La eterna parranda de Diomedes

Esta es la historia del colombiano que logra hacer bailar los problemas. Comenzó a cantar vallenato para espantar pájaros y se convirtió en la máxima estrella de este género en su país. Alberto Salcedo Ramos, el cronista más destacado de Colombia y mentor de Marcapasos, nos cede este retrato de Diomedes Díaz que escribió luego investigar durante de casi cuatro años y que recién publicó en la revista SoHo. Es una de sus obras maestras, un relato de esos que se incrustan para siempre en la memoria.

3. Las vacas pariendo y yo bebiendo

Conocí a Diomedes Díaz en vísperas de la Semana Santa de 1979, cuando yo estaba próximo a cumplir los dieciséis años y él estaba próximo a cumplir los veintidós. Sucedió en San Estanislao, el caluroso pueblo del norte de Bolívar en el cual me criaron mis abuelos maternos. El conjunto había sido contratado para actuar en una caseta llamada Los Jumbitos. Aunque la presentación comenzaría a las diez de la noche, Diomedes y su tropa, encabezada por el acordeonero ‘Colacho’ Mendoza, arribaron en autobús a las cuatro de la tarde. Luego se dirigieron a la posada de Adela Rivera, la única del pueblo, donde al parecer algunos de ellos durmieron una siesta. Al caer las primeras sombras de la noche los visitantes jugaron fútbol, pasearon por las calles del centro. Yo era uno de los muchísimos provincianos que aquella tarde de sábado seguían paso a paso el itinerario de los músicos: la aparición del autobús por el Callejón del Comercio, el desembarque, el partido de fútbol vespertino, la caminata por el parque principal, la instalación del sistema de sonido. En aquel momento la fama de Diomedes comenzaba a ensancharse. Su discografía de entonces ya tenía títulos notables, como Consuelo, Frente a mí y El alma en un acordeón. De ahí el revuelo que produjo su llegada a San Estanislao.

Diomedes entró a la caseta escoltado por un tropel de admiradores. Puntual, sobrio. Mientras avanzaba por la calle de honor que le abrían los fanáticos que ya estaban dentro, iba dejando en la atmósfera una estela de perfume. Me llamó la atención el hecho de que rechazara las copas de ron y whisky que espontáneamente le ofrecía el público. Incluso se negó a recibir una cerveza helada que, según pensé entonces, le hubiera servido para mitigar el bochorno de aquella noche veraniega.

—Los cantantes no consumimos bebidas frías —se excusó—. Si me pongo ronco se nos daña el baile, primo.

Acto seguido extrajo del bolsillo de la camisa un mendrugo de panela. Se lo llevó a la boca y empezó a masticarlo ahí mismo, delante de todos nosotros. Luego se dirigió hacia una zona contigua a la tarima para reunirse con los integrantes del conjunto. Su moderación no encajaba en el estereotipo de borracho propio del músico vallenato. Pero lo que me pareció más extraño fue lo que vino a continuación: cada vez que terminaba una tanda de canto, tomaba consomé de pollo y volvía a comer panela. A veces se aislaba en uno de los rincones de la caseta para gesticular como si estuviera actuando frente a un auditorio imaginario. Se ponía las manos abiertas en el pecho, daba un par de pasos laterales.

A lo largo de todos estos años he pensado mucho en el Diomedes de aquella noche de 1979, incluso desde antes de aventurarme a escribir esta historia. He evocado sus rasgos todavía adolescentes, sus gestos pintorescos. He contado varias veces, de manera oral, los mismos hechos que ahora estoy contando por escrito en esta crónica. Me he preguntado qué tanto de mi interés en él se debía a su carisma y qué tanto a mi naturaleza fisgona. Lo cierto es que yo me movía por dondequiera que él se moviera. Registraba con entusiasmo sus acciones, lo observaba de arriba abajo. Hubo un momento en que se me dio por curiosear su cuello. Me llamó la atención que tuviera la nuez de Adán tan sobresaliente. Supuse que tal vez la fuerza de su voz se derivaba de ese apéndice filoso. Cuando subió de nuevo a la tarima seguí escudriñándole el cuello: vi cómo se agrandaba y cómo se contraía, vi las venas gordas, la nuez inflada como si fuera a reventarse. En principio, ese gaznate abultado quedó grabado en mi memoria como una rareza morfológica. Después se convirtió en la imagen viva de la pasión de Diomedes por el canto. Había que ver el fuego que irradiaba aquel cantante. Si parecía a punto de desgarrarse físicamente era porque se estaba jugando el alma en cada tonada. El público, entre tanto, contemplaba embelesado su interpretación del paseo El gavilán mayor:

