajo el sol que ya se esconde detrás del Paseo Los Próceres.

Marco Bello velorio chavez 1

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Aylin es diminuta. Es mediodía en el patio de honor de la Academia Militar de Venezuela, el alma mater del presidente Hugo Chávez donde ahora velan su cuerpo sin vida. Dentro de la capilla ardiente 54 delegaciones internacionales y 32 jefes de Estado rinden honores al presidente muerto.
Afuera, engullida por la multitud, casi sin poder respirar, Aylin se aferra a la espalda de un soldado que fracasó en el intento de organizar la cola de los cientos de miles de seguidores que vienen a despedirse del Presidente.
—Sácame de aquí —le ruega.
Aunque postergaron por siete días más el velatorio, la gente se mantiene en las filas, a cielo abierto, bajo el sol picante. Pasan hasta treinta horas de cola para ver al presidente por segundos. Los mandatarios y delegaciones internacionales que asisten al funeral oficial tendrán chance de verlo por más tiempo. Unos minutos nada más, pues en gran parte del acto la urna se mantendrá cerrada y cubierta con la bandera amarillo azul y rojo.
Detrás del féretro, a tiro de cámara, doña Elena de Chávez, su madre, encabeza el cuadro familiar. Junto a ella, las hijas de Chávez: Rosinés (15 años), Rosa Virginia y su esposo el ahora vicepresidente, Jorge Arreaza. Cerca permanece el hermano mayor del presidente y gobernador de Barinas, su estado natal, Adán Chávez. El padre y esposo de doña Elena aparece sólo a ratos, pues está convaleciente. María Gabriela Chávez, la otra hija, se disculpó más tarde por no haber asistido. Estaba agotada, dijo por Twitter.
Del otro lado, también en primera fila, están los presidentes de Cuba, Irán, Bielorrusia, Chile y Bolivia. Lukashenko ha traído a su hijo, un preadolescente de cabello muy rubio que luce entre aterrado y afligido mientras acompaña a su padre a hacer la guardia de honor durante un minuto junto al féretro de Chávez. Les toca el turno junto al Presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad quien al finalizar besa la urna y empuña el brazo izquierdo en señal de lucha. Días después sería criticado en su país por aproximarse a Doña Elena, quien se deshizo en sollozos en su hombro: la demostración pública de afecto entre hombres y mujeres es vista como adulterio en la cultura islámica.
Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores también permanecen frente al ataúd. Rostros compungidos, cinta tricolor en el antebrazo izquierdo. La cámara se detiene en Rafael Correa, presidente de Ecuador, quien sigue la letra del himno nacional venezolano con vehemencia, de memoria. La Orquesta Sinfónica dirigida por Gustavo Dudamel hace vibrar las notas de la canción patria y el ambiente se hace solemne a pesar del sopor de esta tarde caliente de marzo en el caribe.
Sean Penn, el actor estadounidense amigo de Chávez se enjuga el sudor en un pañuelo. También ha venido su compatriota el pastor bautista Jesse Jackson quien ofreció unas palabras de aliento en el púlpito. Sacerdotes, deportistas, cantantes, personajes de la farándula local, todos han venido a despedirse.

El Presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, le dio un emotivo adiós al presidente en el funeral oficial
Cuatro kilómetros más lejos, donde comienza la cola de gente, Maritza Rondón y sus tres hijos también han venido a decir adiós, pero les toca esperar pacientes. Ella viste una franela roja sin logo de alguna institución oficial, y sus hijos se pusieron para la ocasión unas franelas blancas que ellos mismos pintaron a mano con las frases “Chávez, defenderemos tu legado” (la de 14 años), “Soy un chavito, por siempre” (el de 7), “Chávez, te amo” (la de 6). No vienen de muy lejos. Viven en Bello Monte, una urbanización caraqueña habitada mayormente por opositores. Por escuálidos, como le dicen a los que no comulgan con esta revolución.
—Hoy me puse con orgullo mi franela roja. Mis vecinos me insultaron, pero no me importó. Llevo tres días llorando por él, mis hijos también. Pero él sigue vivo entre nosotros porque nos dejó un gran amor en nuestra familia. Lo quiero como a un padre, como a un hermano.
Tiene tanto que agradecerle, dice Maritza, porque Chávez le dio a cada uno de sus hijos una computadora, buena merienda en la escuela, a ella le dio una pensión de sobreviviente cuando su esposo murió hace dos años.
—Lo mataron para quitarle el carro, pero nunca culpamos a nuestro comandante presidente por la violencia, delincuencia. Mi esposo también era chavista, cien por ciento.
—Le pedí a mamá que me trajera- interrumpe la hija mayor- Porque quiero verlo, nunca lo vi en vida. Quiero a Chávez porque hizo muchas cosas buenas. No se merecía morir ahorita porque le quedaba mucho por hacer.
Al terminar esta frase, sus ojos comienzan a inundarse. Los de su madre se desbordan y los que están a su lado en la fila hacen pucheros y enseguida entontan la consigna del momento.
—Chávez sigue, la lucha sigue.
Al mismo tiempo pasa un hombre bordeando la fila y comienza a gritar otro verso muy distinto.
—Cotufaaaasss (palomitas de maíz) a diez. Lleve las cotuuuufaaaassss.

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Sería inocente pensar que el sepelio de Chávez concluirá tras los siete días de duelo
nacional decretados por el ahora Presidente encargado, Nicolás Maduro Moros. Desde que se conoció la noticia de su muerte, sus seguidores no han parado de movilizarse desde todo el país hacia la capilla ardiente ubicada en Caracas.
Este, el cuarto de un presidente venezolano en ejercicio, no es un duelo normal. No sólo se trata de la muerte de un presidente en ejercicio que venía de ganar las últimas elecciones con el 55% de los votos, sino de un hombre que en vida hizo todo lo necesario para construirse una epopeya que resistiera los embates de la muerte. Helo aquí, figura omnipresente: hace más de una semana que no respira y en el país sigue sin hablarse de otra cosa.
—Chávez logró entronizarse como el gran héroe nacional del siglo XXI- afirma Leoncio Barrios, psicólogo social, académico y profesor jubilado de la Universidad Central de Venezuela.
Ganó tres elecciones presidenciales, un referendo revocatorio, una elección para aprobar la enmienda constitucional que le daría la reelección indefinida y una relegitimación de poderes. Sus aliados obtuvieron la mayoría en todas las elecciones regionales, municipales y parroquiales efectuadas en el país bajo sus catorce años de gobierno. No era raro ver en las carreteras hacia el interior del país vallas con imágenes gigantescas del hiperconocido rostro de Chávez acompañando a algún candidato al gobierno de esa localidad.
Su único revés electoral ocurrió en 2007. Era el primer intento por enmendar la constitución con el planteamiento de la reelección. La opción del NO obtuvo 50,7% sobre el 49,29% que SI quería el cambio en el texto. Un Chávez visiblemente consternado aceptó los resultados, no sin antes referirse a ellos como “una victoria de mierda de la oposición”. Pura emoción desbordada.
Sus demostraciones públicas de afecto también eran desmedidas. Abrazaba, besaba, piropeaba, serenateaba, regañaba en cadena nacional a sus ministros luego de preguntarles cómo avanzaba la salud de algún familiar que tuvieran enfermos.

