A los lugares predilectos no hay que volver

Este es el texto -uno de los más hermosos que hemos publicado- con el que esta gran cronista argentina inauguró la sección Tarjeta de Embarque (hoy Álbum de Viajes) de la Marcapasos en papel. Un recorrido por ocho de los sitios distinguidos en su memoria como los favoritos de sus viajes por el mundo. Son sobre todo rincones de Asia. Peregrina experimentada, tiene un principio irreductible: la única forma de mantener esos sitios intactos en el recuerdo es no visitarlos nunca más de una vez

Siempre es mejor no regresar.
Aquella playa, aquel amanecer tomando ron hasta morirnos, aquel muelle, aquella cueva, aquel barco y aquel mar, aquella trocha, aquel abismo con selva y el sudor, aquel valle dorado allá en Mendoza, aquella nieve pequeñita, aquellos arrecifes, aquella luna de abril y las antípodas, aquella moto –y el viento y el camino– y aquel verano en Nueva York. Y aquel puente con lluvia.
Allí se quedan. Porque esos sitios ya no existen.
Alguna vez volví a calles y mercados, a barcos y ciudades, y vi que aquella playa de Brasil no era (nunca fue) lo que hubo en mi memoria: un sitio blanco y enorme y muy desierto. Y vi que aquel mercado de Indonesia no era (nunca fue) lo que creí durante años: un sitio con aves fabulosas y jaulas con murciélagos gigantes.
La mejor forma que conozco de viajar es irme. Y no volver.

Parque Nacional Tayrona (Colombia)
Era una carpa para uno, y fuimos dos. Llegamos hasta allí después de atravesar una selva menor y kilómetros de playa. Teníamos hambre y sed y poca plata. El alquiler de la carpa nos costó dos dólares y el techo estaba roto, de modo que podíamos ver directo las estrellas. Dormíamos a cinco metros del mar y, salvo eso, no teníamos nada: ni sacos de dormir ni provisiones ni miedo ni zozobra. Y no recuerdo la incomodidad sino las rocas hundiendo la cabeza entre las olas y la deliciosa austeridad y aquella caminata por la selva y tu susurro –“Una coral, estás pisando una coral”– y la víbora escurriéndose entre mis sandalias y las risas nerviosas. Nos bañábamos al atardecer entre las rocas lacias. Te gustaba el ruido de los cocos ametrallando el piso, y a mí los cocos me daban miedo.

Bangkok (Tailandia)
Bangkok me gusta hasta en sus hemorragias –de tránsito y de gente, de gritos y rufianes, de smog–, pero me gusta, sobre todo, en Chatuchak. Chatuchak es el mercado más grande de Bangkok y allí se vende y se compra un de todo bastante literal. Camisetas, juguetes, guacamayos, ciempiés y escolopendras, mariposas, arañas, escorpiones, arawanas de Malasia y, claro, peces betta. Los betta son pequeños y agresivos: cuando el macho ve a otro de su especie se apronta para matar y en Asia la riñas de bettas se propician, mueven fortunas en apuestas. En Chatuchak, en peceras separadas por cartones para que convenientemente no se vean, los betta flotan en paz hasta que un comprador se acerca y el dueño de la tienda levanta el cartoncito, y entonces los machos se descubren: y se encienden hermosos, duros como diablos.

Parque Nacional Islas Similan (Tailandia)
Las islas Similan son nueve, férreo parque nacional en el mar de Andamán, costa oeste de Tailandia, selva severa y brutos arrecifes, las aguas lindas y celestes. La única de las islas donde se puede comer, dormir, pasar algunos días, es Ko Miang: kilómetro de largo, dos playas entrañables pequeñitas: cien metros cada una, como mucho. Un comedero que cierra a las ocho de la noche, y unos carteles que avisan que, en caso de tsunami, hay que trepar a esa montaña: a esa. No hay agua caliente ni demasiada luz, pero a cambio hay águilas y orquídeas, ardillas voladoras y vampiros grandes como mantas. Y, sobre todo, el mar. El mar de aquella noche. La playa sin luna y el run run de los barcos de buceo: los gritos de júbilo de los buceadores cuando al fin subían. Y después tus gritos. Tu linterna en el agua rompiendo la oscuridad a chorros. Esas cosas vi. Cosas que extrañaré toda la vida.

Manado (Sulawesi, Indonesia)
La isla se llama Sulawesi, forma parte del archipiélago de las Célebes, y Manado está allí, muy al norte. Cuando llegué sé que llovía, que el hotel tenía un olor a mierdas y que el puerto era de sublime pestilencia. Pero las guías machacaban: allí, en alguna parte, estaban los jardines marinos magníficos del mundo. Diez dólares por día cobraban por su barco dos pescadores cuyos nombres no supe. Tengo recuerdos vagos: que nos deslizábamos por un mar que tomaba del azul su santo nombre, que los delfines nos seguían como torpedos suaves. Que cuando el barco se detuvo había un reverbero extraño allá en lo hondo: que el sol arrancaba bocanadas de amarrillo. Y que después me hundí (el agua era tan fría) y que miré y que todo lo que allí se movía era hermoso. Todo lo que latía y estaba vivo: hermoso. Que en el mercado del puerto, después, los chicos se tumbaban en el piso para espiar bajo mi falda y me decían “Míster, míster”. Y sé que había dejado de llover, pero en mi memoria allí nunca ha llovido.