Yo soy allá en mi tierra el enamorador

soy buen amigo y valiente también

porque soy de las hembras el conquistador

de mil claveles soy el chupaflor

y en mi chinchorro me puedo mecer

Yo soy el gavilán mayor

y en el espacio soy el rey.

Durante gran parte de estos años arriesgué conjeturas erróneas sobre el vaso de caldo y los pedacitos de panela que Diomedes llevaba consigo la noche en que lo conocí. Suponía que eran simples extravagancias de divo. La verdadera razón de su ascetismo se me reveló cuando empecé a explorar el tema con ojos de reportero: Diomedes se cuidaba porque era un cantante de aspiraciones. Al conservarse sobrio podía seguir vivo para alcanzar la gloria que creía merecer. Al convertirse en un borracho ponía en riesgo esos ideales. Tenía claro que su canto era —como se dice en la jerga campesina de la región— su hacha y su machete. Por tanto, lo protegía como a su propia vida. Tomaba consomé para mantener en calor su garganta, comía panela para aclarar la voz. Esos mimos que se prodigaba evidenciaban, además, el respeto profundo que entonces le inspiraba su oficio. Los amigos que me han oído narrar esta historia coinciden conmigo en que aquel muchacho intachable no anticipaba al personaje disoluto que el país conocería después.

Aquella noche en San Estanislao Diomedes le arrebató el micrófono al animador para anunciar su siguiente canción.

—Este paseo inédito vendrá impreso en mi próximo disco, que saldrá al mercado, con el favor de la Virgen del Carmen, dentro de un mes. Se llama El profesional y dice la verdad de mi propia vida. Con mucho gusto para todos ustedes.

Durante casi toda la canción mantuvo los ojos cerrados. Manos apretadas contra el pecho, cabeza inclinada hacia la izquierda. En varios pasajes la voz se le quebró como si estuviera a punto de llorar. Fue tal vez el momento más emotivo de la velada.

Me inspiraba cuando fui un alumno

Siempre ser un buen profesional

Y como no tuve pa’ estudiar

Fueron imposibles mis estudios.

Pero hay cosas bellas en el mundo

que es la inteligencia natural

Y cualquier hombre puede triunfar

Y después gritarlo con orgullo

No fueron completos mis estudios

Pero soy un buen profesional.

Al terminar la canción hizo una venia solemne con la cabeza. Luego se me perdió de vista. Cuando volví a verlo lo tenía al frente: avanzábamos en sentido contrario a través del angosto corredor que había entre dos hileras de sillas ocupadas por borrachos. Él traía su vaso de consomé, yo llevaba las manos vacías. El choque entre los dos era inminente. En el último soplo, sin embargo, logré esquivarlo corriéndome un poco hacia la derecha, justo después de que él exclamara con apremio:

—¡Cuidado te quemas!

En seguida me dio la espalda y siguió su rumbo. Yo me quedé parado viendo cómo se alejaba entre la multitud. Ahora, al observar el episodio en perspectiva, comprendo que ya en aquel momento era mi personaje aunque ambos lo ignoráramos. En parte por eso y en parte por la notoriedad que alcanzó después, la frase que me dijo entonces —tan casual, tan insignificante— ha sobrevivido intacta en mi memoria.