Como ocurrió, por citar uno de tantos episodios de regaño público y televisado, el 10 de Febrero 2008, durante la transmisión de su famoso programa dominical Aló Presidente desde Barinas, su estado natal. Ese día, le dio un jalón de orejas a uno de sus hombres de mayor confianza, Elías Jaua, cuando era ministro de Agricultura y Tierras (dos años después lo nombró vicepresidente y en enero pasado fue designado canciller).
— Señor ministro, ¿cómo es que usted permite esto? ¿Qué nos falta? ¿Un poquito de voluntad política? Aquí, a cinco kilómetros de la capital de Barinas, donde hay carreteras asfaltadas, sistemas de riego, energía eléctrica, todavía esta revolución permite que haya tierras ociosas. ¿Tendré que venirme yo mismo a tomar estas tierras para dársela a los productores que quieran trabajar? ¿No hay ejército, aquí? ¿Dónde está la alcaldía, la gobernación, las autoridades, el Instituto de Tierras regional? Lo que quiero con esa reflexión dura es que cada quien cumpla con su tarea, por encima de lo que sea.
Uno de sus últimos regaños fue el 20 de octubre del año pasado, días después de haber sido reelecto en las presidenciales. Durante una reunión televisada con su gabinete ministerial, disparó la pregunta. Se le notaba muy molesto.
—¿Dónde está la comuna? ¿Acaso la comuna es sólo para el ministerio? Voy a tener que eliminar ese ministerio. ¿Saben por qué? Porque hemos asumido que el problema de las comunas es de un solo ministerio, y ese es un gravísimo error que seguimos cometiendo. ¿Ah, Farruco (Sesto)? (ministro para la Transformación de Caracas). No lo cometamos más, Nicolás (Maduro). Nicolás, te encomiendo esto como te encomendaría mi vida. ¿Será que seguiré clamando en el desierto por cosas como éstas?”.
Su memoria prodigiosa acompañaba ese carisma que nadie duda y tantos extrañan. Hoy, ese amor que despertó entre sus más fieles desborda las calles de la ciudad que desembocan en su féretro, y el odio que generó al otro lado del espectro, sorpresivamente, también supo declinar ante el dolor.

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Iris Blanco no asistió a las exequias para despedir a Hugo Chávez. Ni asistirá. Ha visto, por tandas, los actos funerarios por televisión. Quizás vaya después, dice, cuando lo trasladen al museo militar del Cuartel de La Montaña, situado en las cercanías del barrio donde ella creció: el popular del 23 de Enero. Quizás aproveche de ir con su hermano, quien le comentó que lo visitará luego de que trasladen el féretro. Porque hasta que no lo vea en persona, no se lo cree.
Se mudó del 23 cuando era joven. Estudió, trabajó y se superó. Ahora vive en su apartamento en una urbanización acomodada del este de Caracas. Pero en su currículum sobresale una astilla: figura entre los 18 mil empleados despedidos por orden de Chávez de Petróleos de Venezuela en aquel recordado enero de 2003, cuando gran parte del país, incluyendo a la petrolera, se fue a paro nacional. La despidieron estando hospitalizada por un accidente cerebro vascular. A sus dos hermanos, también empleados de PDVSA, los despidieron en ese entonces. Y como ella, son opositores. Y como muchas familias, hacen un esfuerzo inmenso por evitar que el tema político los divida.
—Cuando me enteré que murió me dio escalofrío. También me dio sentimiento, porque la muerte duele. Nunca voté por él. Siempre me pareció un narcisista, pero ahora pienso que lo que viene es peor —cuenta Iris Blanco, viuda y madre de una niña de 12 años.
La mitad de su familia es chavista. Cuenta que hace mucho tiempo, les pidió que no hablaran de política “para no salir peleados”.
—Rezo todos los días, soy devota de la Virgen de El valle, y pido que logremos convivir entre nosotros. No entiendo por qué tanto resentimiento social. Yo vengo del barrio, del 23 de Enero, y no siento ese odio que sé que muchos allá sienten.
La abuela de Iris, que tiene 101 años, lo primero que dijo cuando supo que Chávez murió fue que Dios se lo llevó y que por algo sería. Cuando se acercaban las presidenciales del 7 de octubre (de 2012), todos en su familia pensaban que a su abuela se le había olvidado la fecha. Pero se levantó ese día y pidió su cédula para ir a votar (la tenía una de las hijas chavista de la doñita, pues es quien le cobra su pensión).

