La Boda de Aleafar

Rafaela Baroni celebró hace poco su boda número treinta y dos en medio de un festival de la arepa que ella organiza cada año. La boda, por supuesto, estuvo a la altura de la pintora, de la tallista, de la poetisa, de la cantante. Sus amigos y admiradores volvieron a vivir una de esas experiencias de realismo mágico propias de las novelas suramericanas. Ésta es la crónica del día de Aleafar contada por alguien que también quiso ser su prometido.
Foto: Carlos Ancheta.

Hace un poquito más de dos años, Sergio Marcano, Carlos Ancheta y yo agarramos un autobús para Valera, vía a Betijoque, para asistir a la boda de Rafaela Baroni. Sin duda alguna, la boda más singular que hayamos visto: la novia de setenta y tres, el novio de treinta y ocho y todo un evento en aquel pueblo de los andes venezolanos. Entrevistamos a la novia en la víspera de su matrimonio y nos contó de sus amores desde los quince hasta los que tiene ahora. Ese día, el de los enamorados del 2009, con la filmación de “La boda de las flores” -como Rafaela la llamó- iniciamos Aleafar, cuentista de amor y muertes, un documental sobre esta artista.

Aquella fue una boda real, como la de William y Kate, en el sentido de la realidad: un juez de la República los declaró marido y mujer y un sacerdote bendijo la unión en nombre de Dios. Pera esa boda tenía un glamour, por supuesto, un concepto diferente al de la nobleza del reino unido. En mi crónica de ese entonces dije que fue unos de los más días más conmovedores de mi vida, por la hermosura, la locura, la irreverencia que presencié. Además de las imágenes en nuestras memorias y en la cámara, Sergio, Carlos y yo regresamos con unas piedras, no en los zapatos, sino en los bolsillos, pintadas por la novia como recuerdo imperecedero de la consagración de aquel amor.  Amor que duró poco, pero quedaron las piedras y el sabor de la irreverencia.

Pasados dos años envié a Carlos, a Sergio y a una productora del proyecto, un correo que tenía como Asunto: loquera. Y no era para menos: se trataba de una invitación para asistir a una boda, otra de Rafaela, pero esta vez convertida en Aleafar, la performista, que dramatizaría su matrimonio número treinta y dos con un novio que escogería entre los asistentes a la ceremonia. Todo dentro de un Festival de la Arepa que ella organiza anualmente.

La invitación advertía: Saldremos al día siguiente de Caracas a Valera en autobús (nueve horas, como mínimo), de allí a Betijoque (cuarenta y cinco minutos) y de allí a Sabana de Mendoza (cuarenta y cinco de minutos), filmar (unas cinco horas) y regresar, esa misma noche, a Caracas (otras nueve horas, como mínimo).

Iríamos sin espacio ni tiempo para descansar y, por supuesto, sin pago a nadie.  Apenas, yo asumiría los costos del viaje.  Solo una gente loca, guerrera, enamorada del proyecto, podría entusiasmarle semejante convite.

Como que si fuera poco, sería un viaje en un país donde las lluvias de los últimos tiempos han desdibujado las carreteras y uno puede saber dónde y cuándo comenzar el periplo pero nada con respecto a lo que te vas a encontrar después de la primera curva y mucho menos cuándo vas a llegar al destino previsto. Todo una aventura, como titulé el correo: ¡una loquera!

A pesar de haber invitado a tres, yo estaba casi seguro de que al otro día me iría triste y solo al terminal y entendiendo que los panas, por más panas que sean, tienen límites. Pero insólito entre lo insólito: todos me dijeron que si, de una, y yo fui el que quedé loco con las respuestas.

Sin embargo, debido a que la amiga a última hora se complicó, y como que si estuviéramos predestinados: Sergio Marcano, Carlos Ancheta y yo volvimos, como hace dos años, a tomar el autobús vía a Valera para filmar una boda de Rafaela, esta vez de Aleafar.

El viaje fue peor que lo previsto: un recorrido Caracas-Valera que ya era largo con nueve horas de chiquichiquichiquichá en un autobús, ¡se hizo de trece!   Con tal retraso, apenas tuvimos tiempo para un pastelito andino en el terminal, un café, una lavada de cara en el sucio baño que llaman sanitario en los sitios de carretera y taxi corra pa’lla, ¡la novia nos va a dejar!

Camino a Sabana de Mendoza el carro no pudo pasar. El puente se está cayendo, dijo el guardia nacional. Podíamos pasarlo caminando. Eso sí, bien agarrados de los andamios por si acaso colapsaba con el peso de unos pocos transeúntes, al menos al agua no cayéramos. Moriríamos de golpe y porrazo pero ahogados, ¡nunca!  Fue un éxito y un susto que no olvidaré. Una buseta nos esperó al otro lado del río y nos condujo a los galpones donde el núcleo de una universidad le rendía homenaje a Rafaela  Baroni, organizándole un festival de la arepa que por décadas ella ha organizado.

Decenas de paquetes de harina precocida, coloridos recipientes plásticos y estudiantes junto con una que otra profe, estaban distribuidos en kioscos por facultades o semestres -yo no entendí-  pero cada quien trabajaba por su lado y en competencia con el otro: objetivo hacer la mejor arepa. Criterio para la mejor: vaya usted a saber. Rafaela, como jueza única, decidiría. 

Cada kiosco tenía pancartas colgantes con valores que quiere promover la nueva educación venezolana: solidaridad, respeto, compromiso, responsabilidad… y debajo de la carpa, además de las arepas, se cocía un sancochito, se asaba una parrillita,  se servía un whiskicito (18 años, me enfatizaba un tipo empeñado en que yo bebiera y yo que no, gracias) o unas cervercitas (a escondidas de Rafaela porque a ella no le gusta que se beba licor en sus eventos). 