***

Fue la primera y última ocasión en que nos vimos las caras. Nunca más nos hemos topado tan de frente, tan de cerca, a pesar de haber coincidido un montón de veces en los mismos espacios. Antes de decidirme a escribir sobre él lo vi actuar, por lo menos, en diez escenarios distintos. Después, en cinco. Viajando como cronista tras sus pasos he acumulado incontables millas de camino por tierra y por aire. Una noche en La Dorada, Caldas, me alojé en el mismo hotel en el que él estaba alojado. Una tarde en Ciénaga, Magdalena, me subí en el autobús de sus músicos. En febrero de 2010 asistí a la inauguración de una discoteca vallenata en Bogotá, amenizada por él. Durante la mayor parte de la velada permanecí montado en la tarima como si fuera un miembro más del conjunto. Desde mi ubicación privilegiada lo observé de perfil, a unos dos metros de distancia. Lo cierto es que son muchos los encuentros que he tenido con él desde aquella noche de 1979 hasta hoy. Algunos, inducidos por mí en mi condición de reportero; otros, determinados por el azar. Cuando no voy deliberadamente a los sitios donde él canta, de todos modos termino hallándolo por casualidad. Una mañana abordó el mismo avión en el que yo volé hacia Medellín. Un mediodía almorzó en el mismo restaurante de Valledupar donde yo almorcé. En cada nueva oportunidad parece más alcanzable, en cada nueva oportunidad se aleja un poco más. Han pasado treinta y un años desde cuando lo vi por primera vez y tres años desde cuando comencé a investigar sobre él, y si algo sé muy bien a estas alturas es que ya dijo todo lo que tenía que decirme:

—¡Cuidado te quemas!

Me parece razonable que se niegue a entrevistarse conmigo. Si yo estuviera en sus zapatos haría lo mismo. Consideraría innecesario exponer mi vida ante sus ojos, pues su escrito no me serviría en absoluto para vender ni un solo disco de más. Al fin y al cabo, mi fama no ha dependido de lo que él publicara o dejara de publicar. Puedo apañármelas perfectamente sin sus gacetillas. Si el tipo fuera uno de esos redactores de farándula que permanecen en sus cubículos a la espera de los comunicados de mi casa disquera, lo atendería al instante, porque sé que no me quitaría demasiado tiempo ni me plantearía cuestiones incómodas. Lo despacharía en un santiamén contándole simplemente cuáles son las canciones que contiene mi álbum reciente. En ese caso sí que me resultaría útil porque me ayudaría a promover mi nuevo disco, que es lo único que de veras importa. Pero a este Fulano que me viene asediando desde hace rato dizque para volverme tema de una crónica larga, se le nota al rompe su intención de meterse en ciertas honduras que a mí no me interesan. Al concederle un par de horas en mi agenda, el Fulano podría conducirme con sus interrogantes a terrenos espinosos. Podría preguntarme, por ejemplo, por qué si Doris Adriana Niño murió estando conmigo en el apartamento privado que me suministró la Sony Music en Bogotá, apareció arrojada como mera basura en un solar de las afueras de Tunja, a ciento cincuenta kilómetros de distancia. O a quién se le ocurrió el plan maquiavélico de hacer que las prostitutas de un burdel de esa ciudad reclamaran el cadáver para sepultarlo como si fuera una víctima menesterosa de su gremio. O si tengo alguna idea de por qué a los pocos días de la desaparición de Doris Adriana, cuando todavía no se conocía la noticia del homicidio, su cédula de ciudadanía fue cancelada en la Registraduría Nacional. ¿Qué tal que me preguntara por qué huí cuando fui requerido por la justicia, y quiénes custodiaron mis escondites durante el tiempo en que fui prófugo?