—Por fin pudo recuperar su cédula y entonces mi tío la llevó al centro de votación. Cuando llegó, todos la aplaudieron y al salir, mi abuela gritó “Hay un camino” (el eslogan de campaña de Henrique Capriles, el entonces contrincante de Chávez y ahora de Maduro).
Fueron casos puntuales, pero hubo celebraciones por la muerte. A través de las redes sociales circularon fotografías desde Miami de las primeras manifestaciones de euforia de antichavistas, que festejaron con botellas de champagne. También se escucharon en explosiones dispersas de cohetones en algunos barrios del este de Caracas, principal bastión de la oposición. En las redes sociales ha circulado cualquier cantidad de insultos desde cada bando. No hay escapatoria en Internet: la polarización se ha manifestado en su lado más oscuro.
—Si hay algo universalmente reconocido es que los muertos tienen que ser respetados. No hay ninguna cultura en el mundo ni en la historia que no lo haga. Un muerto es sagrado y eso es clave para entender lo que está pasando y va a pasar en Venezuela —dice el psicólogo social, académico y jubilado de la Universidad Central de Venezuela Leoncio Barrios.
En el Caribe más creyente no sólo se recuerda a los muertos con una fotografía o llevándole flores al cementerio, sino que se les erigen altares caseros donde se encienden velas y se les ofrendan sus bebidas favoritas.

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—Las tazas (con la foto de Chávez impresa). Lleve la taza. Los brazaletes (con la bandera tricolor, símbolo del luto presidencial). ¡Los brazaletes! —grita el vendedor ambulante.
Es el cuarto día del velorio. Cada vez hay menos gente y más vendedores. Ya las colas no son de treinta horas, sino de cinco o seis. Las siete filas que se fundían en un embudo el miércoles, primer día del funeral en Los Próceres, se convirtieron en dos larguísimas filas organizadas. Una para el público general y otra para ancianos y personas con discapacidad. Todos, felices esperando, dentro de la tristeza que ahora descargan cantando el repertorio de más de veinte canciones que el chavismo ha grabado en CD para sus distintas campañas electorales (lo venden a diez bolívares en la vía a la capilla ardiente y lo regalan en tiempos de campaña). “Chávez, corazón del pueblooooooo”, dice el coro de una de esas tantas melodías.

"Corazón de mi pueblo"
Las distintas etapas del duelo que tanto han estudiado los psicólogos se han sucedieron vertiginosamente. Se pasó de la negación, del dolor, de la aceptación, a la acción en menos de un día. En menos de unas horas, porque enseguida, apenas sus fieles seguidores comenzaron a enterarse, el llanto se fue transformando en motivación para defender la revolución. La consigna del momento así lo refleja: Chávez vive, la lucha sigue.
—No estamos enterrando a Chávez, sino a la oposición. ¡Nojoda! —exclama un entusiasta al ver a unos reporteros extranjeros sacar un micrófono ante la fila más larga. ¡Qué viva Chávez! ¡Yo soy Chávez, todos somos Chávez!
Detrás de los monolitos donde están las estatuas de los próceres venezolanos, colocaron unas barreras para organizar las filas. Apoyada en una de las rejas está Leila Zambrano, de 49 años y madre de seis hijos entre 12 y 26 años. Viste una batola de su etnia indígena wayúu, la etnia más numerosa de Venezuela, cuyas comunidades habitan en el estado Zulia, en la frontera occidental del país. Hace once años se mudó desde la Goajira hasta Caracas con sus hijos para buscar trabajo. Lo consiguió como conserje en un edifico ubicado muy cerca de Los Próceres, en la avenida Panteón, también muy cerca del panteón nacional, donde la mayor parte de los chavistas claman para que entierren al presidente (allí están los restos del Libertador Simón Bolívar).
—Antes de Chávez, no sabíamos quiénes eran nuestros presidentes. Ahora conocemos que existe una patria que se llama Venezuela. Estábamos aislados. Mis hijos ahora tienen una beca para estudiar. Poco a poco logramos salir adelante.
Ella y sus hijos han intentado ya tres veces entrar a la capilla ardiente. El primer día se le bajó la tensión y tuvieron que sacarla cargada. El segundo día calculaban quince horas de cola. Hoy tampoco podrán; ya es de noche y la cola sigue muy larga. Vendrán de nuevo mañana.
—Le quiero decir que lo quiero mucho. Que lo amo. Que tengo mucho dolor —se le tuerce la voz, tartamudea, llora desconsoladamente, respira hondo y continúa- Se nos fue su cuerpo, pero su corazón está en nosotros. Vamos a luchar por él, por nuestros proyectos socialistas. Yo nunca estudié, pero yo aprendí muchas cosas gracias a él. Donde quiera que esté, siempre le voy a pedir para que mi familia esté mejor. Vamos a apoyar a Maduro, pero si no hace lo que propuso el presidente, entonces nosotros mismos lo vamos a reclamar. Ahora tenemos voz para hablar.
Muy cerca de donde está plantada Leila, otra fila más corta avanza con los viejitos y personas en muletas y sillas de rueda que quieren darle el adiós al presidente.
Reinaldo Gámez, un joven de 25 años en silla de ruedas, Viajó desde lejos, desde Falcón, un estado que queda al occidente de la costa venezolana, a unas siete horas de Caracas en bus. Tiene su pensión por discapacidad y por eso, también, quiere agradecerle al presidente. Pero, sobre todo, dice que vino a pedirle a Chávez que le cure la pierna.
La idolatría de muchos chavistas en ocasiones termina de manera trágica. Una semana después de conocerse que falleció el presidente, apareció un joven, de 21 años, ahorcado en su cocina, en un sector humilde del estado Zulia, la región fronteriza con Colombia al oeste del país. Vestía una franela roja con la frase “Yo soy Chávez”. Lo encontró su esposa, quien dijo que estaba sumamente deprimido desde que supo sobre la muerte de su líder, y que en esos días, sólo salía de casa a comprar licor.