Bali (Indonesia)
Aquí vi todo por primera vez: un templo con monos azulados, terrazas de arroz mejores que en las fotos, procesiones con mucho tachín para los dioses, la boca de un volcán, los peces venenosos en un barco hundido. Tulambén en la costa, Ubud en las colinas, Amed y sus corales. Mujeres con los brazos color de la manteca. Bali es un lugar común, la viva postal del exotismo: me gusta tanto.

Banjarmasin (Indonesia)
Banjarmasin queda al sur de Kalimantan, el sector indonesio de la isla de Borneo, y no tiene mar pero tiene dos ríos: Barito y Martapura. Llegué en un avión rechoncho que saltaba al ritmo con que las luces de la cabina se encendían y se apagaban, y el viaje del aeropuerto a la ciudad no fue mejor: el taxista no entendía la palabra hotel. En el Mentari –veintisiete dólares la suite presidencial– había un refrigerador lleno de hongos, una cama dura y mucho ruido: de las cañerías brotaba un sucundúm de discoteca que provenía de la precisamente ídem, en el sexto piso. Pero más me acuerdo de Tailah. Banjarmasin es una ciudad acanalada, y en esos canales está la vida: casas, mezquitas, los mercados. Tailah vendía un paseo por todas esas cosas. Su bote era un trozo de algo que a veces no se hundía, y en los canales los chicos desnudos se arrojaban sobre esas aguas tóxicas al grito de orang asem –hombre blanco– y Tailah sonreía y fumaba. Cuando la noche vino sobre el mundo sólo quedó la luz de los cigarros. Ser viajero es sobre todo tener fe: en que mañana hay otro día. En que la vida no termina acá. En que Tailah es bueno y nos lleva de regreso al hotel, y no a la muerte. Pero mientras, fumemos. Miremos las aguas. Las mezquitas.

Gili Meno (Indonesia)
¿Entonces el mundo podía ser así? ¿Coral rojo sobre arena fina? ¿Una cabaña de madera, una isla sin luz, sin agua dulce, el mar y su siseo? Sufrí cuando me iba.

Mae Sai-Tachilek (norte de Tailandia-Myanmar)
Las fronteras tienen el olor del entusiasmo, del comienzo y el fin de alguna cosa. Y siempre, en todas las fronteras, hay una ciudad que prospera y otra que se jode. Allá donde Tailandia se junta con Myanmar, la que se jode es Tachilek. Myanmar es un país difícil, padeciendo dictadura militar desde los años ochenta, y lo que en Mae Sai es comercio pujante y hormigueo, en Tachilek es mundo detenido. Calles que a veces son asfalto, escuelas grises y el cemento a lo bruto militar: achaparrado. Hay por ahí una pagoda, un mercado donde señoras de las tribus de montaña hacen la compra y por el que milicos se pasean a puro rifle, vestidos de fajina. Aquel día un lagarto varano luchaba por salir del cautiverio en que un tipo lo tenía muy encajado: un cepo de madera, una trampa tortuosa y ajustada. Allí tuve –otra vez– sueños salvajes: sueños de quedarme y no volver.

Mae Salong (Tailandia)
A Mae Salong, el norte de Tailandia, se llega después de dos horas de verde camino de montaña: muy verde, muy camino, muy montaña. La ciudad fue creada por y para los refugiados del KMT (el partido nacionalista chino) y la influencia es evidente: hay farolitos chinos, adornos chinos y, claro, muchos chinos. La zona, rodeada de plantaciones de amapola, era un problema para el gobierno tailandés, hasta que tuvieron la brutal idea: llevaron adelante un plan de reemplazo de cultivo, incentivaron a los pobladores a plantar el té, y ahora lo que más hay en Mae Salong no es opio sino teteras. Por toda la ciudad: teteras. Por el campo: teteras. Y decenas de casas donde señoras y señores venden –sí– teteras y té negro, verde, rojo o enroscado alrededor de unos jazmines. Y es en estos lugares ornitorrincos, mezcla de todas las cosas –la droga y la política, la frontera y el verde que te quiero verde– donde más me gusta el Asia. Donde se muestra en todo su esplendor.

Y estas cosas: el bramido de los sapos en Ko Lanta, el mar de Krabi y el de Providencia, Nong Kai y el año nuevo. Aquel bar en Jakarta.
A cuál de todos estos sitios. A dónde iré cuando ya no regrese.

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