Uno les da la mano a estos periodistas, y ellos agarran el brazo; uno los hace entrar hasta la sala, y ellos dirigen su mirada chismosa hacia la alcoba. De pronto este Fulano sea de los entrometidos. Y aun si no lo fuera desconfiaría de él, porque en vez de limitarse a informar quién compuso la canción principal de mi reciente disco ha entrevistado a muchísima gente cercana a mí. Quizá a estas alturas varias de sus fuentes le hayan hablado de ciertos temas que yo detesto ventilar. Por ejemplo, las francachelas que armé dentro de la Cárcel Municipal de Valledupar cuando pagué mi condena. A lo mejor el Fulano conversó con aquella antigua amante mía que un martes por la tarde me llegó de sorpresa. El personal de turno le permitió entrar porque ella prometió marcharse en seguida, pero resulta que ambos nos dormimos. Cuando nos despertamos habían pasado casi tres horas. Entonces mi amante decidió seguir conmigo en la celda para ahorrarse la vergüenza ante los guardianes. Es que, imagínese usted, ni aquel era un día de visitas conyugales ni ella aparecía registrada como mi compañera permanente. Sería un fastidio que ahora el Fulano trajera a cuento esta historia. O que la tomara como pretexto para preguntarme si es verdad que algunas noches dormí en mi casa y no en la cárcel.

Si yo estuviera en los zapatos de Diomedes, insisto; si tuviera, como él, esos vaivenes tremendos entre lo sublime y lo grotesco; si mi vida hubiera sido un viaje permanente a través de una montaña rusa que diera bandazos de infarto entre el cielo y el abismo, también me prevendría ante los periodistas. Consideraría que a estas alturas ellos ya no pueden obsequiarme ningún halago interesante, ninguna bendición nueva que me favorezca durante la travesía por el pantano. En cambio sí podrían machacar en lo negativo, incluso actuando de buena fe. De modo que si yo fuera Diomedes procuraría mantener alejado al Fulano cronista para negarle cualquier posibilidad de preguntarme si soy o no soy adicto a la cocaína. Que se imagine lo que le dé la gana y que escriba lo que quiera. Total, ya estoy acostumbrado. Pero por nada del mundo sería yo quien se referiría a esos temas. No hablaría de las groserías que a veces cometo contra el público, ni diría una sola palabra sobre las reiteradas ocasiones en que los coristas son quienes terminan cantando debido a que yo estoy afónico, ni mencionaría los momentos de amnesia en los cuales se me olvidan mis propias canciones, ni contaría por qué fui sometido a una cirugía en el tabique nasal, ni le concedería importancia a ese apodo que me puso la gente cuando empecé a faltar a los conciertos: ‘No-vienes Díaz’.

Si yo estuviera en los zapatos de Diomedes, digo, también me serían indiferentes los periodistas. Pensaría que no les debo nada, los atendería únicamente cuando hubiera necesidad de promocionar mi trabajo. Cuando les concediera esa gracia lo haría solo por cumplir un requerimiento contractual de la casa disquera, pues si de mí dependiera a ellos jamás les correspondería divulgar mi obra. ¿Más divulgación de la que he hecho yo mismo durante treinta y cuatro años al cantar un día en la altiplanicie, otro día en la sabana, al día siguiente en el desierto y después en el litoral? Las multitudes que acuden a mis presentaciones van detrás de mí espontáneamente, no porque ningún periodista las arree a punta de micrófonos o de reseñas. Muchas de las personas que me idolatran me conocieron desde el principio de mi carrera, cuando mi rostro no aparecía en los periódicos ni en los canales de televisión. Yo no tuve un mánager asentado en Miami que reinara en los círculos donde se confeccionan, sobre medidas, las listas de los discos más vendidos, un mánager omnipotente que me apadrinara para ayudarme a ganar los premios amañados de la industria del espectáculo, un mánager que con un simple movimiento de su dedo meñique hiciera arrodillar ante mí a los gacetilleros de la farándula. No, señor. Los mánagers de los conjuntos vallenatos, con honrosas excepciones, son unos simples vendedores de bailes: cargan tres, cuatro, cinco teléfonos celulares para recibir las llamadas que, desde todo el país y a veces desde el exterior, hacen los empresarios solicitantes de nuestros servicios. Y pare de contar. Si yo no permaneciera tan ocupado gracias a mi oficio de cantante, sería mánager de un grupo vallenato, créanme, porque es lo más fácil del mundo: contesto “aló” y una voz al otro lado de la línea reclama al artista en Pasto. Entonces, miro la agenda y anoto. Contesto “aló” y una voz al otro lado de la línea me pregunta si el artista podría ir a Cereté. Entonces, miro la agenda y vuelvo a anotar.