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—¡Chávez pal panteón junto a Simón!
Ésta es la segunda consigna del momento. La gritan desde el día en que llevaron el cuerpo de Hugo Chávez desde el Hospital Militar hasta la capilla ardiente. La gritan sin cesar. Y aunque ya Maduro anunció que este viernes trasladarán al presidente al Museo Militar, la gente continúa clamando para que lo lleven “pal panteón”.
Hace dos años, el gobierno inició la construcción de un mausoleo en honor a Simón Bolívar en los 2.300 metros cuadrados aledaños al viejo Panteón Nacional, una ex iglesia neoclásica del siglo XVIII.
Todos los aspectos que rodean el proyecto parecen desmesurados, 17 pisos de altura, 2 mil 900 toneladas de acero, 140 millones de dólares aproximados en inversión y una escultura de 14 metros de altura forjada en acero cortén para homenajear a Manuela Sáenz llamado la “Rosa Roja de Paita”. En su momento no faltó quien afirmara que Hugo Chávez estaba edificando su propia tumba. Y ahora, sus seguidores piden a gritos que los restos del “nuevo Bolívar” se muden desde el Museo Militar en el populoso barrio 23 de enero hacia el histórico Panteón Nacional anexo al mausoleo.
La constitución venezolana establece que deben transcurrir 25 años para que una figura prominente tenga el honor de descansar para siempre en el Panteón. Pero en treinta días habrá una elección presidencial en Venezuela y no se descarta aprovechar la fecha y la movilización para hacer un referéndum que permita modificar la constitución a favor de que el cuerpo de Hugo Chávez acompañe para siempre los restos de Bolívar.