Rafaela, cual novia pero aún no vestida como tal, iba de kiosco en kiosco modelando cómo hacer la tales arepas y todos quedaban maravillados, no de lo que hacía sino de lo que decía. De lo que dijo me aprendí una frase que me pareció sabia: “siempre que usted haga un oficio: barra, pase lampazo, lave ropa, haga arepas, limpie el gallinero, cante. Siempre cante porque así las cosas le quedan mejor”.  Acto seguido, Rafaela cantó y la gente fascinada, esperando que las cosas quedaran mejor.

Cuando ya unas cuantas arepas con auyama, otras con anís y ají dulce, otras con huevo, con avena, con cuanto ingrediente encontraron en Mercal, estuvieron listas y probadas, Rafaela desapareció por un rato para volver en un jeep descapotado con un gran lazo blanco en el capó y cintas que volaban en el viento. 

De allí descendió Rafaela luciendo una joya de vestido –creado y cosido por la novia misma- que ninguno de los diseñadores de trajes para el Miss Venezuela, así se volaran los sesos, podrán crear porque les falta candor: Blanco con apliques de rosas rosadas, pedrería diseminada en mangas y falda, hasta los tobillos, con un velo que se desprendía de una corona con los mismos bordados que el vestido y una piedra roja en el centro que parecía iba a disparar rayos catódicos como E.T.  Muchas piedras, todas proporcionalmente colocadas. Pero lo mejor estaba debajo de la falda y parte baja de aquel ser: unos zapatos forrados en canutillo, cristales blancos y bordados con hilos de plata, ¡la real joya de la corona! Hay que verlos porque toda descripción será pobre.

La futura desposada entró al galpón de brazo del conductor del jeep: un bombero (eso lo supe después) amigo de una de las estudiantes, con sombrero pelo ‘e guama y jeans. Poco glamoroso para la ocasión.  Le precedían dos niñas vestidas de traje típico y tres damas de honor, con faldas largas: una en amarillo, otra en azul y la tercera en rojo. Todas con cayenas y estrellas en el pelo.  ¡El propio pabellón nacional!

El novio, elegantisímo –con lo cual dejó ver que no había sido escogido tan al azar- esperaba al lado del improvisado altar (una de las mesas en donde minutos antes se hacían arepas pero ahora cubierta con mantel blanco de tela), dos sillas de plástico dispuestas para los desposados y detrás de la mesa, un micrófono que era algo así como la imagen de un Cristo flaco, largo, metálico, no crucificado. 

Yo veía aquello y pensaba en Kate y William, en la abadía de Westminster, en las tomas de las cámaras de la BBC, en el glamour de la nobleza y en lo lejos que estamos.  Más cuando la cámara del Sergio, el camarógrafo del documental, colocado detrás de la mesa-altar, lo que posiblemente estaba captando en primer plano era la espalda voluminosa, las nalgas groseras, o la barriga ofensiva cuando volteaba, de un camarógrafo local que estuvo atravesado todo el tiempo mientras la novia se desplazaba hacia el altar. 

Quisieron poner la marcha nupcial de Mendelssohn pero lo que se escuchaba era el Danubio Azul de Strauss. De hecho, por allí cerca estaba la cubierta del CD: valses para quinceañeras. Equivocaron la celebración y la edad de la homenajeada.

Cuando el matrimonio iba a ser consagrado con un cruce de aros también confeccionados por la novia, ocurrió un incidente: un joven negro, y evidentemente entrenado en teatro, hizo saber, a todo leco, que se oponía a aquella unión porque la novia era la mujer de sus sueños y él moriría de dolor.  Rafaela, acostumbrada a cualquier impertinencia en el amor, sin perturbarse, le ripostó:

Pues lo lamento. A pesar de que a mí me gustan los negros y jóvenes como usted, llegó tarde, ya me caso con este señor con el que estoy prometida.

Acto seguido, otros estudiantes, haciendo de guardias de seguridad, desalojaron al impertinente que, no crean, trataba de zafarse a la fuerza y hacer realidad su sueño.

La novia y yo respiramos con tranquilidad y la boda logró celebrarse.

Yugledy Castillo, el coplerito de los Andes, con sus 12 años, fue el invitado especial para amenizar la tarde. Cantó un buen rato a grito herido seguido de aplausos de la concurrencia.  El último número, Llorando por tu amor, fue dedicado a la novia quien lloró al final y cargó al niño con lo cual pasó a parecerse a la virgen María.

El evento concluyó con la picada de la torta nupcial, en este caso, y como tenía que ser en aquel evento: una gran arepa plana, planísima, del tamaño de una pizza familiar –todo un engendro- bañada de queso blanco rayado y más dura que la vida en matrimonio.  Los novios la cortaron a duras penas y repartieron pedazos como hostias entre quienes se atrevieron a probarla. Menos mal que mejores arepas habían sido degustadas esa tarde.

La “hora loca” de aquella fiesta fue para celebrar no a los novios sino a los premiados por la arepa más gustosa, la más grande, la más creativa. Por premio los ganadores recibieron jarras de cervezas y las pancartas promoviendo los nuevos valores sociales que colgaban de los kioscos se vinieron abajo.

También se vinieron abajo el saco y la corbata que por poco me sofocan en aquel rol de novio por encargo que me había asignado Rafaela y yo había aceptado en complicidad. 

Tal para cual, dijo Carlos, en el momento que le di el beso nupcial a la novia con los ojos cerrados.

Cuando el “perreo” y el reguetón invadieron el lugar, no los novios, sino el trío de caraqueños, huimos hacia el terminal de buses de Valera esta vez sin piedras en los bolsillos sino en los zapatos de tanto andar detrás de Rafaela, al derecho, o Aleafar, al revés.

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