Jamás se dio el caso de que en un almacén de cadena hubiera una muchacha de minifalda ofreciendo boletas para participar en la rifa de una camioneta, a cambio de la compra de mi nuevo álbum. Antes de definir mi lista de canciones, antes de yo abrir la boca para grabar la primera estrofa de un paseo de Marciano Martínez o de un merengue de Calixto Ochoa, había un gentío enorme encargando miles de copias. De suerte que cuando el disco finalmente aparecía ya estaban prevendidas unas trescientas mil unidades. Y ese era solo el banderazo, el arranque. Cuando las canciones empezaban a sonar, la cifra se triplicaba en cuestión de semanas. Ahora cualquier pelagatos vende diez mil copias y ya se cree el caballo que más relincha. En esta época de piratería, de música clonada a través de internet y multiplicada hasta el infinito con aparatos digitales, el éxito se logra con treinta mil unidades. Yo vendía setecientas cincuenta mil, un millón. Como decía el maestro Alejo Durán, alma bendita, lo mío no parecía oferta de música sino venta de leche. El día que mi producción salía al mercado, la sede de la Sony Music en Bogotá se atiborraba de lustrabotas, ropavejeros, loteros, mercachifles de semáforos, personas humildes ajenas a la industria pero decididas a revender mi disco a ojos cerrados, porque sabían que era un negocio rentable. Y ni hablar de lo que sucedía en Valledupar, la ciudad donde vivo: el alcalde declaraba día cívico, las emisoras me dedicaban cada segundo de su programación, los fanáticos me montaban en el carro del Cuerpo de Bomberos, el pueblo entero se postraba a mi paso.

La primera propaganda de televisión sobre mí salió al aire en junio de 1982, seis años después de haber comenzado a grabar, cuando ya mi carrera musical se encontraba consolidada. Fue una estrategia de la casa disquera para aprovechar la altísima sintonía del Campeonato Mundial de Fútbol. La propaganda era sencilla, sin artificios, simplemente aparecíamos ‘Colacho’ Mendoza y yo interpretando el estribillo del paseo Todo es para ti. Pero mi reconocimiento empezó muchísimo antes de aquella publicidad. A esas alturas, insisto, ya llevaba seis años de correrías entre la Ceca y La Meca. Tiempos de coraje, de sacrificios. Al principio hacíamos viajes terrestres de seis, siete horas. Los músicos íbamos apretujados en un autobús que andaba dando tumbos por carreteras abruptas. Aguantando calor, tragando polvo, peleando contra los bichos que se colaban a través de las ventanillas, sobreviviendo como podíamos a las sacudidas feroces que se producían en los tramos de escalerillas. A veces nos cubríamos las cabezas con pañoletas para evitar que el aluvión de arena se nos enterrara en el cabello. Por eso creo que a los cantantes se nos notan las horas de recorrido como a los pilotos. Cualquier melómano perspicaz descubre al oír una canción cuántos kilómetros de camino tiene su intérprete entre pecho y espalda, es decir, qué tanto ha cantado. Mientras más viajas, más cantas; mientras más cantas, más avanza el autobús, y cuando vienes a ver has dejado atrás la trocha escarpada y transitas por un sendero despejado donde el sol brilla solo para ti.

Al tomar conciencia de mi condición de ídolo natural, al contemplar a las multitudes que me siguen, al recordar que en este preciso momento están sonando canciones mías en los cuatro puntos cardinales del país, al intuir que justo ahora un muchacho entona bajo la ducha alguno de mis versos, al medir el trecho que ha recorrido mi autobús desde el momento en que comencé el viaje, me reafirmo en mi decisión de negármele al Fulano cronista. ¿Para qué más difusión de la que ya tengo? Mi problema no es cómo atraer a los periodistas sino cómo quitármelos de encima.