Velorio en Academia Militar. 8 de marzo 2013
A los dos días del deceso, Nicolás Maduro anunció que Chávez sería embalsamado, como Lenin, Stalin, Mao, Evita o Kim II Sun. El día del traslado al Cuartel de la Montaña, el Ministro de Comunicaciones informó que una comisión de expertos embalsamadores rusos había recomendado trasladar el cuerpo durante siete meses a tierras soviéticas para efectuar el procedimiento. Ni modo. Chávez se queda en casa, al menos hasta que resuelvan dónde va a reposar el cuerpo, si al lado de Simón Bolívar o debajo de un samán frondoso en su Barinas natal, como era su voluntad.
Un cuerpo no enterrado es otro de los elementos claves en la conformación colectiva de la imagen del héroe. Una vida heroica no sólo enfrenta desafíos y traiciones, sino una muerte misteriosa, ocurrida a menudo en la cima de una colina y con frecuencia tiene uno o más sepulcros sagrados.
No hay necesidad de subirse a la ola de rumores que siguen rodeando las circunstancias de la muerte de Hugo Chávez. Los más recientes ponen en duda desde la fecha y el lugar de fallecimiento hasta sus últimas palabras. “No me quiero morir”, le habría dicho al jefe de su guardia presidencial José Ornella. También se dice que hay tres Chávez dignos de ocupar un espacio en el museo de cera de Madame Toussand. Lo cierto es que cuando el año pasado, el cáncer volvió a atacar con fuerza, el presidente, aferrado a un Cristo de plata exclamó en una liturgia de Semana Santa oficiada por su recuperación: “Dame tu corona, Cristo. Dámela que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, que yo las llevo, pero dame vida. No me lleves todavía, dame tus espinas, dame tu sangre, que yo estoy dispuesto a llevarla pero con vida, Cristo, mi señor. Amén”.
Sus seguidores insisten en que por cumplir sus compromisos con el pueblo descuidó su salud. Era común escuchar historias de Chávez llamando a sus ministros a las cuatro de la madrugada para girar alguna instrucción. Que fumaba de manera compulsiva. Que tomaba café cada cinco minutos. Nunca, en catorce años, se conoció que tomara vacaciones.
Este hálito de sacrificio que lo rodeó toda su vida, aunado a su lucha contra un enemigo apolítico que lo habitaba atacándolo desde adentro y la presencia del elemento religioso extremado durante la enfermedad con la celebración de ritos -católicos, evangélicos, yorubas, chamánicos- lo situó ante las puertas del mito. La muerte se las abrió de par en par.
—Lo que estamos viendo estos días es la construcción acelerada del mito a partir de la muerte y del profundo conocimiento de la psicología del venezolano que tiene su maquinaria política -dijo la antropóloga Michelle Asencio en un programa radial.
—Tenemos más de veinte años entronizándolo en el imaginario colectivo. Su sobreexposición televisiva, su carisma, su cara en las camisas, en las gorras, el disfraz para carnaval, la figura de acción para los niños hasta llegar al cenit de la identificación con él a través de la consigna “Yo soy Chávez”-señala el psicólogo social, Leoncio Barrios.
Para el analista, la muerte y las ceremonias fúnebres de Chávez son una oportunidad extraordinaria para los venezolanos de comprender procesos inéditos y quizá, con algo de apertura, tratar de entenderse a sí mismos y las consecuencias de una tradición mítica muy poderosa heredada de su mestizaje: la cultura indígena tiene mitos para explicar casi todos los fenómenos del mundo, los esclavos africanos introdujeron la religión Yoruba al nuevo mundo y los españoles trajeron al catolicismo en barco.
Pero esta terapia colectiva tendrá que esperar. La carrera por la presidencia ya arrancó con el símbolo endiosado de Chávez pendiendo sobre las cabezas de más de treinta millones de habitantes.
El asunto con los mitos es que, a diferencia de los héroes, son intocables. Un héroe puede cometer errores y resquebrajar su imagen en medio de la travesía, pero no un personaje con un aura como en el que se ha convertido Chávez. Es intocable e infalible. No existe en términos físicos pero permanece en ese territorio difuso llamado “más allá”, en ese lugar de la psique que trasciende a la razón.
El destino de los héroes es pasar con gloria y quedarse en ella convertidos en un mito a partir de una muerte trágica, en acción, en batalla y en pleno esplendor de su popularidad. Chávez ganó las elecciones el 7 de octubre con 55% de los votos, con un poco más de 8 millones de votos. Henrique Capriles, su principal contendor, obtuvo 44% y más de 6.5 millones de votos. A pesar de que el país ha estado polarizado en dos mitades separadas por un margen muy estrecho, el chavismo sigue arropando, como un halo omnipresente, gran parte de la vida cotidiana de los venezolanos.

