Huellas dactilares o leer dejando huellas

Ecos del exilio español en Colombia

“…You read me like a book”, Bob Dylan, Tangled up in blue

Me gusta buscar en las librerías de “viejo” (que ahora empiezan sabiamente a llamarse de “libros leídos”), libros que tengan marcas en la “piel”, libros que hayan sido efectivamente leídos e intervenidos de alguna manera por sus lectores. Me gusta encontrar dedicatorias, comentarios de pie de páginas, dibujos, teléfonos de cinco o seis números, direcciones que ya no existen, nombre extranjeros impronunciables, rezos. Me fascina encontrar dentro de los libros: recortes de periódicos, fórmulas médicas, recibos sin pagar, estampillas, billetes, plegarias. Soy un fetichista (como el personaje del relato de Michel Tournier del mismo nombre). Me dedico a coleccionar esas citas intra-inter-extra textuales que traen los libros “usados-leídos”. Vivo de ese calor ajeno. De esas sensaciones casi extinguidas que duermen escondidas en los pasadizos de las memorias extinguidas. Hay algo de Bernhard y Bolaño en mi vida…

En una de mis incursiones recientes, llegué a la librería Valverrivia cerca de la Universidad Nacional de Colombia (de un gran lector y amante de los libros, todo un Don Juan de los libros), y después de algunas pesquisas encontré un libro de cuentos del exilado español Clemente Airó, titulado Viento de romance. Cinco cuentos de una sola historia. Airó fue el fundador de la Editorial Espiral y de la Revista del mismo nombre, por allá por los años cuarenta y cincuenta. Airó, escritor, crítico de arte y quizá el responsable de una fugaz, única y recóndita visita del gran poeta Luís Cernuda a Bogotá en el ardiente año 1948 (no es casual que uno de los epígrafes del libro sea de Cernuda: “no decía palabras/ acercaba tan solo un cuerpo interrogante/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe/ una hoja cuya rama no existe/ un mundo cuyo cielo no existe”). Pero no hablaré de Airó ni se su libro sino de las huellas dactilares que habitan esas páginas amarillas de 1947.

En mi ejemplar incunable (cada uno de mis tesoros es necesariamente incunable) hay una dedicatoria, una firma con sello, un tiquete de metro de Paris de 1942 (en plena ocupación nazi), una dirección en Barcelona y un nombre. La dedicatoria dice así: “Al excelente padre Dr. Pérez Arbelaez, con toda la amistad de Clemente Airó, Bogotá, Junio de 1947”. Se refiere Airó al padre Jesuita Enrique Pérez Arbelaez, un gran pionero de la botánica en Colombia. Quizá el padre Arbelaez, por sus múltiples ocupaciones científicas, no tuvo tiempo de leer en ese año 1947 el libro de Airó, pero el año siguiente en medio del 9 de abril, podemos imaginarlo, leyendo esos cuentos en alguna buhardilla temporal… Daría para una película de Fritz Lang, digamos Secreto detrás de la puerta

También yo le he dejado mis huellas a Airó, al principio y al final, echando lápiz. Quizá con el tiempo, mi biblioteca personal se convierta en un museo permanente. Un museo hecho de estas pequeñas reliquias que sólo tienen sentido dentro de sus libros-canguro. Pequeños detalles cotidianos que quedaron amarrados a su tiempo en un libro, como en un capítulo de la serie La dimensión desconocida

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