Si yo fuera Diomedes, en resumidas cuentas, mantendría a raya a los fisgones. Mostraría mis canciones, escondería mi vida. Pero el caso es que no soy Diomedes y se me nota demasiado en este monólogo. Si hablara de veras como él y no como un cronista que intenta interpretar sus juicios, mi exposición se reduciría a un par de líneas lacónicas, crudas, como les consta a quienes lo han oído referirse al tema en las casetas.

­—Este es el verdadero Diomedes, no el que muestran los maricones de ‘las grandes prensas’. El verdadero es este que están viendo aquí, y lo que soy no me lo quita nadie… ¡porque no me da la gaaaaana!?

***

Me resigné sin dolor al silencio de Diomedes. A pesar de que varios de sus allegados —su hijo Rafael Santos, su mánager José Zequeda, su amigo Félix Carrillo— prometieron varias veces conseguirme una cita con él, supe desde el comienzo que un encuentro personal entre él y yo iba a ser imposible. Lo ideal hubiese sido contar con su testimonio de primera mano, ni más faltaba. Pero él decidió enmudecerse. En ese sentido me queda el lánguido consuelo de haber agotado todas las instancias a mi alcance. Ahora bien: admito que, hasta cierto punto, su mutismo me procuró un poco de alivio: me quitó de encima la molestia de encararlo con las preguntas espinosas que contemplé hace un momento, cuando me tomé la licencia de internarme en su psiquis. De haber abordado tales temas en la entrevista que debió suceder y no sucedió, Diomedes seguramente me habría mandado a freír espárragos. Y así, de todos modos, retornaríamos ahora al mismo punto: la necesidad de contar la historia sin la declaración oficial de su protagonista. Porque así como él nunca contempló la opción de abrir la puerta para que yo entrara, yo nunca he contemplado la opción de ignorar los asuntos sobre los cuales él le debe una explicación al país. Me hubiera gustado contar con su voz pero no lamento su silencio. Parte de mi trabajo consiste en descifrar lo que mis personajes quieren decir cuando se callan.

Algunas noches, viendo actuar a Dio-medes, he pensado en las inclemencias de su oficio. Él se sacrifica, noche tras noche, forjando la fiesta que otros disfrutan. Arde solo dentro del fuego con el que los demás se iluminan. Mientras los asistentes se enamoran o se alborozan con sus canciones, él está sudando la gota gorda en la tarima. En cada jornada le toca padecer —me consta— al latoso que le estruja el brazo, al borracho que le salpica la cara de saliva, al vehemente que le arranca los botones de la camisa. El único recurso que le queda para soportar a esa horda de seres enloquecidos es enloquecerse como ellos. Si siguiera tomando solo consomé de pollo como hace treinta años, a estas alturas ya no estaría cantando vallenatos sino villancicos en la tuna de algún colegio religioso. Para conectarse con la cáfila de ebrios hay que estar ebrio también. Por eso Patricia Acosta me dijo, con los ojos llorosos, que el Diomedes que adquirió los vicios fue el cantante, no el ciudadano común y corriente. Cuando los vocablos “parrandear” y “trabajar” se vuelven sinónimos, llega un momento en que no se sabe dónde termina la rumba y comienza el resto de la vida. Piensas, como Diomedes, que la felicidad cabe completa en este grito eufórico: “¡Ahora estoy mejor: las vacas pariendo y yo bebiendo”. Pero te mueres un poco cada noche.

En eso pensé una vez que, en vísperas de un concierto en Valledupar, vi a dos colaboradores de Diomedes ayudándole a soldar con pegante sus dientes delanteros. Allí, en la boca donde habían estado durante los años de esplendor unos dientes de porcelana bruñida con un diamante engastado, ahora solo quedaba el vacío, la devastación. Un poco después se subió a la tarima como si nada hubiera pasado. Sonó el acordeón de Álvaro López, empezó la nueva función.

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Comments

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