Es tan poderoso ese apego a la figura de Chávez, que incluso con el presidente ausente en esos días de convalecencia en Cuba, su fuerza crecía entre sus seguidores. Según la encuestadora Datanálisis, una semana antes de su muerte, tras dos meses de estar en territorio cubano y sin que los venezolanos pudieran verle o escuchar su voz, su popularidad se elevó hasta el 68% de aprobación.
Por eso resulta difícil creer en la tesis de que el chavismo se desinflará sin su comandante vivo. Porque los mitos no cesan. Al menos no en lo inmediato. Sus dinámicas son cíclicas pero no se acaban, perduran como herencia cultural y reviven en determinadas circunstancias con la misma fuerza con la que se erigieron.
El psicólogo social Leoncio Barrios trata de resumir lo que vive el país en dos frases: lo peor que le ha pasado al gobierno fue que Chávez se muriera, y lo peor que le ha pasado a la oposición fue que Chávez se muriera. Ambos sectores políticos tendrán ahora que convivir con un Chávez revestido por la fuerza del mito, “despojado de todas sus determinaciones terrenales”, resalta la antropóloga Michelle Ascencio.
Desde hace años la figura de cerámica de Chávez estaba expuesta en los altares domésticos junto a figuras religiosas venezolanas como Maria Lionza o José Gregorio Hernández. Un busto pequeño del comandante fallecido cuesta 40 dólares en las tiendas de souvenirs.
Para aquellos que han asociado la pasión chavista con un fenómeno similar a la adoración de un Dios, la antropóloga aclara que no se trata de una religión sino de un culto religioso basado en el culto a la personalidad. Por eso no le extrañaría enterarse pronto de algún “milagro” atribuido a Hugo Chávez.
El proceso psicológico de identificación adquiere mucha fuerza a partir del componente emocional que actúa desde el corazón y tiene una fuerza difícil combatir.
La única forma de romper con ese círculo, es desconectar esa emocionalidad y conectarla a otra emocionalidad igual de poderosa –explica Barrios- con discursos racionales sobre los errores que cometió el presidente. Es imposible lograrlo. La desconexión con Chávez sólo podría ocurrir porque aparezca otra fuerza emotiva que logre conquistar a los venezolanos de la misma forma.
Con el mito de Hugo Chávez podría ocurrir, con el tiempo, señalan los especialistas, un fenómeno similar al de Ernesto Che Guevara, quien a pesar de sus planteamientos políticos, ideológicos y económicos, en la actualidad tiene más fuerza como estrella pop que como figura política.
Como ha ocurrido con el Che, el fenómeno de Chávez se ha convertido en una estrategia de mercadeo político. No hace falta que estampen el rostro del presidente venezolano. Basta con sus ojos, como ha podido verse en miles de franelas entre sus seguidores. Sus ojos, esa mirada omnipresente, son hoy un símbolo de la revolución chavista. Ese gran ícono, el mito que se alza, el hombre museo o el nuevo Cristo redentor de los pobres, como lo ha llamado recientemente su sucesor, Nicolás Maduro. El primer día del velorio, ya los vendedores ambulantes estaban ofertando franelas con los rostros del trío de moda en estos días en Venezuela: Cristo, Bolívar y Chávez.
A un costado de la Academia Militar y muy lejos de donde se ubicaron los vendedores ambulantes de franelas con las figuras del trío simbólico, una fila corta avanza rápidamente. Casi en trote. Son las personas que ya vienen de salida. Acaban de ver a Chávez acostado en su urna.
—Lo vi. Estaba vestido con un uniforme militar, una boina roja —comenta una chica nerviosa— No era como en la tele. Se lo veía hinchado. Ahora tengo esa imagen incrustada en la cabeza. Habría preferido no verlo.

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